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1. Marca de origen

La restricción externa es una de las manifestaciones más elocuentes del error en la construcción de una estrategia de desarrollo que permita el buen vivir de todos los habitantes de buena parte del mundo.

Entendida como la deficiente capacidad de un país de obtener divisas -monedas de otros países, fundamentalmente el dólar en nuestra América Latina y el Caribe- en una cantidad suficiente para atender las necesidades y las preferencias de su población, la restricción externa aparece como un sino trágico en la historia económica de nuestros países.

Ya desde la ominosa experiencia colonial hispano-lusitana, los habitantes americanos, originarios e implantados, comenzaron a definir perfiles de consumo y diseños tecnológicos que, al privilegiar la producción externa, valorizaron la moneda de otros países y condicionaron las trayectorias económicas de los Estado-nación que se conformaron al final de la misma.

La valorización de una moneda externa, no solo condiciona necesidades y preferencias, también empodera a quienes pueden proveerlas. La disputa entre las necesidades y las aspiraciones de quienes demandan divisas y las aspiraciones y exigencias de quienes pueden proveerlas, ha marcado buena parte de la historia de las naciones de este lado del mundo.

Resolver los problemas emergentes de la restricción externa hace necesario caracterizarla e identificarla con precisión y comprenderla en su complejidad.

2. El reparto de roles

La demanda de divisas, como se señalara, es el resultado de las necesidades y preferencias de particulares, empresas y gobiernos.

Entre las necesidades pueden identificarse tres grupos: las vinculadas a la producción, al consumo y a las estrategias financieras.

El proceso productivo territorializado requiere, cada vez más, la utilización de equipos e insumos de producción extraterritorial. Los nuevos desarrollos tecnológicos han permitido ampliar el fraccionamiento de las cadenas de valor y la deslocalización de buena parte sus eslabones para un creciente número de ramas de actividad, generando una potente dependencia de la disponibilidad de divisas para el fluido funcionamiento del aparato productivo de un territorio. Adicionalmente, a los requisitos de la producción, las empresas deben atender los servicios derivados de sus pasivos externos.

En tanto, la imposibilidad de producir toda la gama de bienes y servicios hace necesario para los particulares la importación de algunos de ellos, imprescindibles, como los nuevos y sofisticados tratamientos de salud.

Por su parte, los gobiernos de diferentes escalas territoriales -nacionales, estaduales o provinciales y municipales- además de la adquisiciones de bienes y servicios exteriores para atender sus necesidades a los efectos de mantener la producción y las políticas públicas, también requiere divisas con carácter imperativo para atender los servicios derivados de estrategias financieras recientes y pasadas.

Desde las preferencias, las empresas demandan divisas para remitir recursos financieros a su casa matriz u otras sedes, sean en concepto de utilidades obtenidos o de aportes como táctica de construcción de su diseño global.

Los particulares aspiran a disponer de monedas externas para la adquisición de bienes y servicios no disponibles, en cantidad o calidad, en el país de origen incluyendo servicios recreacionales. Los patrones de consumos definidos por criterios idiosincráticos de los países mas ricos y, fundamentalmente, por las trayectorias tecnológicas y las necesidades de mercado de las empresas cuyos capitales tienen origen en esos países, generan preferencias por bienes y servicios que no se producen localmente generando una presión adicional sobre la demanda de divisas.

Las operaciones reseñadas constituyen el conjunto de acciones legales de demanda de moneda externa. Existen además otro conjunto de acciones que presionan sobre el flujo y el stock de divisas cuyas características las definen como ilegales.

Como se reseña en una interesante producción del CEFID-AR (Gallero y otros, 2010)1 la magnitud del flujo de ilícitos globales en 2005 aproximaba los 1.600 billones de dólares, repartidos casi por mitades entre países “desarrollados” y “en desarrollo” y, en contra de la creencia común, casi dos tercios son de origen privado, generadas por transacciones comerciales, alrededor del 30% se originaron en actividades criminales y el 5% se derivaron de actos de corrupción gubernamental.

Por el lado de la oferta, la provisión de divisas es, también, resultado estratégico de personas, empresas y gobiernos. Las acciones privadas, cuando no tienen reglamentaciones adecuadas o necesidades de liquidez en moneda doméstica, son en el sentido de restringir su disponibilidad de modo que se incremente su valor.

En consideración a que los aportes potenciales de particulares, a través de transferencias desde el exterior son insignificantes, particularmente en los países de menor renta per cápita, el volumen significativo de la oferta de divisas con origen privado proviene de las empresas que exportan y/o realizan ingresos de capital, por adquisición o ampliación de activos.

La reconfiguración institucional del comercio exterior ocurrida en el último cuarto del Siglo anterior, inducida por los lineamientos sintetizados en el “Consenso de Washington”, potenciando la participación del sector privado y la concentración en unas pocas empresas la colocación de productos nacionales en el exterior, le proporcionó a esas empresas una capacidad cuasi monopólica de gestión de divisas que produce frecuentes desafíos a las regulaciones y políticas públicas, condicionando su ejecución y sus logros.

Las acciones gubernamentales para la provisión de divisas se limitan, de manera directa y en los países de menor renta relativa, a la enajenación de activos públicos y a la emisión de deuda en moneda extrajera. De manera indirecta, los gobiernos nacionales pueden realizar acciones que estimulen la puesta en disposición de las divisas obtenidas del comercio exterior.

En síntesis, son las acciones de los particulares y las empresas, conducidas por sus necesidades, aspiraciones e intereses, y la de los gobiernos, como expresión de sus ideologías o intereses subalternos, las que definen las condiciones de liquidez o iliquidez, abundancia o escasez, de monedas externas.

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