4 min. lectura

El 1 de mayo de 1848 los obreros en Inglaterra celebraban con júbilo, se había aprobado la “ley de las 10 horas” a pesar del complot de la clase dominante. Por supuesto que debía estar contentos, estaban mejor que antes, pues se reducía la jornada laboral de niveles de esclavitud a franca explotación (10 horas al día). Sin embargo, el precio que tuvieron que pagar fue muy caro; aquella conquista sólo se lograba gracias al apoyo político de la burguesía librecambista en la Cámara de los Comunes, quienes al mismo tiempo pujaban por desmontar el sistema de aranceles vigente. Este pacto permitió que unos consigan mayores derechos laborales y los otros logren liberar el comercio.

Al suscribir este pacto la clase obrera no advertían que estaba tirando piedras sobre su tejado. Si bien reducían horas de trabajo de explotación, al apoyar el libre mercado estaban ejerciendo una competencia acérrima para que su trabajo compitiese con el  trabajo de todo el mundo, expresado en el valor de la fuerza de trabajo que incorporan todas las mercancías que circulan en el mercado internacional.

Parece estar sobre entendido que la producción de todos los bienes y servicios genera empleo. Pero la verdad es que la cuestión es al revés: el trabajo genera las mercancías que consumimos. Si lo vemos de esta forma, todo lo que conocemos tiene incorporado trabajo, desde el papel hasta el internet tiene una materia común: la fuerza de trabajo.

Esto trae contradicciones flagrantes en la tradición liberal-conservadora a lo largo y ancho del planeta. Los conservadores han defendido por siglos las políticas migratorias cómo un principio del Estado-nación, con el argumento a favor de defender el empleo de los ciudadanos nacionales y la prosperidad económica. Frases como ¡El extranjero nos quita el empleo¡, ¡usan nuestra sanidad y educación pública¡, han calado en las capas sociales de todo el mundo. Sin embargo, esta postura política se contradice con otro de los principios liberales: el libre mercado. Es decir, por un lado está censurado que trabajadores extranjeros ingresen al mercado laboral nacional, pero es perfectamente válido, hasta necesario que las mercancías extranjeras, las cuales incorporan trabajo de extranjeros, ingresen sin barreras arancelarias al mercado local. Trabajo extranjero generado en territorio nacional está prohibido, pero el valor del trabajo extranjero incorporado mediante la importación de mercancías es necesario y permitido.

 Lo que en verdad está en discusión en el capitalismo actual es la disputa por el trabajo, no como un cuestión nacional sino como un fenómeno mundial. El capitalismo corporativo ha resucitado los talleres de explotación de la revolución industrial a gran escala lo cual hace que el ejército de reserva sea cada vez más grande. El trabajo vuelve a perder terreno; El trabador latinoamericano, compite con el trabajador de cualquier parte del mundo, quien a través del capitalismo de libre mercado, compite con el valor de su trabajo incorporado en cada mercancía importada. Un latinoamericano, lucha por su trabajo textil todos los días contra el trabajador de la maquila ubicado a miles de kilómetros de distancia.

Es así que en países de la periferia, el subempleo y el comercio de bienes importados son la única salida a la pobreza y al desempleo, y al mismo tiempo son dos caras de la misma moneda. El sistema económico mundial cuadra con perfección, el rentismo importador es por naturaleza el metabolismo del capitalismo latinoamericano que se reproduce gracias a la importación del valor del trabajo extranjero, y al mismo tiempo tiene como sujeto a una élite importadora acólita perfecta del poder transnacional. Mientras tanto, los trabajadores en la periferia no tienen más remedio que resguardase en el subempleo y la precariedad laboral, ante una estructura productiva históricamente dependiente de la importación. El círculo se cierra una vez más, el trabajador es también consumidor: con salarios de subsistencia debe consumir los bienes importados que son más baratos que los nacionales. Sin advertir, el mismo trabajador se está quitando el trabajo al consumir bienes importados.

La historia de los obreros ingleses de 1848 se repite todos los días en América Latina. Las élites importadoras convencen a las clases trabajadoras que tenemos el derecho, la “libertad” de consumir carros americanos, queso europeo y whisky escoses. Por qué no se dice también que la apertura comercial tiene un precio, que la apertura no es una competencia por el bien nacional versus el extranjero, sino mayor competencia en el mercado laboral mundial, donde nuestros obreros deberán renunciar a mejores salarios porque la competencia es ahora mundial e imperfecta. Por qué no se dice también que nunca desaparecerá el subempleo mientras nuestro sistema productivo no tenga la capacidad de absorber empleo. Por qué no hay franqueza en decir que una economía sustentada en la importación nunca podrá demandar empleo asalariado como una economía industrial y del conocimiento. El rentismo importador y el subempleo son indisolubles, que nadie se engañe.