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Si bien la derrota electoral del chavismo el pasado 6D en Venezuela constituye un duro golpe a las fuerzas progresistas del continente, la manera como se expresa también deja ver lecciones importantes sobre la recomposición de las fuerzas políticas en contienda, y las estrategias que podrán desplegar para conquistar a las mayorías sociales.

Lo primero que salta a la vista en estos resultados electorales es que si bien el chavismo ha perdido con 15 puntos de diferencia, esta ventaja no deriva de un aumento significativo del electorado de oposición, el cual creció un poco más de cuatrocientos mil votos respecto a las elecciones presidenciales de 2013, sino a un repliegue del electorado chavista de casi dos millones de votos. A partir de estos resultados, se puede decir que la gran victoria política de la derecha en Venezuela fue haber construido un eficaz discurso crítico que capitalizando la narrativa del descontento ante la gestión de la crisis económica, logró frenar la participación de una importante fracción del chavismo.

Sin embargo, esta victoria si bien les permite comenzar a disputar poder desde la ocupación de una parte del Estado, no constituye un signo claro del triunfo de una propuesta alternativa al Socialismo del siglo XXI sobre la cual podrían crecer a largo plazo: la derecha ha ganado como oposición al chavismo, no como propuesta propia; de allí que su avance se traduzca en la promoción de la abstención chavista como castigo y no su conquista política. Y esto importa cuando destaca que pese a la crisis económica que enfrenta el país, el chavismo logró demostrar que cuenta con un voto militante de 5 millones quinientos mil personas que están convencidos del proyecto político de Chávez, y el otro tanto si bien castigó la gestión, no abandonó este proyecto por otro.

El segundo elemento a destacar de cara a las subjetividades políticas y al propio carácter de la democracia venezolana construida a lo largo de las casi dos décadas del chavismo en el poder, es que pese a los discursos que han construido al sujeto chavista como un sujeto adoctrinado y obediente, quedó en evidencia que el voto chavista es un voto crítico y consciente, que pese a las importantes inversiones y beneficios sociales desplegados por la gestión bolivariana, sabe cómo usar su participación electoral para transmitir mensajes políticos a su dirigencia y expresar su descontento. Esto, lejos de constituir un problema se convierte en la posibilidad política más importante del chavismo para seguir construyendo y reconquistar a los suyos: se trata de cubrir las expectativas de consumo y mejoría de las condiciones materiales de vida de las mayorías, pero también de trabajar en satisfacer las expectativas de cualificación de la inclusión política de las y los ciudadanos en la gestión eficaz del Estado, antes de que manifiesten su frustración en las urnas.

El cuerpo político de las fuerzas chavistas se ha sacudido y como era de esperar, hoy vive un intenso proceso de debates internos que reclaman el inicio de una nueva etapa de la Revolución Bolivariana, la cual acusa una nueva dirigencia, transparencia radical en la gestión institucional de los recursos públicos, profundización de la participación popular en la gestión pública, pero sobretodo la rectificación y acciones concretas en la administración económica, que logren reconstituir al Socialismo como una vía justa y eficaz para resolver los problemas de los venezolanos.

La única diferencia de este proceso de revisión respecto a muchos otros que naturalmente ha vivido el chavismo, es el poco tiempo que tiene su líder Nicolás Maduro para tomar decisiones gubernamentales contundentes que se traduzcan en signos políticos claros para la re-esperanza de las mayorías, antes de que la derecha con mayoría calificada en el parlamento logre activar el referéndum revocatorio del presidente en el primer semestre del 2016.

Mientras tanto, la derecha también se recompone y tendrá que desanudar el puñado de conflictos internos que vive y que se agudizarán ante la elección de un candidato único que vaya a elecciones presidenciales, sobre todo si logran la amnistía de Leopoldo López.

Para cerrar habría que decir que hoy después de 17 años fracasando en las urnas, la derecha también ha dado muestras claras de haber aprendido y copiado mucho de las innovaciones políticas del chavismo, recomponiendo a su favor claves que deben leerse con atención: logró una unidad; constituyó identidades políticas que, en apariencia, transcienden a los partidos y a los liderazgos individuales y heroicos, bajándoles el perfil han logrado que la ciudadanía se sienta protagónica del “cambio”; se ha apropiado del discurso del cambio intentando definir como escleróticas a las revoluciones populares; haciendo uso de la “mano invisible” de los poderes fácticos que controla bajo la sombra, ha fustigado a las gestiones progresistas por la vía del sabotaje económico y la recriminación de su ineficiencia para gobernar; ha logrado imponer la paciencia electoral antes que la violencia; y sobre todo ha logrado que las mayorías logren creer en sus discursos sin preguntar por sus programas.