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2015 será un año decisivo para la política argentina. El camino que resta hasta el 25 de octubre próximo, momento en que se celebrarán las elecciones presidenciales, es largo y complejo y estará plagado de movimientos políticos que irán configurando  y reconfigurando el mapa de alianzas y alineamientos. Antes de las elecciones presidenciales, el 09 de agosto tendrán lugar las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias), mecanismo establecido en el año 2009 que sirve para definir qué partidos se encuentran habilitados a competir en la elección general -sólo aquellos que logran en las primarias obtener el 1,5% de los votos-, como así también la lista que representa a las distintas alianzas. En las elecciones generales de octubre, en simultáneo con la elección presidencial, se renovará además un tercio de la cámara de senadores (24 miembros), la mitad de la de diputados (130 bancas) y se elegirán, por primera vez por elección directa, 19 representantes argentinos para el Parlamento del Mercosur.

El dato más relevante de estas elecciones viene dado por la imposibilidad de Cristina Fernández de Kirchner de competir por su reelección presidencial, dado que la Constitución argentina no permite más de dos mandatos consecutivos para el ejercicio de dicho cargo. Ese límite impuesto por la Carta Magna -y la fortísima centralidad de la figura de la mandataria- han dado lugar a una fuerte incertidumbre respecto a lo que sucederá a partir de octubre. En relación a ello, tanto en el oficialismo como en las distintas fracciones de la oposición están en curso sendas internas para definir a los respectivos candidatos.

Dentro del oficialismo, son varios los pre-candidatos que buscan su chance presidencial. La mayor duda al interior de la fuerza gobernante es si la presidenta se inclinará finalmente por alguno de ellos apoyándolo en las PASO de agosto. Si bien la lista es larga, las posibilidades reales parecen circunscribirse cada vez más a dos: por un lado, quien encabeza todas las encuestas preliminares de intención de voto es Daniel Scioli, – vicepresidente de Néstor Kirchner y dos veces gobernador de la provincia de Buenos Aires (principal distrito electoral que abarca alrededor del 40% de los votantes)- quien representa al sector más conservador y menos confrontativo dentro del oficialismo, y que –por ello mismo- es resistido por el núcleo duro del kirchnerismo. De cerca, lo sigue Florencio Randazzo, actual Ministro del Interior y Transporte. Randazzo, hombre que viene de las entrañas del peronismo bonaerense y que representa un kirchnerismo “más puro”, se autodefine como garantía de la continuidad del proyecto político de Cristina Kirchner y acusa a su oponente en la interna de representar a los sectores concentrados de poder, de ser el “candidato de las corporaciones”. La lista de pre-candidatos se completa con varios ministros y gobernadores: Jorge Capitanich (ex jefe de gabinete y actual gobernador de Chaco); Aníbal Fernández (Secretario de la Presidencia); Agustín Rossi (Ministro de Defensa) y Jorge Taiana (ex canciller).

Por ahora no hay señales claras del rol que adoptará la presidenta en la interna, y es ése justamente el terreno fértil sobre el que Scioli ya comenzó a construir su discurso de campaña. Mostrándose como un hombre del proyecto, leal, con experiencia de gestión, pero sobre todo con un programa de país propio, que le permite inscribirse como continuidad de lo hecho pero que deja lugar también para “cambios”, aunque por ahora no explicite cuáles. Desde una estrategia de no confrontación, esquiva con mano izquierda los golpes bajos en las discusiones de la interna y su relación con el kirchnerismo, y plantea al votante una alternativa propia basada en la continuidad de algunas políticas pero con el acento más puesto en “atraer inversiones” y la “lucha contra la inseguridad”.

“Para el proyecto la reelección”, un lema que empezó a sonar con fuerza en las últimas movilizaciones oficialistas, sobre todo impulsado por las juventudes kirchneristas, podría funcionar como dique de contención ante las disputas internas, permitiendo superar los personalismos y poniendo en el centro lo verdaderamente relevante: el rumbo transformador de la última década larga.

Cruzando de vereda, el dato político más relevante de los últimos días en el ámbito de la oposición es el resultado de la convención nacional de la Unión Cívica Radical (UCR) en la que se decidió un acuerdo con Propuesta Republicana (PRO), partido de derecha liderado por el jefe de gobierno de Buenos Aires Mauricio Macri y la Coalición Cívica (CC) de Elisa Carrió. Con este acuerdo ambos líderes competirán en las PASO con Ernesto Sanz (titular de la UCR y promotor de la alianza) por la candidatura presidencial para octubre. La convención de la Unión Cívica Radical, -centenario partido que, junto con el Peronismo, ha ocupado el centro de la escena política nacional por décadas-, en la cual se enfrentaron líneas internas que, antes que ideas o proyectos, discutían detrás de cuál candidato opositor encolumnarse (si con el alcalde neoliberal o con el intendente conservador de Tigre, Sergio Massa) dejó entrever la profunda crisis por la que atraviesa dicha fuerza, evidenciada en la incapacidad de hacer surgir de sus propias filas un candidato presidencial con un mínimo grado de competitividad. La decisión final de la convención interna de aliarse a Macri, no hace más que consagrar una alianza que en el escenario parlamentario venía sucediendo en los hechos desde hace tiempo. Pese a su crisis estructural, el radicalismo es de los pocos partidos argentinos con presencia nacional y mantiene el lugar de segunda mayoría en ambas cámaras legislativas.

Mauricio Macri, candidato conservador y fiel exponente de la nueva derecha, competirá por primera vez como candidato a presidente. Llegado desde el mundo empresarial, ha construido su fortaleza en la Capital Federal, la cual gobierna desde hace ocho años y en la que evidencia hoy por hoy elevados márgenes de aceptación. No obstante, no ha podido utilizar dicho apoyo como trampolín para nacionalizar su fuerza, a raíz de lo cual se ve obligado a sellar acuerdos en las distintas provincias con un variopinto número de fuerzas provinciales, apelando además a personajes mediáticos con escasa o nula trayectoria política. Es quien más fuertemente recoge el voto anti-gobierno. Cuenta con una fuerte protección mediática. Aunque discursivamente intente mimetizarse con algunas políticas del gobierno, defiende un programa abiertamente neoliberal.

 Por otro lado se encuentra el Frente Renovador (FR) liderado por Sergio Massa, quien formó parte del gobierno ocupando el cargo de jefe de Gabinete y director ejecutivo de la ANSES (Administración Nacional de la Seguridad Social) pero que desde hace algunos años se ha convertido en una de las figuras opositoras de mayor relevancia. Si bien su trayectoria política data desde la década del 90, dentro del Partido Justicialista y militante del menemismo, se lo puede ubicar dentro de las nuevas derechas regionales, debido a su perfil supuestamente desideologizado pero con un discurso solapadamente neoliberal. Es parte del peronismo disidente (no kirchnerista) y hasta hace poco se lo consideraba la figura en la que se podía aglutinar al PJ opositor, estableciendo alianzas con diferentes intendentes del conurbano bonaerense. Sin embargo, en las últimas semanas -y luego de la alianza entre el PRO y la UCR- deberá buscar nuevas estrategias de campaña que le permitan reposicionarse frente al electorado. Aunque aún está en la línea competitiva, lo cierto es que en las últimas semanas se estancó en la intención de voto y no ha logrado nuevos apoyos significativos. La polarización creciente del escenario pre-electoral, donde el espacio se configura cada vez más entre el oficialismo y Macri, como el mayor aglutinador del voto anti-gobierno, le juega en contra a Massa en tanto le acota el espacio para sentar su propuesta, que es opositora pero que, no obstante, rescata algunas políticas del actual gobierno.

En cuanto a las previsiones electorales para la elección nacional, hasta el momento, la mayor intención de voto se concentra en dos de los postulantes opositores, Macri y Massa, y en uno de los candidatos oficialistas, Daniel Scioli. Por su parte, ambos candidatos opositores, bien asentados en sus respectivos distritos, tienen por delante el desafío nada fácil de proyectarse en el resto del país. Por ahora, Macri parece haber sacado ventaja en ese sentido con el acuerdo con la UCR, que efectivamente cuenta con una estructura institucional a nivel nacional. Habrá que ver en qué medida los votantes radicales, ahora aliados, apoyan su candidatura en octubre.

 En definitiva, más allá de la danza de nombres, y de la forma en que el oficialismo y las distintas oposiciones terminen saldando sus tensiones internas, la elección de octubre podría reducirse sin mayores problemas a la elección entre dos escenarios posibles: 1) la continuidad -y su eventual profundización- del rumbo iniciado en 2003 con el triunfo de Néstor Kirchner, que consiste básicamente en sentar las bases de un proceso de crecimiento económico con fuerte atención en la igualdad, la soberanía nacional y la integración regional, frente a 2) la reposición de los principios neoliberales de apertura comercial, ajuste económico y achicamiento del Estado. Continuidad y profundización vs. restauracionismo conservador es, al igual que en las mayorías de las contiendas electorales de la región, la tensión que mejor resume lo que se pondrá en juego en octubre. Lo seguro es que, por ahora, el kirchnerismo parece ser el único sector de la política que ha sabido construir en esta década una base sólida de apoyo popular que respalda un proyecto de país encarnado hoy en la figura de la presidenta, mientras que del lado de la oposición hay una evidente carencia de alternativas sólidas para disputar el poder. La forzada reivindicación que varios candidatos opositores hacen de las políticas más inclusivas y progresistas del gobierno, aun cuando sean meros recursos discursivos, son una muestra de ello. Pero además habla de que efectivamente los doce años de kirchnerismo han logrado correr algunos grados hacia la izquierda los consensos y los discursos políticos en el país.