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@edegori

Los estrategas de la campaña de Cristina Fernández de Kirchner han presentado para su candidatura a senadora por la provincia de Buenos Aires contenidos visuales y discursivos alternativos a los que se esperaba. Sorprendieron –desde el inicio- la consolidación de nuevos escenarios, tanto en la disposición geográfica y espacial de las tarimas, como los aspectos estéticos, la presentación ante y con el público y los discursos.

Cristina no hablaba (como había quedado en el imaginario de la “señora de la Cadena Nacional”), sino que ahora escuchaba. No esgrimía grandes consignas ideológicas o épicas, sino mostraba los efectos reales del impacto de la crisis. Apostó por evidenciar y mostrar, más que por decir. Con respecto a la distancia que había entre la candidata y su audiencia –configurada por años en la presidencia y un estilo que, en contraste con Néstor Kirchner, marcaba diferencias en torno a las formas de interacción con sus adherentes o los ciudadanos y ciudadanas- se acercó más. Apareció en hospitales y clases de baile. Su crítica a los medios de comunicación y su retiro del espectro televisivo por años fueron modificados por entrevistas selectivas donde CFK mostraba dimensiones de su propia experiencia cotidiana, aceptaba interrogaciones y preguntas y asumía el riesgo de las respuestas. De alguna manera, quedó clara una aceptación de la lógica de circulación y difusión de imágenes y discursos: el espacio presidencial de comunicación no puede competir con los medios. No solo por el poder que éstos tienen, sino por la legitimidad que le otorgan ciudadanos y ciudadanas al desenvolvimiento y construcción de la opinión pública.

El kirchnerismo, cuando abandonó a los medios concentrados, también lo hizo de ese espacio legitimado donde una vasta porción de la sociedad entiende que se dirimen argumentos, interrogaciones y perspectivas. Esa decisión colisionó con una cultura política liberal que entiende desde fines del siglo XIX que el mundo de los medios gráficos y –luego visuales- son parte, con otras instituciones, de la circulación de discursos que configuran formas de ver y experimentar su realidad.

CFK llegó, pero llegó tarde y eso parece reflejarse en las encuestas que la misma expresidenta encargó. La mayoría de las encuestas indican que será derrotada.  La campaña –en este caso- parece ajustarse a los últimos estilos de campaña que utilizan los candidatos más competitivos. Por tanto, lo que introduce ruidos es la construccion “sedimentada” sobre la candidata. No es ella, en términos personales, sino la construcción que todos –inclusive ella- hicieron de su liderazgo presidencial. La estrategia electoral no pudo deconstruir miradas y memorias sobre la figura política de CFK. De alguna manera, podemos observar que las campañas consideradas exitosas no siempre pueden descentrar la densidad representacional o imaginaria que han asumido ciertos liderazgos.

En este caso, el liderazgo anterior de CFK conspira con su actual presentación en público y con los otros. Hay cierta mirada de sospecha o impostura que aparece entre una porción importante de la sociedad o directamente un rechazo a sus posiciones actuales por algunos actos de su gobierno anterior. Hay una situación dramática entre la “campaña” y la candidata. El simbolismo construido sobre CFK impacta en la estrategia electoral y le reduce efectividad. CFK –hablamos de su figura- por momentos se sale por fuera de los objetivos de la campaña.

En los últimos meses ha insistido en buscar una posición intermedia. Sin volver a los discursos hiperideológicos buscó recostarse sobre la identidad peronista y sobre la cercanía con algunos intendentes municipales de la provincia de Buenos Aires. Estos continuos movimientos y oscilaciones que tienen como propósito mantener y ampliar adhesiones electorales, pueden indicar esa debilidad por encontrar el punto justo CFK en este contexto.

A CFK le cuesta encontrar un lugar electoral. Está ante su figura anterior (que estableció como presidenta, con sus gestualidades, presentaciones, etc.) y la que ahora quiere expresar. Lo que debería verse como algo lógico -que el nuevo contexto recree una nueva presentación de un candidato que tiene larga trayectoria- en este caso pone a CFK en un lugar extraño. Hace el “esfuerzo contextual” pero no alcanza. No solo eso. En algunos casos no tiene efectos de “creencia”.

La campaña y CFK trabajan en paralelo, por momentos. A ello, se agrega algo que no ponderó sustancialmente. La negación de competir en una elección interna con Florencio Randazzo (ex ministro de su gobierno), en vez de fortalecerla, se afirmó en un lugar que reducía la competencia y el debate. Esta decisión de no participar en internas, como la de no participar del circuito de los grandes medios de comunicación, le restó capacidad de dinamitar una parte de la opinión que vincula su liderazgo a una figura que cierra o regula los espacios de debate y de conversación. Ambas decisiones –una durante su gobierno y otra durante el inicio de la campaña- afirmaron la representación que muchos ciudadanos y ciudadanas poseían de su liderazgo. De alguna manera, esto eclipsó esa otra figura –que CFK intentó desarrollar ya en campaña- de una candidata lanzada a una renovación y revisión de sí misma.

En el acto del 16 de octubre en el Estadio de Racing (Municipio de Avellaneda, Provincia de Buenos Aires) vimos a una CFK reperonizando su campaña y afirmándose como único límite los ajustes futuros del gobierno de Macri. Buscó un punto de referencia o significante donde articular demandas y expectativas. Eso por ahora no aparece. Su zigzagueo y oscilación en campaña podría fundamentarse en ese intento muy esforzado por encontrar ese significante que articule. Lo que sí queda claro, es que es la única dirigenta de toda la oposición que puede mantener una performance tan importante. Por ahora, está sometida a la tragedia política que se configura con su caudal de votos. No le alcanza como opción nacional competitiva y es rechazada por la mayoría de gobernadores y dirigentes peronistas antikirchneristas.

El 22 de octubre veremos y analizaremos campaña y candidata, si ambas se han potenciado o, como creemos, ha entrado en dinámicas paralelas y oscilantes. Si esto fuese así, no hay campaña que te salve de todo. Porque como indican la sociología y la historia política, no siempre todo es posible.