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El macrismo logró una gran victoria política. Alineó rápidamente los universos peronistas. Tiene vía libre para el endeudamiento. Pagar a los hold outs y volver a endeudarse. Los gobernadores –en su mayoría peronistas- celebran a viva voz. La promesa del gobierno de Cambiemos de ampliar sus presupuestos provinciales tuvo su efecto. El “liquido” tienta, aunque el país se endeude. El peronismo provincial con responsabilidades ejecutivas emergió por sobre el -debilitado y fragmentado- kirchnerismo. El peronismo ajustó de un plumazo cuentas con Cristina Fernández y La Cámpora. Su liderazgo está seriamente cuestionado, transformando al kirchnerismo en una minoría –todavía- con poca reacción.

Gobernadores e intendentes presionaron y acordaron con un conjunto significativo de diputados (el espacio que conduce Diego Bossio) -que anteriormente pertenecían a las listas del Frente para la Victoria- deshacer las cláusulas que permitían no acordar con aquellos fondos buitres que habían quedado fuera de la renegociación de la deuda. Ahora, estos mismos mandatarios se esfuerzan decididamente para obtener el voto de los senadores. Objetivo que parece que lograrán.

La construcción del poder kirchnerista se deshace y da lugar a nuevas alianzas y reconfiguraciones. El centralismo del Estado argentino permitió disciplinar a los gobernadores y establecer una trayectoria de negociaciones. El macrismo ejercitará todo el centralismo que pueda, como lo hizo el kirchnerismo. No va a escaparse de esa posibilidad y mucho menos  desaprovechará ocasión para erosionar a los partidarios del gobierno anterior.

La jornada legislativa fue dura y mostró los límites del kirchnerismo. El bloque de diputados del Frente para la Victoria no pudo imponer sus criterios e impugnaciones. Parece que el gobierno de Cristina Fernández terminó hace años. La velocidad del macrismo lo dejó atrás y pulverizó algunos de sus logros más decisivos y progresistas. No solo eso, sino que el nuevo presidente se sostiene en una legitimidad ciudadana que ha aceptado que el “sacrificio” era necesario. “Bueno, está bien, había que sincerar la economía”. “No quedaba otra, había que ajustar”, “El precio de la energía eléctrica era un regalo, es lógico que aumente”, “había que resolver el desastre económico de la gestión anterior”, “ahora hay que aguantársela”, etc.

La historia de los endeudamientos y sus renegociaciones han tenido efectos trágicos sobre los sectores medios y populares. Pero la memoria tiene un papel menor en esta coyuntura. No solo se encuentra asediada por la posmodernidad, sino por una ausencia de crisis social que podría reactivarla. El macrismo no viene a poner orden frente a una crisis desatada por el gobierno anterior, sino a recrear una “estabilidad” con un recetario de opciones que tienen como resultado perjuicios sociales a mediano y largo plazo.  Primero recrear la estabilización, el consumo y obras y más luego, si la historia argentina se repite, controlar una posible debacle social. Macri tendrá que demostrar que puede romper esa repetición. En ello, se juegan sus posibilidades electorales en dos y cuatro años.

Como ningún actor político escapa a los binarismos rápidos y efectivos, el ultimátum de Macri “pago a los hold outs o hiperinflación” ha funcionado. Planteó una nueva gramática parlamentaria y disciplinó a los diversos actores. El peronismo aceptó –y esto es interesante- el argumento de que no había otra salida que pagar y volver a contraer deuda. Apuesta por un camino complejo: habilitar gobernabilidad a sectores de centroderecha sin saber si Macri podrá resolver futuras tensiones sociales y económicas. Una apuesta, que no es otra, que articularse con el cambio de época regional. El peronismo olfatea que el giro progresista está en crisis. Que la cosa va para otro lado y que hay que estar ahí.