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Por Esteban De Gori :: @edegori 

“Pongo en primer lugar, a título de inclinación general de toda la humanidad, un afán perpetuo y sin tregua de adquirir poder, un afán que sólo cesa con la muerte” Thomas Hobbes, Leviathan, 1651.

I

El sciolismo es un movimiento perpetuo y soterrado hacia el poder. Es un deseo que va acaparando los espacios, las fisuras, los territorios propagandísticos y los dolores que dejan los demás candidatos. Tiene los brazos abiertos. Atrae seguidores y convertidos. Los recibe, pero no los devora. Scioli está ahí, incólume, como la estructura peronista –es el <ser ahí> de la maleabilidad pejotista–. Está ahí para levantar al maltrecho, para darle calor en su amigable y desapasionada choza peronista. Él cuida de los heridos, al modo en que Francisco I llama a proteger a los africanos que llegan en pateras a la isla de Lampedusa. Hoy el sciolismo, pese al crecimiento de Macri y a la persistencia de Massa, siempre está. Es Lampedusa, un territorio que da la bienvenida a todo migrante político que se precie de tal.

II

Scioli es un humanista rápido que retoma a pie juntillas el aire cálido y todavía con gran legitimidad que emana del Vaticano. Scioli es espiritualmente un hombre de Roma, alguien que podría oscilar en sus preferencias entre Juan Pablo II y Juan XXIII; como oscila entre la ortodoxia y heterodoxia económica. Es hombre de una Roma espiritual en reconstrucción, un embajador de la mesura cristiana y el jefe –autopropuesto- de un capitalismo que se presenta como pacífico y bello.

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III

Scioli es un “Capitán de Tormentas” en suelo bonaerense, lo es de un gobierno nacional que lo recela y que lo seduce; es el moderador que entendió que se viene, perentoriamente, un mundo moderado. Con menos expectativas, con exiguos ingresos para distribuir y menos crecimiento. Es alguien que busca reducir la enemistad de actores poderosos y profundizar el acercamiento con aquellas “zonas” donde alumbran las posibles inversiones. Desea reconciliarse, entregando una “media mejilla” como exige cierto vademécum del peronismo práctico. De eso se trata, de reconciliación lenta para equilibrar la escena. Reconciliarse; eso sí, con las palabras que vienen del Vaticano en una mano y con el poder territorial y electoral del peronismo en la otra. De esta manera, una renovada doctrina social del justicialismo del siglo XXI se avecina. Se aproxima el “agente naranja”, eso parece imparable. Scioli, entre tanto, puede ser el napalm del peronismo.

IV

El gobernador de Buenos Aires ajusta su cuerpo al tiempo que se aproxima, a un tiempo de derechas con mayor poder, a un tiempo de disputas sobre logrados avances sociales. Se viene la moderación, es decir, una época donde los grupos económicos –inflados de años de rentabilidades- exigirán su verdadera “década ganada” en nombre de inversiones y lucros cesantes. Se viene la moderación. No cualquier moderación, sino una que implica desterrar los entusiasmos épicos y las pasiones desbocadas. Ya no habrá cantitos, sino imágenes. Se viene el color naranja, la revolución cítrica, el registro acido de lo real. De esta manera, se viene una mutación de la escena política: los dirigentes del “punto medio” desplazarán a los grandes liderazgos y una nueva generación gobernará.

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V

Existe una “personalidad” o gesticulación sciolista, con cierto aire estoico frente a todos los poderes. El que soporta y espera, el que aclimata sus pasiones para no odiar abiertamente o para retrasar el acto de la furia. Difiere, clausura o morigera su odio para hacer política y eso lo vuelve un dirigente que persiste en el juego. Un jugador low cost.

Estamos ante un candidato autocontenido, -repito- estoico, resignado ante la certeza de los poderes reales. Alguien que está dispuesto a anunciar que la tendencia igualitarista ha terminado o se ha estancado, como también pronosticar que aquello que desea la gente es aquello que tiene que realizar el Estado (Si la gente quiere seguridad, vamos a darle un Comisario con un orden posible en la mano). Scioli es eso, no es un lector de encuestas, sino un demócrata que hace realidad los deseos lícitos del sentido común, aunque estos parezcan delirantes.

VI

Scioli –en el mundo que viene se siente muy cómodo, el oleaje es su modus vivendi- nuevamente podrá presentarse como el Capitán de Tormentas que se candidatea para surfear una compleja y negativa crisis mundial, tanto para la Argentina como para región. Para coquetear con los afanes globalizadores. El gobernador se presenta como la garantía de un “peronismo en continuado” más el acercamiento a una “sensata globalización”. Peronismo + Globalización, esa es la piedra angular del sciolismo. Todo en cuotas, sin velocidades, escuchando los sermones romanos, los intereses locales y las sirenas municipales.

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VII

Scioli tiene su propia autopista, su autopista naranja. Si uno circula en auto, bus o lo que tenga a mano la extensión de la autopista La Plata-Buenos Aires puede darse cuenta que es el mejor signo de la ola naranja que se viene. Scioli va por su “revolución naranja”, como lo hicieron los ucranianos en 2004, los cuales disputaron el poder a los pro-rusos. Scioli llevara su revolución naranja a la Casa Rosada –eso aspira– y en ese trayecto correr del camino (o subordinar) a los pro-kirchneristas; pero de tal manera, de que el peronismo no se transforme en la Ucrania actual.

VIII

Scioli no posee “teóricos”, ni libros desenvainados en alguna trifulca o discusión. No tiene ni un Jauretche a mano, ni un Laclau donde aliviar sus concepciones; ni siquiera un Instituto Dorrego, ni un Canal Encuentro. Parece un político a-teórico (como lo parecen Massa o Macri), es decir, de aquellos que se resguardan en una acción práctica suponiendo que eso los aleja de los contenidos políticos o intelectuales. De esta manera, sortean la discusión, el conflicto, la palabra molesta. Lo suyo no está atravesado por la búsqueda de los grandes relatos que supone una época, sino por la asesoría precisa de politólogos que contorsionan institucionalismo con maquiavelismo de manual. La teoría de Scioli es –entre otras cosas– su propia experiencia de persistencia en el poder: “yo estuve”, “todos saben cómo me comporte” y “así seguiré siendo”. Una especie de coherencia corporal que todo lo dice.

Scioli Alfonsín

IX

Dilma tiene su Avenida Brasil. Esa novela donde puede observarse como pobres se hacen ricos o clasemedieros –con nobles o indignas estrategias–. En la “vecindad de Tifón” –ex jugador de fútbol pobre que accede a una lujosa casa y que se casa con Carmina, mujer del fondo de la sociedad que logra transformarse al lado de Tifón en una señora acomodada– circulan, se encuentran y se celan las clases. Son vidas cercanas o propias de “tiraderos de basura”, que por allí pululan. También son vidas que ascienden, que zafan. Digamos, más o menos, la historia del Brasil actual.

Scioli tiene lo suyo. No corre a ver la novela como lo hacen tantos hombres y mujeres en Brasil –incluida, Dilma– sino que tiene su autopista naranja. Su colorida metáfora para arribar al poder. Lugar del cual podrá ver, sentado en un sillón, sus propias novelas.