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Los resultados de estas elecciones subnacionales evidencian un escenario disímil respecto al de los comicios de octubre, en los cuales el Movimiento Al Socialismo (MAS), resultó electo con el 62 por ciento de los votos, marcando una distancia de casi cuarenta puntos sobre la segunda fuerza y obteniendo, además, el triunfo en ocho de los nueve departamentos del país. Ese rotundo triunfo contrasta con el desempeño de los candidatos oficialistas en los comicios regionales en los que el MAS fue derrotado en varias alcaldías importantes del país, incluyendo algunos de sus bastiones electorales y simbólicos.

Un dato a resaltar es que, al igual que en octubre pasado, cuando la fórmula Evo Morales-Álvaro García Linera fuera reelecta para un tercer mandato ejecutivo, la concurrencia de votantes a las elecciones para elegir gobernadores, alcaldes, asambleístas departamentales y concejales fue altísima, lo que vuelve a confirmar que Bolivia tiene, desde hace unos años, uno de los porcentajes de participación electoral más altos del mundo situado en torno al 90%. Esto, sumado a la realización de una nueva elección sin mayores sobresaltos ni incidentes, son dos elementos que dan cuenta de un fuerte proceso de consolidación democrática en el país andino.

Respecto a los resultados de las últimas elecciones departamentales de 2010, el escenario es similar. En aquella ocasión, el MAS había ganado en seis departamentos, quedando Santa Cruz, Tarija y Beni (de la denominada “media luna”) en manos de la oposición. Esta vez, la oposición se impuso nuevamente en Santa Cruz y Tarija, pero sumó el departamento de La Paz, distrito que concentra el mayor peso electoral que ahora será gobernado por el opositor Félix Patzi, dirigente del MAS hasta 2010. El resultado también está cerrado en Cochabamba, Oruro, Potosí y Pando donde gobernará el oficialismo. Mientras que en Chuquisaca habrá segunda vuelta el próximo 3 de mayo para definir al gobernador electo. En Beni, aún resta esperar el conteo definitivo de las actas que definirá si se celebra balotaje o si resulta electo el candidato del MAS, Álex Ferrier, que si bien fue el más votado no alcanza una diferencia de más de 10% con la segunda fuerza.

Es importante tener en cuenta que las elecciones regionales presentan características disímiles con las nacionales. Mientras que en las elecciones nacionales la decisión se concentra en las orientaciones generales que marcarán el futuro del país en el ámbito político y económico -es decir, en un proyecto de país-, en las regionales tienen mucho mayor peso los liderazgos locales y la capacidad de gestión para resolver los problemas cotidianos de la población. Además, sea por la fuerza de los liderazgos locales, sea por una mayor diversidad de partidos o por la simple intención de no depositar todo el poder en una misma persona o formación política, entre otras razones, las elecciones regionales tienden a generar una importante fragmentación del voto.

En esta ocasión, sin embargo, otros factores han confluido para que el MAS arribara a los comicios con algunas complicaciones. En principio, la designación de algunos de sus candidatos ha generado cierto malestar en algunos sectores de las bases masistas. Es el caso de Chuquisaca, donde Damián Condori quien había sido propuesto como candidato de la Federación Única de Trabajadores de Pueblos Originarios (FUTPOCH) finalmente se presentó con una fuerza propia por fuera del MAS ante la negativa de la dirección nacional que apoyó la reelección de Esteban Urquizu. Ambos competirán en mayo por la gobernación. En segundo lugar, y complementariamente, se evidenciaba un importante grado de desaprobación en algunas gestiones regionales y municipales del masismo, algo que suele ser gravitante en elecciones locales. Y, por último, el oficialismo se ha visto golpeado en los últimos meses por numerosas denuncias de corrupción al interior del gobierno, una de las cuales se dio en el Fondo Indígena, donde está implicada Felipa Huanca, la derrotada candidata oficialista a la gobernación de La Paz.

Todo ello ha jugado para que el oficialismo haya perdido tanto la gobernación de La Paz como algunas alcaldías de gran importancia simbólica y electoral (la oposición se impuso en 8 de las 10 ciudades principales), en particular la ciudad paceña de El Alto, caracterizada por contar con un fuerte tejido social organizado en movimientos sociales que protagonizaron la “guerra del gas” en 2003 que desembocó en la caída de Sánchez de Lozada, y la ciudad de Cochabamba, donde tuvo lugar la “guerra del agua” en 2000, germen de inicio del socavamiento del modelo neoliberal. El propio Evo Morales, al hacer una primera lectura de los resultados resaltó el peso de las denuncias de corrupción en la erosión del poder electoral del MAS que podría ser resultado de un “voto castigo” a los candidatos elegidos.

Haciendo un balance a nivel nacional de los resultados, el oficialismo fue la fuerza más votada en seis de los nueve departamentos, lo que consolida al MAS como la principal fuerza política del país, y la única con presencia en todos los municipios. Esto refrenda los resultados de las elecciones nacionales de octubre pasado, donde se puso en juego un proyecto de país ampliamente respaldado por el voto popular. Respecto de la oposición, en un rasgo que se repite en otros sistemas de partidos de la región, no ha podido superar un estado de alta fragmentación, que en la competencia electoral se tradujo en una imposibilidad de coordinar una alternativa común a nivel nacional. Sin embargo, habrá que prestar atención al grado de articulación que pudiera llegar a surgir entre las fuerzas opositoras que resulten ganadoras, y si ello puede devenir finalmente en un frente común que dispute poder al gobierno central.

A partir de ahora, y una vez se confirmen las nuevas autoridades, la clave de los próximos meses radicará en la relación que se establezca entre el gobierno central y los ejecutivos opositores, un vínculo que –en principio– asoma con sendas dificultades. En efecto, según sus propuestas de campaña, los candidatos opositores pugnarán por un mayor autonomismo, forzando a crear un nuevo pacto fiscal que federalice el presupuesto del país, hoy manejado en un ochenta por ciento por el Ejecutivo nacional. Del otro lado, el propio Evo Morales ha manifestado más de una vez en las últimas semanas su rechazo a trabajar con aquellos candidatos opositores que resulten ganadores, algo que fue apuntalado por su vicepresidente, Álvaro García Linera.

Así las cosas, el escenario político en Bolivia tras estas elecciones presenta grandes desafíos tanto para el gobierno como para la oposición. El MAS, recientemente reelecto para un tercer mandato que recién se inicia gobernará con un fuerte apoyo nacional que aparece ahora disociado a nivel territorial donde habrá mayor presencia de dirigentes opositores. En este escenario, el oficialismo deberá revisar las articulaciones con los movimientos sociales fortaleciendo la consolidación de liderazgos locales, mostrando capacidad de gestión en niveles municipales y resolviendo los casos de corrupción y cuestionamientos a sus dirigentes por parte de las bases. Mientras que las diferentes fuerzas de la oposición que resultaron electas para gobernar ciudades y departamentos tendrán que enfrentarse con la dura tarea de nacionalizar liderazgos, que por ahora presentan una fuerte raigambre regional y que no han podido sortear los límites de sus distritos para confluir en la articulación de un proyecto nacional que permita disputar el poder al oficialismo, proceso en el que vienen fracasando sistemáticamente desde 2006.