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I

The end. Cristina Fernández de Kirchner entregará el mando presidencial a Mauricio Macri. El fin de ciclo de su liderazgo con su universo de hipótesis acerca de la realidad argentina se acerca. Ninguna de sus apuestas electorales –como las del propio oficialismo- fueron eficaces. Erosionó su propia sucesión, no solo en la presión ejercida sobre Scioli, sino por la puesta en marcha de un conjunto de medidas políticas y económicas que nunca advirtió su impacto (inflación, cepo, INDEC). El microclima presidencial y de las mismas organizaciones que lo promovían se perdió la oportunidad de comprender que sucedía en el mundo social. Abandonaron el “momento sociológico” y la perspectiva de los actores para recluirse en un insuficiente saber estatal y comunicacional. Despreciar o relativizar los efectos sobre lo social y lo territorial –como sus reconfiguraciones- se terminó convirtiendo en el límite concreto para imaginar la sucesión o continuidad. Entre tanto, las transformaciones culturales (consumo, autoreflexión posmoderna, individuación, etc.) operadas por la globalización no fueron materia de análisis de la subjetividad contemporánea sino que la globalización fue reducida a una agenda geopolítica.

Cristina y el propio kirchnerismo intervinieron sobre la realidad como un “gobierno de emergencia”. Trabajaron como si el 2001 estuviese presente a cada momento, como si esa memoria podría formatear todas las acciones, como si el Estado fuese el único actor en pie. Nadie puede trabajar con esas memorias en momentos en que ellas son evanescentes, líquidas y –en algunos casos- no vividas. Los 70 y los 80 quedaron en un mundo lejano. El juicio a los genocidas y la recuperación de nietos acompañó ese cierre. Hay pocas deudas con el pasado. Ese mundo se transformó en el pre-89 de la política argentina, un tiempo pre-muro. Ahora estamos ante otro momento, donde el Frente para la Victoria, como tal, como propósito renovador dejó de existir. Ahora, vendrán los reacomodamientos políticos y lexicales. Vendrá la lucha por el futuro de lo que deja el kirchnerismo. La política volverá, pero no sabemos qué harán los actores y los ciudadanos. Hoy eso es futurismo. El “volveremos” de los 70-80 o la imaginación de una ola que vuelve por sus fueros, eso sí, parece perimido. El “milagro político” ha concluido, pero nadie tirará las estatuas, los nombres y panteones del kirchnerismo. En parte, el liberalismo y la moderación han triunfado en casi todo el arco político.

II

Scioli hizo una gran elección. Perdió por poquísimos puntos frente a un candidato al cual le otorgaban mayores distancias numéricas. Scioli + la efervescencia social y ciudadana acortaron el camino, generaron una escena de movilización social que desbordó el “aparato” kirchnerista y a la propia presidenta. Cuando el candidato oficialista incluyó necesidades de cambio inscribiéndolas en los grandes avances en ciertas políticas logró repuntar. Scioli fue más cuando se alejó del kirchnerismo duro, dando cuenta así de las corrientes sociales de opinión. Debió aceptar que el clima electoral había cambiado, que las políticas públicas no reemplazaban o sustituían mecánicamente expectativas e imaginarios sobre la vida cotidiana y sobre el universo político. La inflación, el cepo, la fatiga cultural al liderazgo de CFK y ciertas imposibilidades de ahondar el consumismo hicieron que lo privado –lo íntimo- se imponga frente a ciertas políticas públicas. El territorio –el centro del país, como una parte importante de la Provincia de Buenos Aires- y lo privado (el deseo intimísimo de los gustos) se rebelaron. Lo privado –que clamaba en el desierto y en la charlas de timbrado- apareció con un porcentaje importante. Pero, nada es tan sencillo. Esta fuerza en el poder, deberá lidiar con un espacio de votos y voluntades no menores, con capacidad de acción en diversas instituciones y con cierta capacidad de movilización social. Si Scioli logra aglutinar todos los recursos que deja el kirchnerismo (intendentes, gobernadores, senadores, diputados) podrá convertirse en un importante referente de la oposición y si no se embarrará en una interna post oficialista con el propósito de redefinir un futuro liderazgo. Scioli –que no quedó tan mal parado- enfrentará una interna con viejos y nuevos actores, todos decididos a retener algo de la herencia. Nada será fácil, porque no hay derrotados absolutos. Sergio Massa y De la Sota también poseen aspiraciones de intervenir o de “llevarse algo” del alicaído Frente para la Victoria. Cristina Fernández de Kirchner buscará mantenerse disponible como “memoria de logros”. La lucha por convertirse en oposición no se fijó solo en las elecciones, sino que se abrirá prontamente con gran virulencia. Lo que si queda claro, que la tan esgrimida “épica partisana” de un sector del oficialismo hoy tiene poca efectividad. Con los recursos institucionales y legislativos que deja el kirchnerismo pueden lograrse acuerdos, vetos, bloqueos y presiones apelando a una sabía realpolitik.

III

Macri no es el jefe de un partido de globos. La relativización de su fuerza y de su estética es parte de todo eso que no “vimos venir”. Redefinió la idea de cambio y la colocó en lo más íntimo de los deseos individuales de los ciudadanos. Logró muchos votos y movilización festejante en las calles. En definitiva, el PRO puede aspirar a convertirte en una fuerza política en serio y con posibilidades de futuro. Interpeló y delimitó una subjetividad que ahora se enfrentará al momento de la gobernabilidad. En su acuerdo con la UCR ambos ganaron, pero si Macri aprovecha su envión y recrea una significativa adhesión el radicalismo se encontrará como otras tantas veces ante el problema de su “identidad”. Hoy son socios, mañana podrían ser los arrendatarios perpetuos de una estructura.

El nuevo presidente deberá construir gobernabilidad en territorios –como, el legislativo o provincial- donde no cuenta con mayorías. Por ejemplo, la mayoría de senadores y gobernadores no son propios. Inclusive, su triunfo por escasos puntos limita –si comprende el voto del FPV- algunas de sus ansiadas medidas económicas. También, deberá apelar a la real politik para establecer acuerdos con gobernadores y apoyo en el Senado, como a políticas que aumenten su legitimidad social y que en última instancia terminen presionando a dichos gobernantes y legisladores. Por ahora, esto es del rango de la pura especulación, pero –como sabemos- no posee infinitas trayectorias de acción. La cancha esta –relativamente- marcada.

Donde no aparecen ambigüedades, en principio, es en el plano regional. Allí donde se “enterró” el ALCA triunfó una derecha moderna y eso le da cierto margen simbólico al macrismo para impugnar al chavismo (hoy atravesando por ciertas dificultades y con una posible pérdida de su mayoría absoluta en la Asamblea Nacional). Una derecha asociada al cambio y al “sí, se puede”, un mantra repetido tanto por demócratas norteamericanos o por el Podemos español. Su triunfo impactará en las diversas oposiciones a los gobiernos de izquierda de la región e inclusive obligará a varios países de la región a pronunciarse cuando busque aplicar la cláusula democrática en el Mercosur, consideremos Brasil y Uruguay.