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A finales de junio (27), la presidenta del Brasil, Dilma Rousseff, realizó una visita oficial a los Estados Unidos, retomando la iniciativa que fue suspendida en 2013, tras el escándalo de las escuchas ilegales a la primer mandataria reveladas por Edward Snowden. Con una agenda nutrida y dejando a miles de kilómetros un país convulsionado por los intentos destituyente de la derecha política y económica, las lecturas sobre el significado y los resultados del mismo son múltiples y merecen ser atendidas desde la perspectiva interna del país, y sus implicancias geopolíticas.

La visita y la que no fue.

En agosto de 2013 se divulgó en los medios brasileros que la NSA habría interceptado los correos electrónicos y llamadas telefónicas de la presidenta Rousseff y a otros funcionarios y ciudadanos brasileros. Ni la reunión a puertas cerradas entre ésta y Obama durante la cumbre del G20 poco tiempo después, ni la llamada personal del presidente estadounidense sirvió para apaciguar los ánimos. A su retorno a Brasil, Dilma resolvió rechazar la invitación realizada por Obama para viajar en octubre a Washington, y lo hizo en los siguientes términos: “Las prácticas ilegales de intercepción de las comunicaciones, y datos de empresas, ciudadanos y miembros del gobierno brasileño constituyen un hecho grave que atenta contra la soberanía nacional y los derechos individuales; es incompatible con la convivencia democrática entre países amigos. Teniendo en cuenta la proximidad de la programada visita de Estado a Washington, y en ausencia de una oportuna investigación sobre lo ocurrido, con las correspondientes explicaciones y el compromiso de cesar las actividades de intercepción, no están dadas las condiciones para realizar la visita en la fecha anteriormente acordada”.

Casi dos años después del declinamiento de la invitación de Washington, Dilma Rousseff arribó al país del norte dando por zanjado el asunto de las escuchas. También partió con una nutrida comitiva de funcionarios y varios acuerdos bilaterales en mente. La acompañaron los ministros de Hacienda (J. Levy), Exteriores (M. Vieira), Desarrollo, Industria y Comercio Exterior (A. Monteiro), Educación (R. Ribeiro), Ciencia, Tecnología e Innovación (A. Rebelo), y el asesor especial para asuntos internacionales Marco Aurelio Garcia. Con algunos de ellos asistió a reuniones con empresarios brasileros que operan en el mercado norteamericano y con ejecutivos de importantes compañías americanas. Entre ellas Warburg Pimcus, Blackrock, Citigroup, Bleinheim Capital Management, Cerberus Global Investmant, Diamond Offshore Drilling/Loews Corporation, Starwood Capital Group, TGP Partners, Valor Capital Group, GP Morgan, Walmart, General Motors y Google. Con todos, al dilatado encuentro con el presidente Barack Obama.

A pesar del enfriamiento de las relaciones políticas durante casi dos años, y el alejamiento diplomático desde los gobiernos de Lula, los intercambios comerciales entre ambos países se han mantenido constantes y fluidos. Estados Unidos es el segundo mayor comprador de productos brasileros, sólo superado por China. Entre enero y mayo de este año, las exportaciones brasileras a dicho país ascendieron a 9,7 mil millones de dólares, particularmente de productos manufacturados, a diferencia de los exportados a China que son primarios. Aun así, la balanza comercial respecto del año pasado fue desfavorable a Brasil en un 8%, cifra bastante relevante si se tiene en cuenta la crisis económica y política que vive el país suramericano.

Lo que el viaje les dejó

La visita culminó con varios avances en materia comercial y de cooperación en otros rubros. Entre los más importantes se encuentran la aceptación, por parte de EEUU, de firmar un acuerdo de convergencia regulatoria para homogeneizar normas técnicas para la entrada de producto brasileros al mercado norteamericano, y el reconocimiento del estatus sanitario del ganado bovino brasilero, lo que le permitiría a Brasil comenzar la tan esperada exportación de carne de res. En materia educativa, firmaron un memorando de entendimiento para cooperar en educación técnica y profesional; en defensa firmaron un Acuerdo de Cooperación en Defensa y otro de Seguridad de Informaciones Militares, que permiten intercambiar información, servicios y tecnologías; y en materia energética se comprometieron a ampliar la participación de fuentes renovables en sus matrices eléctricas. Un punto importante para Brasil en el que no se lograron concreciones fue la exención de visa para turistas brasileros, aunque EEUU se comprometió a tomar medidas para que Brasil entre en 2016 al programa “Global Entry”.

Para los medios y partidos opositores brasileros, la visita fue un fiasco. En general, señalaron que –frente a tanta expectativa con la recomposición de relaciones políticas- los resultados concretos fueron intrascendentes. Buscaron, incesantemente, minimizar y hasta ridiculizar el encuentro entre ambos presidentes, al punto de que una reportera de GloboNews, en plena conferencia de prensa conjunta, preguntó a Obama cómo entendía ésa especie de esquizofrenia discursiva que coloca la autoproclama oficialista de que el Brasil es una potencia mundial mientras que para los EEUU, Brasil es sólo una potencia regional. Otros análisis locales apuntaron más bien a entender la visita como un gesto de pragmatismo político y económico de la política exterior brasilera; una medida necesaria -ideologías aparte- para conseguir mayores vínculos comerciales y financieros con EEUU, para recuperar la confianza del sector privado, y también un gesto de independencia de la política exterior, en tanto se busca estrechar lazos con potencias mundiales antagónicas a EEUU, como Rusia y China (a través de su membresía en los BRICS).

Brasil en la política imperial

Independencia de la política exterior brasilera o ausencia de coherencia en esta materia, lo cierto es que las acciones orientadas a reforzar la relación Sur-Norte, particularmente con EEUU, se insertan en un contexto de cambio de era en el sistema internacional en el que varias potencias disputan la hegemonía estadounidense. Y, en este sentido, cómo se posiciona el estado brasilero en un concierto mundial en cambio tiene implicaciones más allá de situación económico-financiera interna.

La voluntad norteamericana de facilitar los intercambios comerciales con Brasil y la cooperación en otras áreas -lo mismo que el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, la agresión a cara descubierta contra Venezuela, la búsqueda de revitalización de Tratados de Libreo Comercio existentes (como el TLCAN y el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica), su apoyo a la Alianza del Pacífico y la cada vez más nutrida presencia militar en Centroamérica, el Caribe y Sudamérica- es parte de una política exterior que busca recuperar terreno perdido ante la emergencia de bloques regionales refractarios a su dominación -Mercosur, Unasur, ALBA- y ante la cada vez más nutrida presencia de potencias rivales, como China y Rusia en la región.

China, como ya se ha señalado, es desde hace unos años, el mayor socio comercial de Brasil. En mayo de este año acordaron un importante paquete de inversiones en infraestructura, que incluye la construcción de una vía transoceánica que transcurrirá por Brasil y Perú -en consonancia con la financiación china del Canal de Nicaragua-, cooperación científico-tecnológica y acuerdos energéticos. Estos “paquetes” de inversiones han sido acordados con otros estados sur y centroamericanos y, más aun, China prevé invertir -como lo señaló su presidente Xi Jinping en la reciente cumbre China-CELAC- en América Latina y el Caribe 250 mil millones de dólares en los diez próximos años.

La disputa entre potencias por la hegemonía sobre la región no es un factor que deba soslayarse al analizar los movimientos de Brasil en materia exterior. Tanto para EEUU como para China, Brasil representa un importante mercado para los negocios financieros y comerciales, y éstos son, a su vez, modos de adquirir cuotas de poder sobre el mismo. Pero, a diferencia de China, para EEUU el Brasil es también un punto estratégico para el reaseguro de sus intereses en Sudamérica, así como la gran reserva de recursos naturales y energéticos. Precisa de una sólida “sociedad” con el estado brasilero -junto con los países del Pacífico- para garantizarse geoestratégicamente el control de su “patio trasero” frente a otras potencias rivales.

Brasil, como toda nuestra región, es el escenario de una nueva pugna de las potencias -viejas y nuevas- por la hegemonía. EEUU parece, por ahora, una potencia en declive. Pero si hay una constante en la historia de la política internacional desde el siglo XV es que las potencias amenazadas en su liderazgo despliegan una agresividad inusitada para mantenerse a flote. Si las pacíficas “sociedades” no resultan como estrategia, habrá otras más agresivas, que América Latina ya ha conocido. Brasil debe ser consciente de que su actual “libertad” de asociación comercial y financiera se enmarca en una disputa entre potencias cada vez menos solapada, y que si no apuesta más firmemente a la solidez de la integración regional, el principio divide et impera,