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Por Lorena Freitez

En víspera de contiendas electorales decisivas para la consolidación o re-definición del tablero político latinoamericano, Caracas fue epicentro durante el 11 y 12 de noviembre del Seminario “América Latina en Juego”, organizado por el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG) y la Universidad Bolivariana de Venezuela, donde confluyeron 16 investigadores e investigadoras internacionales ante un nutrido auditorio de estudiantes universitarios, movimientos sociales y actores políticos venezolanos. Un espacio de debates cruciales para comprender qué se están disputando las fuerzas populares y progresistas que tomaron el poder político a principios de siglo y las fuerzas conservadoras que no desisten en su afán por retomarlo.

 

Desde un diálogo geopolítico regional que recogió las características y particularidades de cada proceso político nacional, se dio cuenta de tres debates fundamentales: 1) cuáles son los patrones del performance político de las nuevas derechas que encarnan la vanguardia conservadora; 2) cuál es la situación objetiva de los gobiernos de derecha que hoy administran países como Colombia, Perú, México o Paraguay; y 3) cuáles son los desafíos que tienen por delante los gobiernos de Venezuela, Ecuador, Argentina, Brasil y Bolivia, si están decididos a mantenerse en el poder para el bienestar de las mayorías latinoamericanas. En el medio de estas tensiones, también se hizo presente el análisis de la actuación de Estados Unidos que no deja de trabajar intensamente combinando modalidades soft o técnicas de la “diplomacia pública” y modalidades duras, militares, para retomar el control de este tablero de juego.

 

La paradoja que se esconde detrás del gran aparato de marketing político que reviste la “exitosa” gobernabilidad de las derechas en el continente, quedó en evidencia al exponerse, sin panfletos, la situación real de las mayorías en los países que gobiernan: donde gobierna el capitalismo las economías son saludables pero los pueblos no. El sociólogo peruano Nicolás Lynch aportó datos esclarecedores al respecto: Perú durante 2013-2014 presentó una tasa de crecimiento del 6%, sin embargo este plus de riqueza no se tradujo en empleo, del total de la población económicamente activa sólo el 12% goza de empleo estable con derechos laborales reconocidos, y el 78% restante trabaja en condiciones pauperizadas o de informalidad. Fue una constante los altos índices de Gini, marcador de los niveles de desigualdad en la distribución de la riqueza colectivamente producida por los trabajadores en los países que integran la coalición conservadora en la región.

 

Esto supone que en estos países, lejos de espejismos mediáticos, se atraviesa por dificultades económicas que no sólo viven países como Venezuela, Argentina o Brasil, en Colombia y México producto de la baja de precios de materias primas en el mercado internacional, también se vive una crisis económica que se afronta muy distinto: si ya sabíamos que en estos países los salarios mínimos hace tiempo no suben, quedamos boquiabiertos cuando el politólogo colombiano Javier Calderón informó que ante la crisis, el ajuste fiscal va directamente a rematar este salario, manteniendo inamovible un índice de pobreza del 35%, y por consiguiente lejos de lo que nos dicen las empresas norteamericanas de indicadores de riegos, en estos países se vive un enfriamiento de la economía debido a que no existe poder adquisitivo de la población, razón por la cual nos preguntábamos ¿por qué se ubican como puntos verdes para la inversión?

 

Lo que si resulta realmente inexplicable es cómo se mantienen estos gobiernos en el poder ante tal nivel de desigualdad y malestar económico de la gran mayoría de su población. Cuatro ponencias tejieron información que permitió comprender algunos de los mecanismos e instrumentos que transversalizan sus métodos de preservación en el poder. Quizá Colombia y México sean los ejemplos más claros de la implementación de la represión militar, la violencia psicológica y la contrainsurgencia como instrumentos para gobernar a través del miedo: por ejemplo pudimos comprender que la magnitud del escándalo mediático que hubo en estos países por el encarcelamiento de Leopoldo López en Venezuela, se viene usando para invisibilizar a los 9.500 presos políticos que existen en Colombia, o los miles de sindicalistas o normalistas muertos en México al expresar públicamente su disidencia. Sin embargo, también se puso en evidencia cierto recogimiento de estos métodos en las nuevas derechas; fueron enfáticos: hoy sectores de la población valoran que las derechas en el poder no se desborden de los límites democráticos como sí lo hicieron en el pasado, a pesar de agregar que esto sucede menos por un asunto ético o humano y más por business. En Colombia, por ejemplo, una corriente de derecha avala los Acuerdos de Paz porque constituyen una vía para tomar control sobre los territorios en guerra para su posterior explotación económica, en este sentido, igual que en el pasado, para las nuevas derechas gobernar se traduce en la posibilidad de hacer uso de patrimonios públicos para el desarrollo de la gran empresa, es lo que Lynch llamó “patrimonialismo oligárquico” y lo que el economista ecuatoriano Nicolás Oliva caracterizó como la génesis del capitalismo rentista latinoamericano.

 

Junto a estos mecanismos, el asidero cultural que permite que estas derechas se mantengan en el poder y las que son oposición tensionen con mayor vehemencia su reclamo, es la subjetividad política que deriva de un modelo de desarrollo urbano centrado en el esfuerzo individual, que sigue responsabilizando al individuo de su pobreza y controlando los deseos ciudadanos por la vía del consumo. A partir de la ponencia del politólogo argentino Agustín Lewit, llama la atención el crecimiento político de las nuevas derechas de oposición en grandes centros urbanos donde también creció la clase media, sobre todo por lo irónico que resulta que son los gobiernos de izquierda los que más condiciones han creado para aumentar el poder adquisitivo de las grandes mayorías pero su modelo cultural comienza a hacer aguas ante los referentes aspiraciones de la lógica del capitalismo rentista. Y es que, las nuevas derechas se apañan y buscan mimetizar sus discursos y estéticas con los signos de la esperanza: rescatar las políticas sociales de los gobiernos populares, despachar la política entendida como un sin-sentido-conflicto y hacer del arte de gobernar una encomienda meramente administrativa o gerencial.

 

Ante tales circunstancias, en medio de la permanente necesidad de seguir politizando sus gestiones como conquistas históricas de siglos de luchas populares, los gobiernos progresistas se encuentran ante desafíos claros: superar lo que para el capitalismo no es un problema, el patrón primario exportador que ha condenado a sus pueblos a la dependencia externa, la castración del desarrollo de su conocimiento, la mutilación de su cultura del trabajo y el desplazamiento y expoliación de bastas extensiones territoriales que han quedado a merced de poderes fácticos. En este sentido, seguir avanzando en la edificación de nuevas matrices de producción de bienes y servicios es una tarea pendiente que en voz del economista argentino Jorge Hernández no debe desestimar la sustitución de importaciones, la exportación de productos no tradicionales y la territorialización del desarrollo pensando a América Latina en su conjunto, desde una lógica de complementariedad. Mientras ésta es una tarea a largo plazo que sólo se podrá alcanzar si se logran consolidar las democracias populares del sur, se plantearon acciones económicas de corto plazo orientadas a consolidar el papel del Estado como instrumento útil, eficiente e indispensable para la vida de los y las ciudadanas. Así Teresa Morales de Bolivia y Mauro Andino de Ecuador, esbozaron medidas concretas que partieron de la irrenunciabilidad a la inversión social, el aumento de la recaudación, el condicionamiento del gasto tributario, las estrategias de control de precios como patrimonio para la protección del bienestar de las mayorías, y el economista argentino Guillermo Oglietti, cerró con elementos clave de la maniobra económica de la izquierda hoy: potenciar el uso de la arquitectura financiera latinoamericana legada por los grandes líderes de las democracias populares de este siglo, que no es otra cosa que avanzar en la desdolarización de los intercambios comerciales internacionales, haciendo uso de la novel institucionalidad financiera internacional existente, por ejemplo, el SUCRE (Sistema Único de Compensación Regional).