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Por Esteban De Gori


Hugo Chávez pintó un nuevo cuadro para la escena política latinoamericana. Pintó un cuadro viviente y dinámico. Desde 1998 logró trastocar todos los vocabularios políticos hegemonizados por el neoliberalismo y consiguió, paciente y virtuosamente, otorgarle vitalidad a aquellas palabras que las izquierdas –todavía tambaleantes en Europa– habían guardado en un baúl. Desempolvó, desde su contexto y particularidad venezolana, aquellos lenguajes emancipatorios de diversas tradiciones que la disolución del bloque soviético parecía haber enterrado. En un contexto –victorioso– de Gobiernos neoliberales en la región sudamericana –Menem en Argentina, Cardoso en Brasil, Fujimori en Perú, Sánchez de Losada en Bolivia, etc.–, Chávez para legitimar su proyecto, resignificó la “palabra perdida” del socialismo con los ‘materiales’ del cristianismo, del republicanismo y de las experiencias revolucionarias.

El socialismo como ‘palabra’ en boca de Chávez se fue construyendo en la tensión que el chavismo atravesaba a la hora de transformar Venezuela. Rastreó en el mundo político y discursivo de Bolívar, de las gestas independentista y del socialismo una dimensión simbólica para reconstituir un Estado que “ponga sus oídos” en las tragedias sociales. Restituyó la política como lenguaje de y para las masas y como derecho a la imaginación de otro orden político. Su entrada al sistema político, a fines de la década del ’90, terminó por configurarlo radicalmente, de hecho, los partidos tradicionales (AD, COPEI) quedaron reducidos a una mínima expresión y representación. Esto disolución, no fue un “plan orquestado” por Chávez, sino que su gobierno lentamente vinculó ‘democracia profunda’ y ‘realización de expectativas populares’, algo que los partidos tradicionales habían desdeñado con sus políticas neoliberales.

Los sectores populares y los movimientos sociales fueron identificándose con un Gobierno que comenzó a reducir la pobreza, la desigualdad; que desarrolló los planes más importantes de salud pública desde la organización del Estado venezolano y que, sobretodo, se convirtió en un ensayo de democracia directa y participativa con la formación de los consejos comunales, las brigadas, etc.

En el año 2002, tras el intento de Golpe de Estado organizado por las derechas, Chávez regresó por la presión de algunos países, pero sobre todo, por la manifestación de una ciudadanía que entendía que ese presidente no solo había reparado parte de sus padecimientos cotidianos y sociales, sino que se identificaba más con él que con los golpistas.

Con la llegada de los nuevos gobiernos de izquierda y progresistas, Chávez ensayó diversas formas de articulación regional (ALBA, CELAC, UNASUR, Banco del Sur, etc.). De esta manera, Chávez se transformó en un creador de escenarios y convirtió a Sudamérica –conjuntamente con los Kirchner, con Evo Morales, Rafael Correa y José Mújica– en un laboratorio político que buscaba fisurar los límites culturales, políticos y económicos impuestos por el neoliberalismo y que pretendía, a su vez, establecer nuevas formas de integración a las que EE UU había planteado históricamente. En el 2005, conjuntamente con Néstor Kirchner y otros presidentes, Chávez lograba obstaculizar la instalación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). De esta manera, se recuperaba la autonomía y la soberanía de la decisión, cosa inédita en las décadas anteriores.

Ante estos sucesos, la figura de Chávez fue construida por los centros hegemónicos como el ‘adversario perfecto’, como un “líder conflictivo”, “antirrepublicano”, “dictador”, “autoritario”, etc. Pero detengámonos un momento para anotar y observar lo siguiente:

1. El chavismo construyó una comunidad nacional a partir de gestos soberanos. La reconstrucción de la decisión autónoma del Estado, la recuperación de PDVSA (Petróleos De Venezuela, S.A.) y la intervención estatal en la economía fue una de las claves para entender la legitimidad del proyecto iniciado en 1998. De esta forma, el chavismo construyó una frontera y un nuevo tiempo con respecto a los gobiernos anteriores.

2. La legitimidad chavista se fortaleció en la integración de derechos sociales e individuales conculcados por décadas. Los integró a un sistema político que los había desdeñado. Esta integración y realización de derechos encontró su legitimación en el lenguaje republicano y cristiano del Bien Común. Ahora bien, lograrlo supone iniciar un conflicto con aquellos actores empresariales y políticos que se oponían a políticas bienestaristas. Por lo tanto, la realización del Bien Común está vinculada inherentemente al conflicto político y a la disputa, la cual fue asumida por el chavismo.

3. El chavismo fue un gran proceso de institucionalización, pese al carácter contrario que le recriminan las derechas. Reformó la constitución, sometió el cargo de presidente a diversas formas plebiscitarias –formas propias de la tradición republicana–, suscitó y formalizó el acceso a la decisión de lo público e implicó a los sectores populares.

4. Por último, llevó un proceso transformador sin “matar, ni reprimir” a nadie, como nos acostumbraron las derechas en otros tiempos. Con lo cual, todo rasgo de violencia indicado para el chavismo, por lo menos, es parte de una imaginación endeble.

La muerte de Chávez seguramente abrirá algunos interrogantes sobre las formas en que se consolidará el poder, pero de lo que no se dudará –y eso queda manifestado en la adhesión de estos días en las calles– son de los avances sociales que el chavismo logró en la sociedad y en la región. Chávez deja un proyecto realizado y en realización, también deja un sucesor –Nicolás Maduro– el cual reúne varias condiciones, su origen sindical, su oratoria –que no es menor–y otra, que es la posibilidad de articular –sin provenir de las fuerzas armadas- a éstas con los movimientos políticos y sociales que integran el PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela, partido fundado por Chávez) para establecer un gobierno estable.


Publicado en Diagonal Global

Fecha: 08/03/2013