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Por Pedro Santander

Chile mostró en los días de agosto dos récords a sus ciudadanos. El primero de ellos vino de la mano de la encuesta CEP (Centro de  Estudios Públicos), la encuesta  más prestigiada y esperada por la élite nacional que cada semestre genera noticia e influye en decisiones políticas. Y los resultados más que noticia fueron una bomba para la alicaída clase política chilena, pues cuando ya nadie pensaba que la persistente caída en adhesión de la Presidenta Bachelet y de su coalición de gobierno podía profundizarse, la encuesta mostró que todo puede ser aún peor. Apenas un 15% de aprobación para la mandataria y un raquítico 8% para la coalición oficialista Nueva Mayoría (NM).

Todo un récord, pues nunca en la historia de la democracia chilena un Presidente había contado con cifras tan escuálidas de apoyo. Y hablando de escuálidos, la oposición de derecha no puede sacar cuentas alegre, pues está igual de desprestigiada y deslegitimada que el oficialismo: apenas un 10% de la población los aprueba. Los casos de corrupción y cohecho en el marco de financiamiento ilegal de campañas políticas por parte de grandes empresarios, ya comentados en columnas anteriores, han golpeado por igual a todo el bloque del poder.

El segundo récord también ocurrió en agosto: el domingo 21 se realizó la más masiva movilización ciudadana desde la recuperación de la democracia en 1990. De norte a sur, en todas las ciudades chilenas, marcharon más de 1.5 millones de personas pidiendo el fin del sistema (neoliberal) de pensiones.  Se trata de la segunda masiva movilización ciudadana que tiene a la élite perpleja, ya a fines de julio cerca de un millón de personas marcharon por la misma demanda. Esta vez se sumaron más personas y ahora se convocó a una huelga general para noviembre.

“No + AFP” es la consigna nacional. Las “Administradoras de Fondos de Pensiones” son una más de las tantas herencias de la dictadura pinochetista que en nuestro país perviven plenamente (junto, por ejemplo, con la Constitución). Se trata de un sistema de capitalización individual, basado en un ahorro forzoso a todos los trabajadores asalariados, cuyo 12 % del sueldo se destina a una de las 6 Administradoras que recaudan, de este modo, cerca de 500 mil millones de pesos al mes (US $100 millones) y sólo reparten 200 mil millones para jubilaciones. El resto del excedente está en las bolsas internacionales, en los estratosféricos sueldos de sus ejecutivos e inyectado en el sistema financiero chileno. Es decir, esta vez se trata de una protesta social que apunta al corazón del sistema neoliberal chileno, pues las AFP son un pilar fundamental de los grupos económicos chilenos y sus directorios están integrados tanto por ex ministros de la dictadura, como por ex ministros de los gobiernos democráticos, varios connotados “socialistas” entre ellos.

El fracaso de este sistema de capitalización individual, inventado por José Piñera (hermano del ex presidente y nuevamente candidato, Sebastián Piñera), implementado en 1981 en plena dictadura, en el mismo momento en que se implementaba también el Plan Laboral (capital y trabajo siempre van de la mano) no admite discusión. Quien hoy se jubila lo hace bajo el riesgo de caer al menos 3 deciles socioeconómicos, es decir, caer en la pobreza.  El promedio de jubilación de los chilenos bajo esta forma neoliberal de administrar la seguridad social es de 200 mil pesos,  o sea, menos que el sueldo mínimo que es de 257 mil pesos.

Se consolida de este modo un escenario de crisis en nuestro país que, entre otras características, muestra un divorcio total entre representados y representantes. Se agota un ciclo, el que comenzó en 1990 tras el fin de la dictadura y el inicio de una transición democrática administrada por socialistas y democristianos, que prefirieron hacer alianzas con los grupos económicos pinochetistas (cuyo núcleo está constituido por las AFP) y no con el pueblo que derrotó a Pinochet, consolidando así una gobernanza neoliberal.

Y llegamos así al tercer récord nacional: somos el país más neoliberal del mundo. Nada escapa a la lógica del mercado, la salud, la educación, la seguridad social, el agua, todo ha sido absorbido por la lógica de la ganancia empresarial.

Somos el primer país del mundo donde, experimentalmente, se comenzó a implementar, bajo el auspicio de la dictadura y en modo de política de shock, el neoliberalismo.  Milton Friedman visitó tempranamente nuestro país para ver su obra en acción, en 1975 fue recibido por el Dictador, y en 1982 proclamó que “Chile es un milagro económico”. Desde entonces la forma neoliberal de la matriz económica y social sólo se ha profundizado; la comenzaron los militares y la continuaron los socialistas y democristianos.

Transitamos en la actualidad por una fase de “neoliberalismo avanzado”, muy probablemente única en el mundo, que permite observar las contradicciones y tensiones que el neoliberalismo genera en etapas avanzadas y que hoy en Chile están en el centro de la cuestión política.

Más neoliberalismo o menos neoliberalismo, a esa disyuntiva se enfrenta hoy la clase política. Bachelet en su programa de gobierno prometió menos neoliberalismo: reforma tributaria, reforma educacional y reforma laboral. Sin embargo, la implementación de todas y cada una de esas reformas terminó en más neoliberalismo.

Por lo mismo, ningún partido perteneciente al bloque del poder, al ciclo que se agota, logra capitalizar el descontento social, porque, atrapados por 26 años de alianzas y complicidades, ninguno se atreve a dar el paso hacia menos neoliberalismo. Y también por lo mismo, las respuestas que se ofrecen a los cientos de miles de chilenos y chilenas que están marchando no generan ninguna credibilidad.

El próximo año es de elecciones presidenciales y parlamentarias, y en este escenario se han comenzado a estructurar iniciativas concretas para levantar un Frente Amplio de Izquierda, con líderes nuevos y jóvenes a la cabeza de este intento de unidad antineoliberal. Es por el momento la única respuesta política – aún incipiente- que se ve para ofrecer al país otro modelo. El 2017 será, como dicen los chinos, “un año interesante”.

 

 

Periodista y Dr. en Lingüística. Actualmente es Director del Observatorio de Comunicación de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile

Profesor titular Escuela de Periodismo de esa universidad, donde está a cargo de las cátedras de Teoría del Lenguaje y Metodología de la Investigación. Sus áreas de especialización son el análisis de medios y análisis de políticas públicas de comunicación en América Latina

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