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La crisis política del partido de gobierno (Alianza País-AP) ha trastocado las expectativas de la izquierda ecuatoriana y latinoamericana que, hace apenas seis meses, respiraba aliviada con la llegada de Lenín Moreno al Palacio de Carondelet. Ex vicepresidente de Rafael Correa y legitimado por un proyecto social en favor de las personas con discapacidad, Moreno aglutinaba las fuerzas de la continuidad. Siempre se esperó que el estilo fuese otro, pero pocos auguraban que las diferencias llegaran tan rápido y con el ritmo vertiginoso con que ocurrieron.

¿Cuál es la disputa real en Ecuador que parece no menguar? ¿Cuáles son las perspectivas para un proyecto que venía ganando catorce elecciones consecutivas y hoy tiembla en sus bases?  Proponemos algunas claves para entender cuáles son los elementos centrales de una disputa por la apropiación del liderazgo, que hoy se organizan en torno a un propósito claro: desestructurar la figura de Correa y desplazarlo de un escenario de gravitación.

La construcción del liderazgo de Lenín Moreno

Lenín Moreno ya advertía en la primera vuelta electoral: “El estilo será otro”. Con ello proponía un nuevo liderazgo, más conciliador con los que, según él, Correa había dejado de lado. Insistía en volver a los “actores”. Restañar las heridas. Después de diez años de gestión, del impacto de la crisis económica internacional y de un liderazgo envolvente, muchos consideraban que una parte de la sociedad quería cambios en el modo en como éste se administraba o se ejercía. Una sociedad que apoyaba la continuidad de algunas políticas e instituciones que dejó el correísmo con la aparición de un estilo de conducción distinto. El gran Diálogo Nacional –que inició Lenín Moreno– comenzó a aglutinar a todos los espacios partidarios, tanto a aquellos que se opusieron a la Revolución Ciudadana desde el primer momento como aquellos que se fueron oponiendo al transcurrir los años correístas. Invitó a aquellos que hace pocos días atrás le habían desprestigiado y denigrado en la campaña electoral. Esto, de alguna manera, suscitó la primera tensión que Moreno introdujo al liderazgo de Correa y a las fronteras políticas que éste y AP habían delineado. Un acercamiento a la nueva y antigua partidocracia, desde los Bucaram, sinónimo de corrupción, hasta Mauricio Rodas, quien llamó a la desobediencia y a la violencia en la segunda vuelta electoral. La segunda tensión que exacerbó la disputa entre liderazgos fue que esta política era apoyada por la banca, los medios de comunicación y toda la élite empresarial. Lenín Moreno, así, ensayaba una nueva geometría del poder. Mostrar esa capacidad política pateó el tablero de los dirigentes de AP que apoyaban la anterior configuración del poder presidencial.

Estas tensiones se produjeron al calor de la afirmación del nuevo estilo de liderazgo. Una perspectiva sobre el mismo y un actor clave jugarían un papel protagónico en este proceso. La perspectiva moralista y regeneracionista de Lenín Moreno –que enlaza desde una mirada pentecostalista y de cálculo político– y los medios de comunicación establecieron dos contrafiguras: Correa el “mafioso” y Moreno el “alma bella”. No se puede negar que, con su propuesta, el presidente actual capturó cierto apoyo social gracias a una figura antagónica al estilo del presidente Correa. Seguramente, también perdió el apoyo de aquellos que salieron a votar en segunda vuelta por Correa.

Al mismo tiempo, ocurrió lo que se temía en diez años, una crisis en la línea sucesoria del correísmo. No encontrar ni propiciar otro candidato debilitó a AP, a las fronteras políticas que se habían establecido. Lo que se temía ocurrió. Moreno utilizó el apoyo electoral como ventana de oportunidad para acelerar la afirmación de su liderazgo, pospuso promesas de campaña y se acercó a los actores derrotados en las urnas. La afirmación de su liderazgo se volvió el punto cero de su gobernabilidad.  Con habilidad detectó que esa política de afirmación era un “territorio” por donde ampliar la base social sumando a parte de ese 49% que no votó por él. Esta estrategia –por ahora– es efectiva. Aunque la pregunta es si esa suma tiene su contrapartida: la resta de aquellos verdaderamente fieles a las raíces del correísmo. Lenín Moreno se ha lanzado a disputar el liderazgo de Correa y ha presionado a Alianza País con la “representación” del consenso y al diálogo. El nuevo presidente fue a por el líder histórico y por Alianza País. Todo muy rápido, como dice cualquier manual de política maquiaveliano. Primero, el liderazgo y, después, todo lo demás. Erosionar el liderazgo de Correa y las fronteras políticas que éste había organizado se transformaron en la mayor política de Lenín. Cuestión que no puede durar mucho, mientras existen temas económicos por resolver.

¿Cuánto tiempo más podrá el gobierno mantener una estrategia de gobernar con la encuesta bajo el brazo? Por ahora, Lenín Moreno compra tiempo político y legitimidad en el enfrentamiento con Correa. Busca consumir su poder. La jugada es desplazarlo del ring político con una consulta popular que impida su reelección en el año 2021. Apelando a formas liberales de alternancia obligatoria que no garantizan, per se, ni la voluntad general, ni la estabilidad política. Esto ha provocado una fila de espacios políticos que compran palomitas para ver cómo se excluye a Correa. Los grandes medios de comunicación reciben del “cielo” una disputa no imaginada y se encuentran en un escenario doble y propicio: construir adhesión para Lenín Moreno y para ellos mismos. Esta relación está en marcha y, por ahora, fluye. Los medios se preparan para recordarle a Lenín Moreno que tendrá que revisar la Ley de Orgánica de Comunicación una vez que pase la consulta popular. Y, en última instancia, el presidente tendrá que observar, empíricamente, si esta alianza puede acercarlo a quienes no lo votaron. Parece que ese tiempo político no será eterno y comienza a existir alguna señal de agotamiento, como lo confirma la encuestadora CEDATOS: la credibilidad del presidente a 8 de octubre era de 67%, mientras que a 15 de noviembre llegó tan solo al 61%. Este debilitamiento se puede acelerar con la llegada de Correa al país, que en una semana ha eclipsado nuevamente el escenario político.

Pero no solo de alianzas mediáticas viven los presidentes. Lenín Moreno ha sabido construir su liderazgo con base en alianzas con casi todos los sectores del espectro político y empresarial. Esta estrategia fortaleció su imagen de diálogo, a cambio de cesión programática, y lo puso contra las cuerdas con algunos sectores y principios de AP. La apropiación del discurso opositor se ha evidenciado en más de una ocasión. Todo parece valerle a Lenín Moreno para diferenciarse de Correa. Los “heridos” del correísmo son un punto de apoyo para construir una fórmula de gobernabilidad en este tan nuevo como viejo estilo Lenín. Grandes empresarios en la nueva foto para “asegurar” la estabilidad de un país que, así, recuerda demasiado a lo viejo.

Amputando la corrupción, matando al Estado

La discusión sobre la corrupción tiene un efecto práctico: erosionar lo público, vinculándolo al posible desorden e ineficacia. Lenín Moreno vuelve sobre la corrupción planteando como modelo de “reducción” de la misma a la gestión privada. Pero hay algo más. La lucha contra la corrupción se ha transformado en una potente política para impartir disciplina sobre algunos dirigentes de AP y en la reinstalación –de alguna manera– de la idea de Estado mínimo. Hace pocos meses le tocó el turno a las Escuelas del Milenio, un hito de la nueva apuesta por la educación. Con un estudio de evaluación de impacto (con serios problemas metodológicos), se dictaminó que las Escuelas del Milenio no habían cumplido los objetivos. Después fue el turno del proyecto Yachay, las hidroeléctricas, los hospitales, los medios públicos, la deuda pública, etc. Los ataques sistémicos a las obras del anterior Gobierno socavan la relación de largo plazo entre los ciudadanos y el papel de Estado, que el correísmo logró reconstruir. El vínculo propuesto por Lenín Moreno es otro. La lucha contra la corrupción, legítima y necesaria, corre el riesgo de erosionar la figura del Estado como dimensión del desarrollo. El Gobierno actual propone un discurso que encierra más sus guiños a diversos actores económicos y políticos que a una supuesta contradicción o lógica lingüística. Por un lado, indica que antes “todo estuvo mal hecho, nosotros lo haremos bien” y, al mismo tiempo, “el Estado no es capaz de hacerlo”. Críticas al liderazgo anterior y discurso anticorrupción son las dos grandes dimensiones que buscan estructurar el poder del “nuevo príncipe”. Sin embargo, a veces olvida que él formó parte al más alto nivel de la gestión que ahora critica.

La disputa por el Partido

La interpelación de Correa a Moreno y viceversa, puso al movimiento político bajo fuego cruzado. Fueron varios meses de silencio intentando que la estructura política pudiera metabolizar las diferencias. En las últimas semanas se profundizaron las diferencias hasta llegar a disputarse quién se queda con el partido. El 23 de noviembre pasado, Moreno recibió en Guayaquil el apoyo de todas sus alianzas, mientras que Correa hará lo propio en Esmeraldas este 3 de diciembre. Hay incertidumbre sobre el desenlace. Moreno tiene la ventaja relativa de tener el poder presidencial, aunque por su escaso tiempo en el cargo tampoco se puede afirmar que el control sea pleno. También tiene la llave de la administración del presupuesto con las diferentes provincias, Prefecturas y Alcaldías; y eso le puede permitir algunos pactos territoriales. Al otro lado, está Correa, quien sigue siendo la referencia ordenadora de la política ecuatoriana. Su regreso a Ecuador lo pone en el “llano” y ante un desafío: comprobar en el terreno los apoyos políticos y la posibilidad de ampliarlos.

Podemos esgrimir dos escenarios:

   I.   En caso de que Moreno se quede con AP, los asambleístas que se queden dentro de este espacio tienen tres retos muy importantes: manejar la relación con otros espacios de oposición, aumentar sus zonas de influencia electoral y la reconfiguración de AP. Igual quedan interrogantes: ¿Lenín Moreno podrá mantener compacta la unidad del bloque y satisfacer a los dirigentes y funcionarios locales de AP que gobiernan territorios? ¿Podrá contentar al mismo tiempo a AP y a todo lo que está por afuera de AP?

Rafael Correa, ya en el país, se encontró con el apoyo de algunos asambleístas y la posibilidad de influir sobre quienes apoyan al presidente. Si Moreno controla AP se quedaría –en principio– con un partido debilitado, pero con la cercanía al Estado y sus instituciones. El escenario económico puede definir parte de la batalla política. Si ésta no despunta Rafael Correa podrá indicar la falta de visión y perspectivas económicas; mientras que Moreno podría recalar su discurso en la “pesada herencia”. La política y las autoridades se fundamentan en las creencias y ello jugará de manera central en la adhesión a Moreno o Correa.

   II.   En el caso de que Moreno no se quede con AP, se espera que funde un nuevo movimiento. Se sentirá más cómodo representando el centro y actores como Gustavo Larrea (Democracia Sí), que jugarán un papel de bisagra entre el poder constituido de Moreno y la recreación de bases sociales en el territorio. Sin embargo, si esto sucede, Moreno habrá sufrido la primera gran derrota de la mano de Correa. En lo simbólico, lo debilita porque lo sitúa en una condición de no poder ni siquiera con su propio partido. En tal caso, Correa se constituiría como la verdadera oposición. De manera inédita –tal vez, nunca visto–, un partido que controlaba el Estado pasa por una redefinición de alianzas a ser oposición. Correa y AP volverían al “llano” de manera definitiva. Y esto, se mire por donde se mire, supondría un freno significativo a lo que Lenín Moreno ha venido a hacer.

 

La pugna está servida. Lo que pasará a partir de ahora es completamente incierto. Pero sí hay una certeza: la Revolución Ciudadana de Correa no tiene continuidad en la figura de Lenín Moreno. Esto ya sí es irreconciliable. Lenín Moreno ha decidido otro camino, cada vez más alejado del correísmo, tanto en forma como de fondo. La agenda es otra. Los aliados también. Y al interior de su gabinete no todo es monolítico. Las disputas internas han comenzado a aflorar por cuestiones programáticas, pero también por la lucha encarnizada de poder. Correa tiene la desventaja de estar por afuera, aunque todavía controla algunos resortes institucionales y puede tener la capacidad de capturar demandas no resueltas. Su poder de incidir en la agenda política del país aún es muy grande. Todo dependerá de cuándo quiera volver. Correa viviendo en Ecuador es seguramente diferente que aquel que pueda incidir desde Bruselas. Todo está por ver. El escenario sigue abierto. La política ecuatoriana ha demostrado que no todo acaba en una elección. Tras una victoria, llega otro capítulo.