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@Ava_GD @javiercc21

La campaña electoral de 2018 en Colombia se configura en un escenario fuertemente marcado por la desaceleración económica y el desempleo, este último con una tasa que llega al 10,7% en las trece ciudades y áreas metropolitanas del país[1]. Dicha situación impacta de manera transversal en un electorado con altos índices de abstención, cuya participación política ha fluctuado tradicionalmente entre el 22,5% y el 50%[2].

Al lado de lo económico la corrupción se sitúa como otro de los temas centrales que ha ocupado más espacio en la agenda en lo que va corrido de 2017. Casos que implican a diversos partidos de la derecha, altas cortes y Fiscalía, articulados en una estructura criminal[3], ponen en evidencia –en plena campaña– la razón de la deslegitimación de la clase política, un tema subyacente, aunque central del debate.

La situación económica, el pésimo estado del sistema de salud, los altos costos de los alimentos, los bajos salarios y el desgaste del gobierno Santos tienen impacto en el desgaste del tema de la paz; pocos ven que mejore en algo su vida, porque la guerra era el efecto y no la causa del malestar de la sociedad. Esto es evidente en los bajos niveles de entusiasmo de una ciudadanía que considera mayoritariamente que “las cosas están empeorando”[4] y que las instituciones del Estado (ineficientes y corruptas) no contribuyen a su mejora.

Ello implica que el cese bilateral al fuego, acorado entre el ELN y el Gobierno –días antes de la visita del papa Francisco– pueda ser un tema de posicionamiento ante la comunidad internacional, escasamente usado desde los diferentes grupos políticos, excepto el uribismo, que tratará de polarizar en la campaña con el tema de la paz, llevándolo al terreno de lo judicial y de la reparación a las víctimas, algo que olvidó por completo cuando realizó el Pacto de Ralito, donde surgió la desmovilización de una parte de esos grupos. El tema de la paz en la campaña será utilizado en sentido negativo, manipulando a la opinión pública. En definitiva, la paz tan importante para el país, será un tema gris para los candidatos y superado para los electores que están desesperanzados por la situación económica y social.

En este cambio de rumbo se van posicionando temas asociados a la “deuda social” y a la modernización del país (acabada la guerra no hay excusa para no asumirlos). Ante la imposición neoliberal de borrar al Estado de las responsabilidades con los ciudadanos, disputar una agenda de derechos es central. Estos son los temas que generan mayor preocupación y se vinculan a la inexistencia de un Estado garante de niveles educativos, sanitarios y de acceso a servicios básicos que permitan una dinamización de la movilidad social y el acceso de la población que se mantiene en esferas marginales de la sociedad.

El factor estructural de la desigualdad social implica no sólo establecer alternativas para solventar la denominada deuda social, sino que además implica una serie de garantías infraestructurales (transporte, vivienda, sistemas sanitarios) e institucionales (transparencia, eficacia y eficiencia) que se convertirán en ejes temáticos de los liderazgos más progresistas. El país no sólo atraviesa una crisis por la corrupción, esta es parte de la crisis sistémica de las instituciones, la desestructuración de un Estado de derechos (no del Estado de derecho) y de la utilización de la fuerza como única forma de relación con el ciudadano.

Conectar con la indignación del electorado (hoy manipulada por la derecha uribista) y activar la esperanza, reconociendo su rabia como justa, generada por los escasos logros sociales existentes en el país y las promesas históricamente incumplidas, podrían ser los objetivos centrales de una campaña del cambio en el país. Por ello, los ejes ‘cambio – continuidad’, ‘lo viejo – lo nuevo’, ‘desilusión – esperanza’, ‘pasado – futuro’, ‘antigüedad – modernidad’ tendrán un protagonismo especial en la agenda de los próximos meses. Quien logre encarnar la posibilidad del cambio habrá conectado con este sentir mayoritario del electorado. Pero siempre teniendo en cuenta que para el electorado colombiano cambio no quiere decir Revolución, una postura extrema en su imaginario. Quiere decir vivir mejor, transportarse con eficiencia y dignidad, acceder a un sistema de salud y un sistema educativo de calidad e incluyente, alimentarse y tener ingresos que le permitan volver a soñar con el bienestar.

[1] http://www.portafolio.co/economia/desempleo-en-colombia-abril-de-2017-506378

[2] Ver Registraduría Nacional del Estado Civil: La capital con menos participación electoral es Barranquilla con el 22,5%, seguida por Cali con el 35,4%,  en la primera vuelta presidencial del 2014, llegando al 49% Bogotá y Medellín. http://elecciones.registraduria.gov.co:81/elecciones2014/presidente/1v/99PR1/DPR9999999_L1.htm

[3]http://www.semana.com/nacion/articulo/escandalo-de-la-corte-suprema-se-necesita-una-reforma-de-fondo-a-la-justicia/536886

[4]https://imgcdn.larepublica.co/cms/2017/06/29125027/0258-17000010%20GALLUP%20POLL%20%23119_0.pdf?w=auto