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Por Esteban De Gori


Conocer las motivaciones que orientan a los ciudadanos y ciudadanas a la hora de votar es una de las tareas más perseguidas y codiciadas por los analistas políticos. En parte se debe a que en la comprensión de dichas motivaciones pueden conocerse claves subjetivas de aquellos actores que habitan una nación. Las primeras impresiones se centraron en la eficacia de políticas públicas reparadoras y bienestaristas para dar cuenta de la trama de actitudes. Pero debemos advertir que éstas constituyen un contexto de posibilidad para que se suscite una representación y un lenguaje sobre una comunidad posible. Por lo tanto, la adhesión a un gobierno nacional y a la Presidenta puede encontrarse, entre otras cosas, en la capacidad simbólica y material de dichas políticas de configurar un horizonte comunitario. Es decir, los hombres y mujeres, no sólo “viven de pan”, sino de sentidos profundos en los cuales ese “pan” se inscribe y potencia.

La compleja geometría de políticas ha recreado una afiliación y un deseo por la vida en común. En ese deseo de persistir entre otros, entre sus conciudadanos y conciudadanas, se establecen tramas subjetivas que otorgan sentido y realidad a una comunidad política. El plus significativo de este Gobierno fue configurar las posibilidades para que los sujetos imaginen y perciban que habitan un ethos comunitario en consolidación. Por lo tanto, esas “medidas tomadas” enumeradas en el discurso presidencial son razones concretas que legitiman la opción por un modo de sociabilidad.

El lenguaje presidencial acerca de la comunidad no es un lenguaje abstracto, identifica a actores, intereses y conflictos constitutivos que pueden fragilizarla. Pero que pese a ello existe un poder político que entiende que puede limitarlos o reconducirlos para lograr una vida en común. Es decir, en ese acto de poder que busca el bien general hay un acto por reactualizar la comunidad. Por lo tanto, bien común y comunidad son parte inescindible de la travesía kirchnerista.

La comunidad enunciada por Cristina Fernández de Kirchner es una comunidad republicana y plebeya atravesada por esa tensión entre momentos institucionalistas y populistas, entre los límites y su desborde. De esta manera, el lenguaje de la comunidad surgió bajo el signo del bien común, de la expansión de derechos, de los fuertes liderazgos y de la soberanía popular.

Luego de conocer los resultados electorales, la Presidenta no sólo recorrió la intensidad de las tragedias individuales y colectivas vividas en sus años de mandato, sino que en su propio discurso apareció el vocablo corazón. Y ello no remitía a un término cursi, sino que daba cuenta de una metáfora deudora de largas tradiciones del pensamiento político preocupadas por conocer y comprender el “alma” y las pasiones de los sujetos. Ese discurso reivindicaba e invitaba a la militancia y dirigencia política a “llegar” al corazón de hombres y mujeres para ampliar su proyecto político. De esta forma, se volvía a colocar en ese “órgano” sentimental y sanguíneo el campo de dilemas, pugnas y controversias que debían afrontarse para profundizar las políticas futuras. En el corazón, en ese espacio de disputa, se debía ir a buscar la fuente de la legitimidad política y el amor por lo público. Porque podemos advertir, en ese discurso, que en ese amor se esgrime la posibilidad de defensa y conservación de lo logrado, como así la voluntad por ampliar sus horizontes comunes.

En este sentido, Comunidad y Corazón son unas de las tantas metáforas prudentes y entusiastas que ha instalado el kirchnerismo. Metáforas presidenciales que transformaron ese “órgano” en la residencia viviente (y codiciada por otros poderes) de una comunidad posible e imaginada.


Publicado en Pagina/12

Fecha: 31/10/2011