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Los Bancos Centrales tienen su origen en bancos privados que tuvieron por objeto la emisión de dinero en el siglo XVII. Los primeros fueron el Banco de Estocolmo y el Banco de Inglaterra. Pero recién en el siglo XX se concibe a los Bancos Centrales tal y como los entendemos en la actualidad, como un Banco estatal que detenta el monopolio de la emisión de dinero y es encargado de la regulación monetaria y cambiaria.

El pensamiento Keynesiano inspiró a los Bancos Centrales modernos. La mayoría de los Bancos Centrales fueron pensados con dos objetivos: velar por la estabilidad de precios y propender al pleno empleo. De alguna forma era la administración del dilema de la “curva de Philips”, es decir, administrar esos dos objetivos priorizando la política de tasas de interés y cantidad de dinero en función del ciclo económico de un país.

Sin embargo, hacia fines de los años 70’ empieza a prevalecer en Estados Unidos e Inglaterra  un enfoque monetarista que hace prevalecer el objetivo la baja inflación, es decir, la estabilidad de precios, sobre el objetivo del nivel de empleo.

 En los años 90’ algunos Bancos Centrales establecieron “de jure” el enfoque de metas de inflación. Esto establece un Banco Central “independiente” que tiene como único objetivo mantener una inflación baja con prescindencia de los objetivos del crecimiento o del empleo.

En la actualidad, unos 40 países de todo el mundo han adoptado este enfoque. En la región latinoamericana, han sido países como Brasil, Chile, Colombia, Perú o México los que tienen Bancos Centrales que adoptaron metas de inflación priorizadas sobre el resto. Los Estados Unidos y China no han adoptado este esquema. Mientras que el Gobierno de Macri en Argentina ha anunciado que lo implementará en el futuro.

La evidencia empírica ha reflejado que los países que han adoptado este enfoque han reducido la inflación en los últimos 20 años. Pero en general, ha sido a costa de sacrificar la tasa de crecimiento de la economía y el nivel de empleo, que han sido inferiores en ese mismo período respecto a las décadas previas.

Esta evidencia es consistente con el hecho de que poner como único objetivo de un Banco Central al control de la inflación, hace que la Autoridad Monetaria trate de cumplir ese objetivo sacrificando otros objetivos de política económica. Esto es, por ejemplo, que un banquero central es más exitoso con una tasa de inflación del 4% anual y un desempleo del 10%, que otro banquero central que sí ayudase con sus políticas a bajar el desempleo al 6% aunque tuviera una tasa de inflación del 7% anual.

De este modo, el Banco Central tendrá la presión para subir las tasas de interés en mayor proporción, para así cumplir esta premisa, aunque esto afecte a la demanda agregada de un país.

En Argentina en el año 2012 se modificó la Carta Orgánica del Banco Central para recuperar objetivos múltiples. Durante la Convertibilidad en 1992 se encomendó al Banco Central como misión esencial velar por el valor de la moneda. La nueva Carta Orgánica amplió estos objetivos estableciendo además del objetivo de estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el crecimiento, el empleo y la inclusión social.

Así el Banco Central dejaba de ser un autista solo preocupado por la inflación y preservando su independencia funcional, y se le encomienda coordinar dichos objetivos múltiples con el Ministerio de Economía.

La coordinación de políticas es absolutamente esencial para cumplir objetivos consistentes de política económica. En Argentina la supervisión de las entidades financieras está en el Banco Central. Una de las cuestiones que generó inestabilidad financiera y agravó la crisis económica iniciada en 2008 en el mundo desarrollado, fue la ausencia de coordinación y de consistencia de políticas entre el Tesoro, La Autoridad Monetaria y los Reguladores y Supervisores de Bancos y otros actores financieros no bancarios.

Desde una perspectiva de desarrollo, es absolutamente posible conciliar esos objetivos mediante políticas alejadas del paradigma neoliberal, impulsando políticas macroeconómicas, además de meso y microeconómicas,  que ataquen las causas estructurales de la inflación, que en muchos casos no tienen solamente una razón monetaria.

En 2015 fue posible en Argentina en un contexto internacional complejo reducir 12 puntos la tasa de inflación y recuperar el crecimiento. La devaluación del nuevo Gobierno de Macri duplicó la inflación y generó una fuerte recesión económica.

Más allá de las cuestiones macroeconómicas hay una verdadera puja. Si un país debe tener un Banco Central que desarrolle una política aislada del resto de las políticas que se eligen democráticamente a través del voto, o si el Banco Central se cierra sobre sí mismo siendo funcional a los intereses del sector financiero. Un Banco Central debe ser un Organismo Público al servicio de todos, velando también por el público consumidor de servicios financieros, limitando abusos de un poder dominante que muchas veces quiere determinar la política monetaria y financiera y por ende la política económica en perjuicio del crecimiento, el empleo y la equidad.