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La apertura de embajadas en La Habana y Washington es un paso más en la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Normalización, digámoslo sin ambages, que no fue imposibilitada por la actitud cubana sino por la enfermiza obstinación de Washington. Ahora las cosas comienzan a cambiar, pero lentamente, y revelando las inconsistencias de la política exterior de Estados Unidos. ¿Por qué? Por la aberrante esquizofrenia de una política exterior que por un lado busca establecer relaciones diplomáticas normales con Cuba y, en simultáneo, proclama que continuarán los esfuerzos (infructuosos, ilegales e inmorales) encaminados a promover un “cambio de régimen” en la isla. Es decir, se reconoce al gobierno del presidente Raúl Castro como un actor válido y legítimo del sistema internacional pero se mantiene el bloqueo y se asignan millonarias partidas presupuestarias para desestabilizar y acabar con un gobierno con el cual se negocia la normalización de las relaciones. Son contradicciones demasiado groseras para ser pasadas por alto, y además no son nuevas. La enfermiza fijación que Washington tiene con la Revolución Cubana hace que Estados Unidos tenga dos políticas migratorias: una para la isla, que acoge con brazos abiertos a cualquier cubano que llegue a su territorio; otra, para el resto del mundo, sobre todo mexicanos, centroamericanos y caribeños, ante los cuales se erige un muro o se los recibe con la “migra”, los vigilantes y la deportación. Es sabido que ante estas críticas no tardarán en aparecer quienes digan que el presidente de Estados Unidos “no puede hacer nada”, que el responsable de este mamarracho es el Congreso y que hay que esperar a que lleguen nuevos representantes y senadores mejor predispuestos a mejorar las relaciones con la isla y, mientras tanto, cabildear para que “las razones de Cuba” sean atendidas. ¿Es así?

¡No, de ninguna manera! Dado que no es Cuba quien bloquea a Estados Unidos sino al revés, para avanzar en la normalización de las relaciones es la Casa Blanca quien tiene que tomar algunas iniciativas para comenzar a desmantelar el bloqueo. El presidente podría ya mismo -sin un minuto de demora- hacer uso de sus atribuciones y adoptar algunas decisiones que aliviarían en parte los estragos de una política que año tras año merece la repulsa universal en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Por ejemplo, facilitar el establecimiento de conexiones aéreas regulares servidas por transportadores de Estados Unidos y Cuba, cosa que en la actualidad sólo se hace, para molestia de los viajeros, con vuelos charter; incrementar los montos de los bienes que los visitantes procedentes de Estados Unidos, sean norteamericanos o extranjeros residentes en ese país, pudieran traer de regreso, bien sea para uso personal o como regalos; autorizar el pleno establecimiento de relaciones de corresponsalía entre instituciones bancarias de ambos países, cosa que recién hace unos pocos días se comenzó a resolver al otorgársele a un solo banco el permiso para que la embajada cubana en Washington pudiera tramitar sus cobros y pagos; flexibilizar, para ciertos productos agrícolas o medicinales estadounidenses especialmente identificados, la necesidad de que Cuba pague sus compras “en efectivo y por anticipado”; autorizar el uso de dólares norteamericanos en las transacciones comerciales que realicen las empresas cubanas y facilitar las operaciones de “clearing” a través del sistema bancario estadounidense; suprimir la política de “veto a Cuba” en las instituciones financieras internacionales a la hora de aprobar créditos o donaciones a la isla; otorgar una licencia general que permita el flujo sin límites y frecuencias de remesas destinadas a individuos u organizaciones no gubernamentales radicadas en Cuba, incluyendo pequeñas granjas; facilitar la exportación de equipos informáticos y software de origen estadounidense a Cuba, así como materiales dedicados al desarrollo de la infraestructura de telecomunicaciones; autorizar a ciudadanos de Estados Unidos a recibir tratamientos médicos en Cuba, la exportación de medicinas, insumos y equipos para la atención de pacientes cubanos o para facilitar la  producción biotecnológica de la isla y permitir el ingreso a Estados Unidos de medicamentos cubanos para su venta en ese país.

 Este listado desmiente la idea de que el presidente Obama nada puede hacer. Al contrario, puede hacer mucho para atenuar el criminal impacto del bloqueo. Ojalá demuestre tener la voluntad política y las agallas necesarias para sentar sobre nuevas bases las relaciones entre su país y Cuba. Si sus declaraciones así como las de su Secretario de Estado, John Kerry, son sinceras, debería ya mismo comenzar a avanzar en algunas de las áreas indicadas más arriba.