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En alguna ocasión Hugo Chávez dijo que estaba cansado de ir de cumbre en cumbre a perder el tiempo, en la medida en que ni se hablaban los temas más urgentes para la humanidad, ni mucho menos se les procuraba solución. Y no le faltaban razones para tal aseveración. Tales “cumbres” estaban –y aún están en buena medida- perfectamente diseñadas para que todo transcurriera dentro de una estricta de coreografía diplomática, una especie de minuet donde ningún paso es dejado al azar y ninguna extravagancia fuera del libreto se permite.
Afortunadamente, el propio Chávez y otros como él se encargaron de darle a las cumbres y conferencias internacionales un nuevo carácter, de romper el “consenso” (de Washington) prefabricado con salidas que no solo descolocaban a los asistentes, sino que permitían la entrada de nuevos personajes y temas. Todo el mundo recuerda aquella Cumbre de Quebec en 2001, donde el presidente venezolano casi es sometido por la policía canadiense al intentar acercarse a los manifestantes antiglobalización apostados a las afueras del edificio donde ésta se llevaba a cabo. O la Batalla de Mar de Plata, la de la derrota del ALCA, que tuvo en la figura de Néstor Kirchner un protagonista ejemplar. O el célebre “huele a azufre” de Chávez en la ONU en referencia a mister danger Bush Jr…
De aquellos tiempos a estos poco y mucho ha pasado, mucho ha cambiado aunque mucho permanece todavía, el mundo es y no es otro. Luego del 2008, el capitalismo ya no es evidentemente el mismo, aquel atorrante discurso sobre el fin de la historia ya nadie lo toma en serio, Estados Unidos ya no es tan súper-poderoso y ahora el mundo mira y vira hacia China, cuyo “comunismo” -valga decir- tampoco es el mismo. Pero tampoco es la misma Europa. La Vieja Europa, cuya flamante unidad e imponente moneda aparecen hoy día cada vez más devaluadas, más comprometidas, como bombas a punto de estallar y que tal vez no lo han hecho pues están implosionando en trágica cámara lenta. Fue por cierto Donald Rumsfeld –aquel siniestro Secretario de Defensa de Bush Jr.- a quien le debemos la expresión Vieja Europa, usada para referirse despectivamente a la oposición de Alemania y Francia a la invasión de Irak en 2003. Y parece que al hacerlo también le funcionó como maldición. Pues desde entonces, desde aquella humillante derrota diplomática, La Vieja Europa no solo fue degradada de potencia económica, política y militar a más o menos simple segundera de los Estados Unidos, sino que entró en un espiral de decadencia que la crisis de 2008 complicó con el ingrediente precarizador.
Resultan en extremo elocuentes a este respecto comparar los caminos inversamente proporcionales que han transitado América Latina y Europa en la última década. Así las cosas, si en el caso de América Latina podemos decir con toda seguridad que se pasó de la década perdida a la década ganada, con la misma seguridad debemos decir que a Europa le pasó justo lo contrario: vive los estragos de un neoliberalismo recargado y ultrasalvaje que está acabando con todas las formas de solidaridad y seguridad características del alguna vez sacrosanto Estado de Bienestar, que está saqueando toda la riqueza y llevando a sus habitantes al punto del desespero. Dos datos: el cambio en los flujos migratorios, cómo pasó Europa de ser receptora neta de inmigrantes a ser su misma población emigrante tras la crisis; y el aumento en los índices de suicidio: se estima que desde 2008 unos diez mil ciudadanos se han sucedido a consecuencia directa de la crisis económica, la pérdida de toda perspectiva de futuro, de empleo, por los desahucios, etc.
Pero la Europa de hoy también padece y sufre las imposiciones de una agenda dentro de la cual los últimos beneficiados parecen ser los propios europeos. Para decirlo de una vez: la Europa es tratada por los norteamericanos como su nuevo patio trasero, quedó reducida a una serie de “repúblicas” y reinos gobernados por gobernantes sumisos a los dictámenes de la Casa Blanca y el FMI, que son capaces –por ejemplo- se bloquear comercialmente a Rusia para que ésta le venda el gas más caro y deje de comprarle los productos que le compraba, todo esto en medio de una recesión terrible. En resumen: ambas regiones –América Latina y Europa- atravesaron en los últimos diez años un cambio de época: pero en el caso de la primera hacia una mayor emancipación, que explica la existencia CELAC; y en el de la segunda hacia una mayor postración, que explica el actual estado de cosas dentro de la UE.
Es sobre este marco que hay que situar y analizar la reciente cumbre CELAC-UE. De una parte, una América Latina altisonante donde los gobiernos progresistas llevan la batuta, y de la otra una “Unión” Europea cuyos líderes nunca dejaron de estar mal encarados y tampoco hicieron esfuerzos en disimular su malestar. El contraste es evidente entre un Correa llamando a cambiar el mundo, a acabar con la pobreza, con el unilateralismo y el intervencionismo y un Donald Tusk -presidente del Consejo Europeo- afirmando no haber quedado satisfecho con el lenguaje de la declaración final de la cumbre, en la que no hubo ninguna condena a Venezuela pero sí a las sanciones de los Estados Unidos contra funcionarios venezolanos.
Claro que en medio de estos blancos y negros hay también sus grises. No todos los vientos son a favor en América Latina, ni Europa ha perdido todas sus mañas de potencia imperial. Sobre Latinoamérica se abalanzan en estos momentos agendas restauradoras, tan restauradoras que hasta incluyen el retorno de toda una pléyade de ex presidentes de ingrata recordación. Y en medio de esta agenda restauradora la consiga divide y vencerás en boca de sus enemigos vuelve a tener sentido. De tal suerte, los europeos seducen a países miembros del Mercosur para que firmen un tratado de “libre” comercio que no solo haría desandar lo andado en la última década, sino que desbarataría todo proyecto actual y futuro de integración regional para volver a colocar la suerte de la región en otras capitales. De allí la amenaza de Evo Morales de revocar su solicitud de adhesión al Mercosur de firmarse dicho tratado, tan elocuente como la sibilina actitud de Ángela Merkel llamando sobre el mismo tema a tener paciencia y trabajar “a diferentes ritmos” y unilateralmente.
De aquellos tiempos en que Chávez y luego Kirchner y Lula se encargaron de acabar con el “consenso” (de Washington) automático de las cumbres, a estos donde las intervenciones de un Correa, una Cristina Fernández, un Evo Morales o un Maduro son la nueva norma, ha pasado como dijimos mucho y poco, el mundo ha cambiado si bien queda mucho todavía –casi todo- por cambiar. Latinoamérica tiene una perspectiva estratégica que no tenía, mientras Europa parece envuelta en un no future generacional. El reto de la primera es avanzar en dicha dirección sorteando todos los peligros tanto internos como externos que se le presentan, siendo el más peligroso de todos la restauración neoliberal que en su versión recargada la devuelva a décadas perdidas. Y el de la segunda salir de su propia década pérdida, para lo cual la experiencia latinoamericana reciente representa una lección. Ahora bien, dentro de ese marco la CELAC con todos sus bemoles pareciera ser una instancia que sirve para la tarea latinoamericana, pero la UE –ese contenedor hecho a medida de los grandes intereses del capital, esa “integración” simulada que terminó por convertirse en un dispositivo de sometimiento colectivo ante los intereses de unos pocos- pareciera ser justamente el marco con lo que hay que romper para que los pueblos europeos puedan avanzar hacia un mejor destino, como toda la humanidad.