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¿Por qué tenemos que resolver nuestros problemas en Washington? Esta fue una de las frases pronunciadas por el Presidente ecuatoriano Rafael Correa al asumir la presidencia pro tempore de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños). El mensaje no deja lugar a dudas: la CELAC es una realidad como espacio superador de aquellos procesos de (des)integración controlado desde el Norte. Lejos queda aquel tipo de Disenso, mal denominado Consenso, que venía impuesto por Estados Unidos con el único objetivo de insertar subordinadamente a la región latinoamericana en el orden neoliberal global. Eran años en los que los organismos internacionales (FMI, BM, BID), no elegidos democráticamente, pilotaban desde lejos el rumbo de América latina. Llegaron hasta construir índices de avance en reformas estructurales de obligado cumplimiento para que la deuda externa fuera aliviada aparentemente para que luego acabase siendo una ilegítima deuda eterna. Se trataba de una suerte de profesor del Norte que evaluaba al Sur según los deberes decretados. Las notas venían siendo positivas a pesar que el pueblo latinoamericano seguía padeciendo más pobreza, desigualdad, necesidades básicas insatisfechas, deuda social. La aplaudida bonanza macroeconómica venía acompañada de un intolerable malestar microeconómico. Aquel disenso solo trajo décadas desperdiciadas y sufridas; décadas perdidas para la mayoría social latinoamericana.

Después de algunos años, mucho ha cambiado el continente latinoamericano. El cambio de época en la región es un hecho irrefutable que se demuestra por ejemplo con la CELAC, en la que se habla sin miedo del mal que hace el capitalismo mundial; donde se mira de frente a Estados Unidos exigiéndole que acabe de una vez por todas con el injusto bloqueo y embargo a Cuba; se demanda que se termine la guerra económica contra Venezuela; se pide que se abandonen las formas de desestabilizar en Argentina (ni con fondos buitres ni maniobras judiciales); se apoya a la causa descolonizadora en Puerto Rico; o incluso se aplaude al pueblo griego por haber elegido una opción política diferente no dispuesta a obedecer a los poderes económicos mundiales.

Son acuerdos inimaginables si no fuera porque hoy en día ya se pueda afirmar que hay un nuevo acuerdo, una suerte de Consenso Latinoamericano del siglo XXI, que sustituye al viejo paradigma venido de afuera para decidir qué se puede efectuar adentro. Es un nuevo Consenso basado en el respeto de las diferencias existentes en el propio seno de la región. La CELAC es realmente el resultado ampliado de ese Consenso Bolivariano deseado por Chávez desde inicios de este siglo. Es un consenso donde caben los acuerdos de máximos pero también de mínimos; al eje de países pos neoliberales que gravitan en torno al ALBA, se sumó un Mercosur que nada tiene que ver con aquel de la era neoliberal. Y si bien la Alianza del Pacífico nada tiene que ver con el ALBA o Mercosur, todo suma para constituir un continente emancipado con arquitectura institucional propia, con mecanismos internos para resolver problemas sin tener que consultar afuera. Es la CELAC (y también la Unasur) una nueva formula de concebir la articulación virtuosa de esos divergentes espacios de integración, con el único objetivo de acordar la configuración de una América latina como nuevo bloque geopolítico reinsertada soberanamente en la actual transición hacia un mundo multipolar. Es la CELAC una institución con gran potencial para que se pudiera discutir acerca de la necesidad de un centro de arbitraje regional que no dependa del Norte; para que se vaya pensando en una agencia de calificación de riesgo propia; para que se establezca como el primer territorio libre de pobreza pero también liberado de fondos buitres; para que se pueda usar los fondos propios hacia dentro sin necesidad de buscar intermediarios afuera; para que además pueda negociar económica y políticamente con otros bloques de igual a igual. Hoy, después de la III Cumbre de la CELAC, se puede afirmar que se está algo más alejado de la constante pretensión de incorporar a América latina al viejo redil atlántico a través de un vinculo (desigual) trilateral en el que Estados Unidos y Europa pudieran seguir a sus anchas escondiéndose en eso que llaman consenso (así se especifica en el informe del Consejo Atlántico: El Vínculo Trilateral: Inspeccionando una Nueva Era para América Latina, Estados Unidos y Europa). Por el contrario, avanzar con esta CELAC, y no con la OEA, es estar más cerca de las aspiraciones de tener una región cada vez más independiente.