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@GOglietti

El mayor problema estructural de América Latina es la debilidad externa. Nuestros países necesitan pagar por sus importaciones, incluyendo las de bienes de capital necesarias para desarrollarse y conseguir divisas con exportaciones -que tienen una oferta difícil de expandir y dependen de factores fuera de control, algunos fortuitos, como la lluvia celestial, y otros igual de fortuitos pero menos celestiales, como los precios de los commodities-. No conocer este problema, es desconocer todo respecto del desarrollo. En el famoso debate de 2015, el entoces candidato M. Macri dijo que Argentina “no tiene problemas de dólares”, porque “este país produce dólares” (sic). Prefiero creer que se trató de otra mentira electoral.

Una economía monetaria […] es, ante todo, aquella en que ‘los cambios de opinión con respecto al futuro’ son capaces de influir en el volumen de empleo” afirmaba Keynes en los ’30. El modelo actual de globalización, vigente desde mediados de los ’70, ha logrado que las economías sean aún más sensibles frente a estos “cambios de humor”. Los espíritus animales que guían los cambios de opinión de las finanzas globales explotan nuestra vulnerabilidad externa de forma muy lucrativa. Y todo ha empeorado desde los ’70. La evolución del sistema financiero ha sido asimétrica: la libre movilidad del capital financiero aumentó los riesgos macroeconómicos y los beneficios financieros, sin que se creara una contrapartida en términos de regulación o coordinación monetaria internacional que contribuyera a contenerlos y distribuir los beneficios, si los hubiese.

El FMI, cuya razón de ser es evitar crisis externas, ha contribuido a crear esta asimetría al ser el principal promotor de la libre movilidad del capital. América Latina siempre padeció el problema de la escasez de divisas, pero nunca había sido víctima de la vulnerabilidad generada por los movimientos internacionales de capitales, aunque todo cambió a mediados de los ’70 con la implementación, en la región, del consenso de Washington ampliado (y digo ampliado porque la versión original del decálogo redactado por el economista John Williamson no incluía la propuesta de liberar la cuenta capital1 de la balanza de pagos).

Cambio del tamaño de la deuda

Gracias al impulso del FMI, la deuda pública externa latinoamericana pasó de representar porcentajes en torno al 15% del PIB, a principios de los ’70, hasta cerca del 50% antes de la crisis de la deuda en el 1982 (gráfico 2). El salto en el nivel de la deuda fue formidable. En dólares corrientes, la deuda pública externa de Latinoamérica y el Caribe pasó de apenas 14 mil millones en 1970, a 126 mil millones en 1980, 314 mil millones en 1990, 394 mil millones en 2000, 474 mil millones en 2010 (gráfico 2) y 742 mil millones hasta 2015. La deuda regional se multiplicó 9 veces en la primera década de globalización, y por 53 veces desde 1970 hasta 2015.

Con la globalización, el modelo económico de América Latina pasó a ser uno liderado por la deuda externa. Si a esto sumamos otras formas de endeudamiento, como la venta de activos públicos a través de las privatizaciones o concesiones, podemos hablar, sin lugar a dudas, de que la globalización trajo a América Latina un nuevo modelo de crecimiento recostado en el financiamiento externo (debe tenerse en cuenta que ni siquiera se trata de un modelo apoyado en la inversión extranjera directa). Es por eso que “Globalización financiera” es el epígrafe que mejor describe el actual modelo de globalización.

Gráfico 1

Deuda externa pública Latinoamericana. 1970-2010

En dólares corrientes, incluye deuda privada garantizada por el Gobierno

Deuda externa pública Latinoamericana. 1970-2010

Fuente: Elaboración propia a partir del Banco Mundial WDI.

Gráfico 2

Dinámica de la deuda externa pública en Latinoamérica. 1970-2010

En porcentaje del PIB y de las exportaciones

Dinámica de la deuda externa pública en Latinoamérica. 1970-2010

Fuente: Elaborado por García González y Brieba Plata en “Evolución de la deuda pública en los países latinoamericanos (2016)” a partir de datos del Banco Mundial.

Argentina es el ejemplo palmario de esta evolución. Luego de tener un nivel de deuda externa pública cercano a cero a mediados del 50, ésta comenzó a crecer tras adherir al FMI, en 1956, y endeudarse con esta institución y el Club de Roma. La deuda pública externa subió a niveles moderados de poco más de 3 mil millones de dólares hacia mediados de los ’70 -un 6% del PIB- y, a partir de entonces, siguiendo la tendencia regional y los lineamientos del FMI, la deuda externa pública total creció hasta superar el 50% del PIB previo a la crisis de la deuda, más del 100% a fines de los ’80 y casi el 100% en 2001.2

Numerosos estudios encuentran que la relación entre deuda externa y crecimiento económico es negativa. Entre ellos, los prestigiosos Rogoff y Reinhart3 hallan que cuando el porcentaje de deuda externa supera el 60%, el crecimiento se reduce a la mitad, y si supera el 90% cae a un cuarto. Basta con ver que el ritmo de crecimiento latinoamericano de la postguerra hasta 1980 fue del 5,6% -de acuerdo a la ONU-, y se redujo a la mitad entre 1980 y 2000 (y fue de apenas el 3,3 durante el período de esplendor de la globalización financiera entre 1990 y 2000). El modelo de globalización financiera no ha contribuido a generar crecimiento en Latinoamérica.

La composición de la deuda

Pero quizás el cambio más importante de la deuda no fue en su tamaño sino en la composición de los acreedores. Antes de los ’70 el grueso de la financiación se obtenía de acreedores oficiales y bancos privados, y el financiamiento obtenido de bonistas representaba menos del 8%. Esta distribución se modificó. El endeudamiento con petrodólares se produjo con la banca privada, por lo que, a fines de los ’70, la banca comercial era la principal acreedora de Latinoamérica. El Plan Brady fue la estrategia de renegociación de la deuda promovida por los bancos acreedores (y conducida por el secretario del Tesoro de EEUU, Nicholas Brady) para librarse de esta posición muy riesgosa en términos satisfactorios. La participación de la banca comercial pasó desde niveles en torno al 60% antes del Brady a menos del 25% después. La genialidad del plan (para los intereses financieros) consistió en que la banca se liberó de esa deuda, distribuyéndola entre grupos muy atomizados de pequeños y grandes tenedores de deuda soberana. Cambió la composición desde grandes a pequeños tenedores, con lo que se modificó la relación de fuerzas a favor de los acreedores.

El cambio resultó ser muy perjudicial para Latinoamérica, porque la atomización dificulta cualquier proceso de renegociación en tanto se torna mucho más difícil de lograr. Toda negociación se entorpece cuando involucra la participación de muchas contrapartes. Contrario al sentido común, no es el deudor el que tiene poder cuando negocia con acreedores atomizados, sino que son éstos; en especial, los acreedores más recalcitrantes como los holdouts, los que tienen mayor capacidad de negociación.

Tabla 1

Distribución de los acreedores de la deuda externa pública y privada garantizada en América Latina y el Caribe. 1970-2010

En porcentajes del PIB

Distribución de los acreedores de la deuda externa pública y privada garantizada en América Latina y el Caribe. 1970-2010

1. Organismos bilaterales y multilaterales

Elaborado a partir de la ponencia de Luna V.M.I. “¿Son los flujos de capitales de Inversión Extranjera Directa, una solución al problema de endeudamiento?” Preparado en base al Banco Mundial WDI.

La situación argentina

El regreso al endeudamiento fue la principal estrategia económica que vino con el cambio de gobierno en Argentina. La conducción económica aplicó a rajatabla el modelo de crecimiento liderado por la deuda. El nuevo endeudamiento generado en 2 años y medio de gobierno suma más de 140 mil millones de dólares, de los cuales casi 2/3 son deuda externa. Este modelo ha comenzado a crujir desde principios del 2018. El Banco Central, hasta ahora un paladín de la libre flotación cambiaria, ha comenzado a aplicar políticas cambiarias heterodoxas, forzando a los bancos a desprenderse de sus tenencias de divisas y vendiendo unos 8 mil millones de dólares de reservas a bajo precio. Aun así, no ha podido contener la depreciación del peso. La expectativa de devaluación es tan importante que el Gobierno ha tenido que subir aún más las tasas de interés en pesos -ya superan el 40%- y, además, se ha visto forzado a pedir el auxilio de un préstamo al FMI.

Puede ser que algunos desprevenidos del resto del mundo consideren que el FMI es el prestamista “bonachón” de última instancia al cual acudir en tiempos de crisis. Pero en Argentina no es así: incluso los sectores más conservadores del establishment financiero interpretan que acudir al Fondo es lo mismo que internarse en un hospital de enfermos terminales. Con el préstamo del Fondo, como mucho, podrían recolectarse unos 30 mil millones de dólares, una cifra que a todas luces parece moderada en contraste con los 50 mil millones de dólares colocados en títulos en pesos de corto plazo (LEBACS) que irán a transformarse en dólares.

En estas circunstancias, se agita la memoria reciente de los argentinos; pero no deben minimizarse los riesgos de que el problema de insolvencia vuelva a transformarse en una crisis bancaria si los depositantes acuden masivamente a retirar sus depósitos, muchos de ellos en dólares.

Que argentina tendrá una fuerte devaluación es un hecho, lo que no se sabe es cuándo, -aunque es difícil pensar que no será pronto. Si se demora, las reservas internacionales irán perdiéndose con el simple objetivo de evitar que los tenedores de títulos en pesos puedan retirarse sin grandes pérdidas, tras disfrutar tasas reales de rentabilidad superiores al 25% desde el inicio del gobierno de Macri. La más alta rentabilidad financiera del mundo.

Conclusiones

La Globalización financiera ha creado unas condiciones de vulnerabilidad que no existían en la América Latina de la posguerra. Una vulnerabilidad que genera enormes transferencias de recursos al llamado “primer mundo”, sobre todo al sector financiero. La evidencia de que el capital fluye desde los países en desarrollo hacia los desarrollados, y no al revés, ha dado origen a la “Paradoja de Lucas”, un fenómeno inexplicable bajo el marco teórico de la escuela neoclásica. Gran parte de esta paradoja se explica por la vulnerabilidad financiera que ha fomentado el FMI exigiendo la libre movilidad de capitales. Este es el tubo por el que se cuelan las riquezas latinoamericanas y que ha puesto en jaque al Gobierno argentino a tan sólo 2 años y medio de llegar. El crimen no paga, el endeudamiento tampoco.

1 El propio Williamson ha sido enfático aclarando en varias oportunidades que él no promovió la liberación de los movimientos de capitales y escuché personalmente esta declaración a la Poncio Pilato. La propuesta de liberalizar la movilidad internacional de capitales es una creación básicamente del FMI, que lideraba y promovía la iniciativa. Incluso en 1998, mantenía imperturbable esta posición: Barry Eichengreen y Michael Mussa (1998). Capital Account Liberalization and the IMF. Volume 35, Number 4.

2 Martinez Zumel, MC (2015) Impacto de la deuda pública sobre el crecimiento económico argentino. 1900-2009. FCE-UNC.

3 Reinhart y Rogoff (2010) Growht in time of debt. American Economic Review.