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El dólar volvió a ser la principal preocupación de los argentinos. En las últimas semanas se registró una fuerte volatilidad de la divisa, que pasó de los 15 a casi 18 pesos, es decir una subida del 20 por ciento. Esta escalada ya empezó a generar problemas con los precios del mercado interno, los cuales en julio se duplicaron respecto de junio, y obligaron al Gobierno a reconocer que este año no cumplirá con la meta de inflación. Las elecciones del domingo pasado le permitieron ganar algo de aire al equipo económico por un par de días, aunque a media semana volvieron las tensiones y dejaron en evidencia un punto clave: el dólar no sube por especulación política sino que existen distorsiones estructurales que potencian el aumento de la divisa. En el mercado desconfían de la sustentabilidad del modelo y aceleran la fuga de capitales.

 El presidente Mauricio Macri había afirmado en diciembre de 2015, unos días antes de asumir la gestión, que en su Gobierno no se iba a devaluar. Pero en los primeros 19 meses de mandato el tipo de cambio ya acumuló un aumento de 83 por ciento. Esta no es la única inconsistencia que aumenta la incertidumbre entre los grandes inversores y los pequeños ahorristas.

La economía local sigue mostrando importantes desequilibrios en varios frentes. El sector externo es uno de los que registra los mayores problemas. El déficit comercial es de 700 millones de dólares al mes y no bajaría de 4000 millones de dólares en el año. La mayoría de los sectores productivos pierden divisas y las únicas actividades que compensan parte del déficit son primarias (demandan poco empleo y generan menor valor agregado). El resultado es una economía que se reprimariza, no genera motores genuinos de crecimiento para los próximos años y necesita cada vez más deuda para poder sostener el desorden económico.

El sistema financiero, por ahora, considera que el Gobierno podrá seguir endeudándose. Los bancos festejaron las elecciones con importantes subidas en la bolsa. Las acciones del Banco Galicia se dispararon un 14 por ciento en los primeros dos días tras las votaciones, al pasar de 64 a 73 pesos. Las del Banco Francés se elevaron de 89 a 94 pesos, con un incremento de 6 por ciento y las del Banco Macro avanzaron de 150 a 164 pesos, al subir 9 por ciento. La lectura del mercado no es difícil de interpretar. El resultado electoral habilita a seguir con un modelo financiero y anti industrial, en el que las actividades dedicadas a la especulación consiguen elevadas ganancias mientras la manufactura, la construcción y el comercio no despegan.

Los balances de las principales entidades bancarias en los últimos tres años muestran quiénes son los grandes ganadores del modelo. Los bancos ganaron 8200 millones de dólares a partir de diciembre de 2015. Embolsaron un promedio de 423 millones de dólares por mes en 2017 y de 420 millones de dólares al mes en 2016. Estos montos son 20 por ciento más elevados respecto de lo que ganaban las entidades financieras en 2015. Los ingresos por cobros de intereses fueron uno de los negocios más rentables, al incrementarse un 30 por ciento en moneda dura.

La contracara de las ganancias bancarias es una economía real estancada. El rebote que anotaron algunos indicadores a partir de mayo no es suficiente para compensar caídas del 2016. Esto implica que los niveles de actividad de este año siguen muy por debajo de los alcanzados en 2015. La industria en 2017 está produciendo un 4,5 por ciento menos que hace dos años y las construcciones son un 4,1 por ciento menores. En el detalle de los principales rubros industriales, las empresas de alimentos se encuentran un 3,4 por ciento abajo, en tanto que las textiles anotan baja de 2,6 por ciento, las automotrices (-9,1 por ciento) y las metálicas básicas (-12,0 por ciento).

Los sectores financieros se sienten protagonistas del modelo económico y consideran que el resultado de las elecciones les dio margen para reclamar un ajuste más acelerado sobre la macro a partir de octubre. Hasta ahora venían pidiendo bajar los gastos estatales. La principal obsesión de estos sectores es el recorte de las cuentas públicas para reducir el desequilibrio fiscal. El 80 por ciento del gasto son remuneraciones de los empleados públicos, jubilaciones, programas sociales o subsidios que, si se reducen, impactan en el bolsillo de la población. Pero esta semana varios consultores del establishment empezaron a difundir informes para sus clientes planteando otro objetivo de ajuste: el salario en dólares de los trabajadores del sector privado.

El sueldo mínimo en la Argentina es de 500 dólares y para los economistas del mercado no es competitivo. Le plantean al Gobierno mirar que ocurre en Colombia, en donde el salario mínimo es de 250 dólares. El estancamiento permanente de la producción y el consumo será la regla si el equipo económico convalida estos deseos de ajuste del sistema financiero.