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Cada día es más común observar como los gurús del neoliberalismo buscan la manera más eficaz para contribuir a satisfacer empíricamente la tesis de la profecía autocumplida. El procedimiento es siempre el mismo:

– primero, fijan el objetivo que desean destruir. Habitualmente, este objetivo se limita al país que no cumple con lo que ordenan esos mismos gurús de la política económica.

– segundo, juegan a disfrazarse de adivinos, sabelotodo, vestidos de traje académico, siempre aparentando una inexistente neutralidad, y sin usar ni siquiera la bola de cristal, son capaces de prever anticipadamente el mayor de los colapsos, la catástrofe más catastrófica posible; –

tercero, se inicia una insistente tarea de repetir y repetir el mensaje fatídico y siniestro hasta la saciedad, en tantos medios disponibles como el capitalismo disponga a su merced, con el mayor de los ecos posibles, y siempre abusando de una posición dominante que reside en la propia hegemonía de su relato económico a nivel mundial;

– cuarto, entonces, comienzan las trampas al solitario, porque a partir de ese pronosticado diagnóstico aparecen unas muy pocas empresas de capital privado (llamadas agencias de calificación de riesgos), privilegiadas para este monopólico menester, que son a la vez juez y parte, que evalúan qué es el Bien y el Mal en materia económica

– quinto, y por último, con esas dudas instaladas por ellos mismos ante sus propios ojos, creando una suerte de sentido común para el capital financiero internacional, entonces, se inicia un proceso generador de incertidumbre a escala mundial que acaba satisfaciendo su objetivo marcado en la primera etapa de esta secuencia viciosa, esto es, haciendo creer al mundo que un país está al borde de la quiebra, que no tiene cómo pagar, y en consecuencia, la reacción es incrementar el precio a la que el mundo quiere comprar cierta deuda pública, y por tanto, encarecerla, pagándose un mayor interés, y obligando entonces al Estado a dedicar más fondos públicos soberanos a este ataque especulativo en vez de seguir destinándolos a una mayor inversión social o inversión productiva en sectores estratégicos de la economía de un país.

Este accionar económico es cómo históricamente el orden económico dominante ha logrado encauzar a cualquier gobierno que pretendiera salirse del redil fijado desde los centros de poder económico a escala planetaria. Así, de esta forma, encuentran la vía diplomática y tecnocrática para sortear la obligación de presentarse a elecciones democráticas para poder incidir y decidir sobre la política económica de un país. Se parapetan en un grupo de portavoces, necesariamente en académicos adalides del pensamiento económico neoclásico, tan neoliberal como buitre, que son los que actúan como detonadores de este plan perfecto. Entre ellos, el profesor venezolano de la Universidad de Harvard, el señor Ricardo Hausmann, para esta materia, seguramente posee un doctorado (imagino que con Cum Laudem).

Este político (ex ministro de Planificación de Venezuela y jefe de la “Oficina Presidencial de Coordinación y Planificación” (1992-1993) durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez) es un reconocido experto en la puesta en práctica de esta mencionada teoría económica en el arte de buitrear. Hacer referencia a su experticia no es de ninguna manera ningún abuso del lenguaje; sólo se trata de un fiel reflejo de lo que es este profesor gracias a su dilatada experiencia en esta práctica desde hace muchos años. Por ejemplo, este profesor ya fue economista en jefe del Banco Interamericano de Desarrollo en pleno auge neoliberal, institución que se dedicaba entre otras cuestiones ridículas (aunque no baladíes) a calcular el Indice de Avance en Reformas Estructurales, que se obtenía gracias a valorar cómo cada país en América latina avanzaba en los deberes neoliberales que fijaba el capital mundial; en el caso de que el alumno no llegara a superar tal examen, entonces el castigo era realmente similar al que se aplica en la actualidad contra aquellos países soberanos que no acatan las políticas económicas de las décadas perdidas (y sufridas) para la mayoría social.

Este profesor (también ex FMI y ex Banco Mundial) no hace nada que no se haya hecho anteriormente contra Venezuela desde afuera en los últimos años. Desde que Chávez llegó al poder, esta película la hemos visto en innumerables ocasiones. Cabe recordar por ejemplo como Fitch y Moody’s, dos de las tres principales agencias de (des)calificación, contraatacaron el mismo día que fallecía Chávez planteando “una perspectiva negativa sobre Venezuela, lo que podría indicar una posible rebaja” (en la nota de la deuda pública, así encareciéndola). Son los mismos que anticiparon los posibles “riesgos acerca de la gobernabilidad en la era post-Chávez”, o aquellos que en su “El mundo en 2014” anunciaron que “Venezuela tiene un riesgo muy alto de sufrir una rebelión en este año”. Otra revista independiente, y también dependiente por ejemplo del capital privado de Fiat y de la familia Rothschild, banqueros de toda la vida), también dijeron que en “Venezuela se acabó la fiesta” demandando los mismos desajustes sociales que ha pedido Fedecámaras frente al sacudón anunciando por Nicolás Maduro. Otro diario sin independencia, El País, el mismísimo 11 de Septiembre de este año, también titulaba en esta misma línea: “Venezuela se asoma a la quiebra”.

Así podríamos seguir dando ejemplos que certifican cómo el señor Hausmann es uno más en este engranaje que logra conformar un gran pensamiento económico buitre, que no sólo come carroña, sino que participa en la creación de la misma. Sorprende incluso, entrevistado por su diario (El Nacional), que aclare erráticamente que default y reestructuración de deuda es lo mismo (dice así: “una reestructuración de la deuda es algo que implica un default”). Sorprende porque él sabe perfectamente que cualquier país o persona puede solicitar reestructurar la deuda buscando un plan de pago más conveniente porque por ejemplo se desea disponer de otro plan financiero más virtuoso sintonizado con su nuevo flujo de su actividad económica. Hay mil razones que explican en cualquier manual básico financiero por qué puede ser más adecuado modificar un plan financiero previo frente a nuevas circunstancias económicas, y no necesariamente por default. Es más que conocido que el cambio en una forma de pagar no significa no tener para pagar, sino que se puede deber a que haya modificación en el flujo de ingresos, y/o en las prioridades de amortización, y/o en la planificación de inversiones productivas que exigen liquidez en el corto plazo. Cualquier ciudadano, no necesariamente con estudios en economía, sabe de esto, y lo pone en práctica en su vida cotidiana: todo el mundo tiene derecho a ordenar el pago de una deuda si es con el consentimiento de los acreedores; y esto ni es default ni cesación de pagos, y en muchas ocasiones ni siquiera tiene que representar que haya dificultad de pago, sino simplemente se puede tratar de una decisión legítima y soberana de usar los fondos para otras funciones económicas, que pueden crear más riqueza para seguir pagando cómodamente en el futuro más próximo.

Con esta declaración tan frívola como equivoca acerca del uso del término default, el profesor Hausmann quería poner su granito de arena para defender la tesis de profecía autocumplida en contra del pueblo venezolano. Con esta irregularidad, y con esta falta de responsabilidad académica y política, el señor Hausmann se suma a aquellos que participan proactivamente en el gran circo de la economía especulativa. De ninguna manera, las declaraciones del profesor Hausmann pueden servir para culpabilizarlo como único responsable del efecto que ha habido sobre los bonos venezolanos; porque fundamentalmente su autoridad académica no sería tal si no fuese por la gran orquesta mediática que le acompaña.

Para terminar, y dado que está tan de moda el uso del términos default, no sería descabellado sugerir que también pudiera usarse para caracterizar al persistente default en el pensamiento económico buitre.