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El 2 de octubre a las 18 horas Colombia se enfrentó a su cruda realidad, con una diferencia de casi 60.000 votos, el No (50,21%) se impuso sobre el Sí (49,78%), como  respuesta a la pregunta formulada en el plebiscito para refrendar el Acuerdo de Paz al que el Gobierno llegó con las FARC.

Son diversos los factores que se relacionan con los resultados del domingo pasado, dentro de los cuales cabe destacar tres: en primer lugar, el efecto de la dinámica de participación electoral en un país en el que la abstención tradicionalmente ronda un 60%; en segundo lugar, el alejamiento abismal existente entre la población rural que sufre el conflicto y la población urbana (decisora por su caudal electoral) y; en tercer lugar, la enconada disputa de las dos derechas políticas, que banalizó el importante hecho de acabar con más de medio siglo de barbarie.

La abstención y la ruptura con las víctimas

Delos 34.899.945 ciudadanos llamados a las urnas el pasado 2 de octubre, tan solo fueron partícipes del plebiscito 13.066.047, es decir, el 37,43% del padrón electoral. A ello se sumó la repercusión del fuerte temporal que azotó la Región Caribe. El mal tiempo en los departamentos del Magdalena, Atlántico, Cesar, La Guajira y Bolívar, por el paso lento del huracán Matthew, produjo inundaciones que derivaron en la abstención de una parte importante del electorado en la región.

Los municipios más afectados fueron Fundación, Ciénaga y Santa Marta. En La Guajira las lluvias retrasaron la apertura de varias mesas electorales. Esta situación alentó la propuesta de algunos gobernadores y alcaldes para atrasar el cierre de las mesas electorales en estas zonas, algo que el Consejo Nacional Electoral descartó desde el primer momento. La situación fue denunciada por la MOE que señaló que en la Costa Atlántica, en el 39% de las mesas observadas, no estaba presente el jurado completo en el momento de apertura[1].

A las dificultades generadas por el coletazo de un huracán y las fallas infraestructurales que afectan a los colombianos que viven en zonas alejadas del país –con escasos medios para el ejercicio del derecho al voto– , se sumó la ruptura existente entre los habitantes de las zonas rurales. Son ellos quienes experimentan en sus propias carnes la violencia del conflicto, a diferencia de los habitantes de las grandes ciudades, cuya sensibilización en torno al mismo está guiada por unos medios de comunicación que ofrecen una visión parcializada de lo que ocurre en el territorio. Así de los 81 municipios más afectados por el conflicto, en 67 ganó el Sí y solo en 14 ganó el No.

En este sentido, los datos pusieron de manifiesto que quienes efectivamente son víctimas de las hostilidades buscan desesperadamente la paz, con cifras reveladoras en los municipios Bojayá (96% del Sí y un 4% del No); Tumaco (71% del Sí y 28,8% del No) o San Vicente del Caguán, (62% de Sí y un 37% del No), entre otros.

En este marco de dificultad para la participación por parte de los ciudadanos que viven en las zonas más afectadas por el conflicto del país con un caudal electoral menor[2], el resultado es que ellos, las víctimas directas de la guerra, tuvieron escaso poder en la decisión tomada, que por otra parte, terminó correspondiendo a las grandes ciudades, en donde la polarización en torno a la disputa de las dos derechas –representadas por Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe–definió el proceso.

La disputa de las derechas

El desarrollo del plebiscito al interior de una dinámica de enfrentamiento entre dos fuerzas políticas de la derecha supuso una banalización del proceso histórico por el cual el país estaba transitando.

En este marco, la caída de la popularidad del presidente, que en marzo de 2016 llegó a un 25% de aceptación de su mandato, se relacionó directamente con la desaceleración económica que comenzó a vivir el país desde de 2015, heredando –a mediados de 2016–un desempleo del 12% y una inflación del 8,6%. En este sentido, las expectativas de las clases medias urbanas, afectadas por tal situación, sufrieron un fuerte embate e inevitablemente convirtieron al Gobierno en su chivo expiatorio, que inmerso en una atención casi exclusiva al proceso de paz, habría dejado de lado sus compromisos con la ciudadanía.

Uribe no solo supo sacar rédito del desgaste del Gobierno de Santos y de la situación económica que vive el país, sino que, además, supo adscribir a su discurso y al de sus copartidarios el miedo, alertando a la ciudadanía sobre un futuro “gobierno del terrorismo”, en el que “se atentaría contra la propiedad privada” en caso de refrendarse los acuerdos de La Habana.

De la mano del ex procurador Alejandro Ordoñez, Uribe se acercó a los pastores de Misión Carismática Internacional y de la Iglesia Ríos de Vida, que se convirtieron en sus alfiles. Catapultando el voto de la Colombia más retardataria, con arraigados valores conservadores “amenazados” por una eventual firma de la paz. Una campaña que se orquestó a través de videos viralizados en redes sociales.

Al interior del Gobierno, quien hubiese podido movilizar más el voto fungió como el convidado de piedra. El vicepresidente Germán Vargas Lleras que representa uno de los liderazgos más fuertes de cara a las elecciones de 2018, mantuvo un posicionamiento ambiguo durante el proceso. En el mismo su postura pasó de permanecer en prudente silencio –justificado en que el proceso de paz no estaba dentro de sus funciones–, a un Sí con reservas[3].

A pesar de que fue destacable su aparición, arropando a Santos en el cierre de campaña que se dio en Barranquilla (su fortín político), las medias tintas del líder de Cambio Radical fueron núcleo de tensión a lo largo de todo el proceso, en particular, por sus reservas en cuanto al mecanismo de Justicia Transicional acordado. Así, Vargas Lleras fue uno de los grandes ausentes durante toda la campaña, quizá reservándose para un eventual acercamiento al Centro Democrático y al Partido Conservador de cara a 2018. Las escasas apariciones de un líder con tal potencial electoral y su apuesta por no arriesgar capital político lo posicionan como un actor que no sumó todo lo que podía a la campaña del Sí.

La dificultad de anclar el plebiscito a un tema de interés general y no asociado a dos opciones políticas se vinculó también a un trabajo histórico de los conglomerados comunicacionales (RCN y Caracol). Estos ofrecieron tradicionalmente una visión unidimensional y disociada de las diversas realidades del país inmerso en el conflicto armado, con más actores y responsables de la violencia, además de las insurgencias.

Sin embargo, y a pesar de haber intentado cambiar en los últimos meses esta dinámica comunicacional, no calcularon la dimensión de los efectos que tuvo a largo plazo la forma en que se construyó el relato de Colombia, una visión sesgada en la que el conflicto se redujo a la dicotomía de “buenos” y “malos”, obviando el carácter poliédrico del mismo. Además, ya en el marco del proceso de paz, la información, como reflejaron los observatorios de medios del país[4], fue escasa en su narrativa y se centró más en las exaltaciones de los liderazgos fuertes que en la objetividad de los sucesos.

Panorama de incertidumbre

La consecuencia inmediata del plebiscito es la imposibilidad de implementar los Acuerdos alcanzados tras cuatro años de negociación. A pesar de ello, un agotado Santos puso de manifiesto su decisión de no afectar la estabilidad del país y de buscar la paz hasta el último momento de su mandato.

Las últimas horas han sido de silencio e incertidumbre, toda vez que el panorama queda abierto a un escenario con dificultades para 1) renegociar el Acuerdo General y 2) establecer un mecanismo de refrendación efectivo para el hipotético ajuste. En este marco se comienzan a explorar nuevas vías y, tanto el Partido Conservador como la izquierda, reviven la opción de la Constituyente.

En las circunstancias actuales, es una de las opciones viables, sin embargo, voces expertas plantean dudas en torno a los límites de la misma una vez se conforme la Asamblea[5]. La otra opción es la fórmula del Acuerdo Especial[6] que sería apoyado por el Congreso y la Corte en una eventual “situación de emergencia”. No obstante, queda la duda de si todo el Acuerdo podría ser considerado en este mecanismo.

Al margen de las posibles vías de refrendación, las FARC tienen más voluntad de paz que nunca, con lo cual el regreso a la guerra es una de las opciones menos viables. Asimismo, la atenta mirada de la comunidad internacional al país es un factor que puede servir para limar asperezas con el resucitado Centro Democrático.

Las cartas están sobre la mesa. El Centro Democrático designó a Oscar Iván Zuluaga, a Iván Duque y a Carlos Holmes Trujillo, por su parte, el Gobierno a Humberto de la Calle (ratificado tras su renuncia), a la canciller María Ángela Holguín y al ministro de defensa Luis Carlos Villegas, quienes en las próximas horas se sentarán a una nueva mesa de negociación que mantiene al país entero en vilo.

http://www.semana.com/nacion/articulo/plebiscito-para-la-paz-tras-triunfo-del-no-proponen-asamblea-nacional-constituyente/496621

[1]http://caracol.com.co/radio/2016/10/02/nacional/1475429866_576405.html

[2]http://lasillavacia.com/hagame-el-cruce/unos-son-los-que-sufren-otros-son-los-que-votan-58156

[3]http://www.eltiempo.com/politica/proceso-de-paz/reparos-de-vargas-lleras-al-acuerdo-de-paz/16685316

[4]http://www.elespectador.com/noticias/politica/los-medios-deuda-articulo-600588

[5]http://www.semana.com/nacion/articulo/plebiscito-para-la-paz-tras-triunfo-del-no-proponen-asamblea-nacional-constituyente/496621

[6]http://www.semana.com/nacion/articulo/plebiscito-para-la-paz–las-farc-quedan-en-el-limbo/496634