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Alfredo Serrano

Director Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG)

 

Los eufemismos están de moda. Se usa cualquier término para esconder o tergiversar cualquier otro significado. Libre mercado para hablar de unas pocas empresas que tienen poder para fijar las condiciones de venta; seguridad jurídica cuando realmente se quiere decir que es obligatorio asegurar la tasa de ganancia del capital privado; atraer capitales para buscar la manera de establecer condiciones que faciliten la fuga de los mismos a través de la remesa de utilidades netas. Vale todo en esta sociedad de las prisas, en la que el matiz o la precisión queda fuera de rating televisivo. Decía Rist en su libro El Desarrollo: Historia de una Creencia Occidental, que el desarrollo ya significa cualquier cosa, tanto edificar un rascacielos como construir una letrina para una población necesitada. Algo parecido está ocurriendo con otro concepto en boga de todos: el pragmatismo. Se escucha por todas partes. Expertos economistas proclaman la importancia del pragmatismo en la política económica para no caer en el colapso; la oposición lleva exigiendo pragmatismo desde hace más de una década; los organismos internacionales afirman que son tiempos para que la economía sea una ciencia pragmática; la banca también se suma a esa fiesta solicitando algunas medidas de pragmatismo económico. Así se podría estar rellenando todas las páginas que se antoje con estos titulares que no permiten adivinar muy bien qué se pretende, qué se demanda, hacia dónde quieren empujar, por dónde desean transitar.

 

No es nada ingenioso acudir al diccionario y a la etimología en caso de necesidad para saber qué quiere decir tan recurrente vocablo. Según el primero, pragmatismo es aquella actitud y pensamiento que valora sobre todo la utilidad y el valor práctico de las cosas. Su etimología indica que la palabra pragmatismo proviene del vocablo griego pragma que significa “hecho” o “acto” (situación concreta). Hasta aquí cualquier interpretación es valida. Poco ayuda esta ambigua definición. Vayamos, entonces, al pragmatismo como movimiento filosófico norteamericano, creado a fines de siglo XIX, a ver si se aclara algo más. Esta corriente de carácter empirista encuentra en los efectos prácticos de una teoría el único criterio válido para juzgar su verdad. Su concepción de base es que sólo es verdadero aquello que funciona, enfocándose así en el mundo real objetivo. Dicho así, tampoco facilita una interpretación única ni diáfana. Parece que el uso de esta bandera recurrente depende más del criterio sobre el que se valida. Se podría ser pragmático para eliminar la deuda social, o en contraposición, ser pragmático en reducir deuda financiera ilegítima aunque sea a costa de una deuda para una mayoría social. Es tan valido afirmar que un modelo económico presume de pragmatismo en mejorar la nota crediticia concedida por una agencia internacional de (des)calificación como garantizar pragmatismo en la reducción de la pobreza y desigualdad económica y social. Todo depende del lugar desde donde se mire.

 

Sin lugar a dudas, la importancia está más en el foco económico de atención para valorar cuán pragmático se es que en el propio pragmatismo en sí mismo. Por ello, para discutir la economía venezolana, lo más honesto y saludable es evitar cierto velo de ignorancia que origina más confusión que otra cosa. Lo mejor es continuar con la claridad con la que siempre se manifestó Chávez para explicar, dilucidar e identificar en qué se quiere ser pragmático, y que es aquello, complementario o accesorio, que queda absolutamente subordinado a lo primero. La economía para Chávez debía ser pragmática como ciencia social y no como ingeniería física. En otras palabras, Chávez consideró que la revolución bolivariana, en esta larga pero necesaria primera etapa, debió ser pragmática en la consecución de una economía humanista, nacional-popular, democratizadora, más soberana, que se cristalice en una década ganada para la mayoría social, como sostén del cambio de época. No entender este pragmatismo es apostar a otras dimensiones del mismo; lo cual es legítimo y coherente desde la no adhesión a la corriente económica del chavismo.

 

Chávez fue absolutamente pragmático asumiendo plenamente esa tesis de Marx que defendía que “los filósofos se han limitado a interpretar el mundo; de lo que se trata ahora es de transformarlo”. Así fue. Así se dedicó a transformar la realidad, las condiciones reales de vida de la población. Pero además tuvo una influencia varsavskiana muy reconocida en la ofuscación de Chávez por hacer viable cualquier proyecto económico. Si no es viable, no sirve. Así lo pensó y así lo hizo. Chávez fue pragmático en cada propósito que se marcó: reapropiándose de los sectores estratégicos; llevando a cabo políticas efectivas de redistribución –vía misiones- a favor de una ampliación democrática de los derechos sociales y económicos; construyendo una nueva arquitectura regional. ¿No es eso pragmatismo? Esos constituyeron los retos de esta década ganada que pragmáticamente fueron logrados y percibidos concretamente en la vivienda, salud, educación, empleo, poder adquisitivo, etc. A veces hay confusión –intencionada- en aplicar el termómetro de pragmatismo sobre los medios o herramientas, descuidando el pragmatismo sobre los objetivos estratégicos trazados. El reto fue la humanización y democratización de la economía. Esto, hasta el momento, se ha logrado mal que le pese al orden económico neoliberal que pretende hegemonizar el sentido de la palabra pragmatismo. En adelante, tal como marca el nuevo mapa estratégico establecido en el Plan de la Patria 2013-2019, los objetivos históricos se actualizaron según las nuevas circunstancias políticas y sociales. El cambio de época prosigue en Venezuela buscando lograr irreversibilidad de lo conquistado y revertir todo lo que queda por andar hacia el socialismo bolivariano del siglo XXI. En este Salto Adelante, se exige la revolución productiva que asiente la base material para alcanzar la independencia definitiva que reduzca la dependencia importadora en manos de un privilegiado sector privado. Se demanda eficiencia o nada en las políticas públicas. En este sentido, este pragmatismo habrá que evaluará cuando pasen esos años para comprobarlo.

 

Discutir sobre economía es justo y necesario siempre y cuando se realice sin el empleo de excesivos subterfugios. Mejor las cartas boca arriba. La economía es de todos, y no coto cerrado para unos pocos que hablan desde la técnica para acabar imponiendo pragmáticamente sus tesis políticas. La disputa reside en el sentido político que se quiera dar al orden económico; ó seguir transitando hacia el socialismo bolivariano ó una salida neoliberal ó apostar a la tercera vía capitalista socioliberal, también llamada socialdemocracia. Que cada uno elija lo que quiera. El pueblo venezolano por ahora sigue eligiendo más chavismo. Y el chavismo como identidad económica no es ni socialdemocracia ni neoliberalismo del blando. En definitiva, ¿pragmatismo? sí. Pero ¿para qué?