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El escenario político brasileño comenzó el 2016 con una intensidad centrífuga parecida a la que cerró el año pasado. Sobre el terreno de una economía en recesión, tras un 2015 que dejó a millones de trabajadores sin empleo, con una inflación como no se registraba hace décadas, las dimensiones supraestructurales parecieran caminar en la misma dirección de fragmentación y dispersión política. Si bien es cierto que el obligado receso parlamentario, el progresivo descrédito de algunas de las principales figuras políticas del año pasado y el ingreso de otros temas a la agenda pública han colocado otros ingrediente al clima político, todo parece indicar que este 2016 estará pautado por cómo se resuelvan las tensiones acumuladas durante el 2015, y cómo éstas se proyecten durante el año en curso. En ese sentido, se trata de un escenario político, económico y cultural que continua altamente inestable e impredecible: pocas certezas hay respecto de quién saldrá victorioso de las elecciones municipales de octubre y qué pasará con el Partido dos Trabalhadores (PT); sobre cómo seguirá la mayor empresa de América Latina (Petrobrás) y qué lugar ocupará en la economía del país; o qué pasará con la bancada evangélica en el Congreso tras la exhibición de “Os Dez mandamentos”, la apuesta de una de las principales iglesias evangélicas del Brasil y su canal de televisión RECORD, film que se ha convertido, durante las primeras semanas de estreno, en el producto más consumido de la historia cinematográfica brasileña; en un contexto semejante, ni siquiera la continuidad de la propia Presidenta Dilma Rousseff está del todo asegurada.

Nelson Barbosa y la lógica del ajuste

La llegada de Nelson Barbosa al Ministerio de Economía –al margen de que ya formaba parte del equipo “ampliado” de su antecesor, Joaquim Levy– permitía suponer una orientación diferente a la del ajuste del 2014/2015; a fin de cuentas, N. Barbosa, de formación desarrollista, había estado detrás de las opciones de expansión de la demanda interna frente al despliegue de la crisis internacional del 2008 y había respaldado unos años después la propuesta de Guido Mantega de reorganizar progresivamente algunos factores de la producción en lo que en su momento se denominó la “nueva matriz económica”. Sin embargo, el propio N. Barbosa ha inaugurado su actuación este 2016 con medidas bastante en sintonía con su predecesor: en poco más de un mes, tras aprobar el Presupuesto para este año, no sólo las estimaciones allí planteadas han sido modificadas sino que hace unos días se han anunciado recortes en el presupuesto público –por 23,4 mil millones de Reales– continuando con la ortodoxia anterior.

Al margen de que este tipo de opción macroeconómica ha dado muestras de no ser precisamente una palanca para la recuperación del crecimiento económico sino todo lo contrario  –los índices del 2015 fueron, en cualquier dimensión que se quiera comparar, peores que los del año anterior– hay un aspecto, más ideológico si se quiere, que no debe ser pasado por alto. Uno de los ítems presupuestarios que recibirá buena parte de los recortes de este año es el Programa de Aceleramiento del Crecimiento (PAC), una disposición presupuestaria creada en el 2007 (para el segundo mandato de Lula) que se constituyó en un vehículo clave para la ejecución de diferentes tipos de proyectos –por ejemplo, de obras públicas– y, una vez consolidado, en un impulsor de la expansión económica registrada hasta el 2011. Con un corte anunciado de 1000 millones de dólares, el PAC, en un sentido histórico, puede ser interpretado como un ancla desarrollista al interior del presupuesto, un reaseguro proyectual en vistas a una estructuración a mediano y largo plazo de la dialéctica capitalista en el país. Ahora bien, que ese engranaje continúe siendo reducido –y en ese sentido N. Barbosa sigue los ajustes programados por J. Levy– es de alguna forma, una descaracterización de aquellos trazos desarrollistas que todavía anidan en la propia orientación gubernamental. Aún más, que su recorte sea realizado por el propio N. Barbosa manifiesta, asimismo, una descaracterización de esa propia corriente de ideas.

La metamorfosis del desarrollismo

Por diversas circunstancias históricas, el desarrollismo brasileño logró tener una densidad social, política y cultural muy diferente a otras experiencias similares en América Latina: adherida a la estructura burocrática del Estado –como la experiencia del Instituto de Estudios Superiores Brasileños (ISEB) durante la presidencia de J. Kubitschek– organizando los cursos de Economía en las principales Universidades del país, o articulándose con los partidos de la democratización en los años ‘80, el aporte de los diferentes desarrollismos (porque hubo orientaciones distintas dentro de una misma perspectiva) permitió colocar en los léxicos políticos y en las opciones macroeconómicas de los mediadores socioculturales en general, ciertos principios ideológicos específicos que fueron pautando el proceso histórico. Esto explicaría, también, por qué en Brasil, entre otros factores, el neoliberalismo brasileño de los años ‘90 no fue un proceso tan desestructurador en el plano de las ideas como sí lo fue en otros países latinoamericanos.

Si bien es cierto que el desarrollismo no era una visión de conjunto que estuviera en el corazón identitario del Partido dos Trabalhadores en su fundación, desde que Lula asumió la Presidencia en el 2003, los diferentes gobiernos del Partido dos Trabalhadores han absorbido, intercalado y expuesto elementos, acciones e ideas identificadas con esa perspectiva: desde Carlos Lessa al frente del BNDES en el comienzo del primer gobierno de Lula, pasando por la orientación que le imprimió Dilma Rousseff a Petrobrás cuando era Jefa de la Casa Civil, o las propuestas mencionadas de G. Mantega, entre tantos otros ejemplos, en todos estos años la “respiración desarrollista” ha podido percibirse, en mayor o menor grado e intensidad. Si este 2016 trae como elemento distintivo el corrimiento definitivo de ciertos aspectos desarrollistas en la orientación gubernamental, ha de suponerse que el escenario político en su conjunto se vuelva más complejo: frente a un sistema político cada vez más desideologizado –una de herencias de la fragmentación política del 2015– no contar con un mínimo punto de apoyo programático y una elemental frontera ideológica de propuestas puede hacer que la gobernabilidad se torne aún más incierta, con alianzas y composiciones políticas cada vez más desnaturalizadas y de ocasión. Con un agravante adicional: se trata de un año electoral.