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por Agustín Lewit

Las elecciones departamentales celebradas en Uruguay el domingo último, donde se eligieron -entre otras cosas- los intendentes de los 19 departamentos del país, cierran un ciclo electoral abierto con los comicios presidenciales de octubre de 2014 -que dieron la relección presidencial de Tabaré Vázquez- lo cual tiene, como principal resultado, haber configurado la estructura de poder nacional por los próximos cinco años.

Si bien las elecciones departamentales están atravesadas por una gran cantidad de variables locales, es posible inferir a partir de los resultados del domingo algunos datos que grafican el escenario político nacional. Veamos.

El Frente Amplio (FA), coalición gobernante de centro-izquierda, ganó seis de los 19 departamentos, esto es, uno más respecto a las elecciones de 2010. Si bien no logró ganar en la mayoría de los distritos, el oficialismo se quedó con los departamentos más importantes –Montevideo, donde ganó por sexta vez consecutiva y con un amplio margen, y Canelones, segundo departamento en importancia-. No obstante, estos triunfos se vieron ensombrecidos con la derrota sufrida en Maldonado, tercer distrito en cantidad de habitantes y segundo generador de divisas a partir del turismo.

El Partido Nacional (PN), tal como sucedió cinco años atrás, obtuvo el triunfo en 12 departamentos, perdiendo en algunos del Litoral pero compensando con la victoria en otros distritos hasta ahora manejados por el oficialismo. Con leves cambios, el PN siguen mostrando su fortaleza en el interior del país –a excepción del litoral- cuando se trata de elecciones locales.

Por otro lado, al igual que lo sucedido en las elecciones presidenciales pasadas, estos comicios evidenciaron una vez más la agonía del Partido Colorado (PC) –fuerza que supo ocupar el centro de la política uruguaya por décadas y que hoy se encuentra reducida casi a un partido regional- quien logró retener apenas una intendencia, la de Rivera, de las dos que ponía en juego.

Uno de los datos más significativos de la jornada del domingo, fue la alianza entre blancos y colorados en la capital bajo el lema Partido de la Concertación, que impulsaba la candidatura de Edgardo Novick. El sorpresivo segundo lugar obtenido por dicho candidato se torna relevante, en principio, porque puede marcar el comienzo de un proceso de fusión de los dos partidos conservadores del Uruguay –donde, lejos de un proceso simétrico, el PN terminará fagocitando al PC- y, en segundo lugar, por el carácter outsider de Novick, lo cual lo permite ubicarlo como un candidato dentro de aquello que se denomina “la nueva derecha”, que a su vez denota un importante desgaste de los dirigentes tradicionales en las filas opositoras.

Como una segunda lectura, si miramos al interior del FA, el contundente triunfo de Daniel Martínez (Partido Socialista) en el distrito capitalino sobre Lucía Topolasnky (Movimiento de Participación Popular, fuerza liderada por José Mujica), matiza un poco las lecturas que diagnosticaban un corrimiento hacia la izquierda del Frente, al evidenciar la fuerza que tienen las tendencias moderadas, hecho que se repitió en otros escenarios departamentales.

En resumidas cuentas, el FA ratifica su hegemonía en los grandes centros urbanos, el Partido Nacional no muestra signos de retroceso –pero tampoco de crecimiento- y el Partido Colorado profundiza su crisis a un nivel inédito.

Culminadas las elecciones en Uruguay por algunos años, la correlación de fuerzas resultante indica que el FA goza de una hegemonía indiscutida. En efecto, el destino de los uruguayos parece estar cifrado más que en ningún otro lado, en las propias tensiones dentro de la coalición gobernante.