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La oposición conservadora al Papa Francisco no es nueva, estuvo desde el comienzo y se ha profundizado en estos días. La acumulación de tensiones y, de alguna manera, la llegada de Trump son factores que consolidan posiciones del “universo” conservador.

Los sectores tradicionalistas observan un pontífice poco “apegado” a la doctrina, sobre todo, en momentos de un avance –y esa es su interpretación– de la cultura laica. Francisco es alguien que pone en crisis una concepción tradicional del “buen católico”. El GPS construido por los conservadores es puesto en crisis por un conjunto de acciones que no se han detenido.

Existe una discusión que ha organizado a las lecturas internas de la Iglesia. De la misma se derivan dos claras posiciones para hacer frente a los fenómenos que proponen la posmodernidad y los nuevos temas que aparecen en el debate político, cultural y jurídico. Entre ellos, la llamada “cuestión gay”, el aborto y el “perdón” a las mujeres que lo llevan a cabo, así como a aquellos y aquellas que han decidido una opción sexual impugnada por la doctrina. Un debate que obliga a abrir la Iglesia a nuevas demandas, en un mundo y en una Europa atravesada por grandes conflictos y transformaciones.

Durante el Sínodo sobre La Familia en 2015, el Papa se enfrentó a los sectores más conservadores criticando la no consideración de aquellas personas que por diversas elecciones se ven expulsadas de la Iglesia.

El conflicto interno fue in crescendo. En noviembre de 2016, el Papa fue criticado abierta y públicamente por distintos miembros de la Iglesia (los alemanes Walter Brandmüller y Joachim Meisner, el italiano Carlo Caffarra y estadounidense Raymond Leo Burke) por su encíclica Amor Laetitia (“La alegría del amor”). Estos prelados criticaron la propuesta del Papa de exigir una mayor tolerancia a gays y de flexibilizar la doctrina.

Francisco ha optado por la tolerancia en algunos temas y la intransigencia en otros. El aborto, así como el reconocimiento del matrimonio igualitario, constituye el consenso más fuerte entre conservadores y progresistas al interior del Vaticano. Todo lo demás, está en disputa. La tolerancia implica una lectura que buscaría responder a los fenómenos de los nuevos tiempos, como a una estrategia de ampliación de “adherentes” en un mundo disputado por diversas creencias y, sobre todo, por el avance de los sectores evangélicos en América Latina y de concepciones radicales en oriente próximo y en el mundo asiático. La apuesta por una Iglesia “abierta”, tolerante en algunos temas decida a blindar y ampliar sus fronteras religiosas frente a una iglesia más compacta, cerrada en imaginarios anclados en la tradición, que orienten la acción del “buen católico” es la disputa que atraviesa el Vaticano.

En febrero de 2017 activistas pegaron afiches anónimos en la ciudad de Roma. En estos se criticaba a Francisco diversas medidas contra los sectores conservadores. En el espacio teológico/institucional comenzó una “guerra” abierta.

A su vez, existe otro territorio de disputa: la política. Francisco expresó un acercamiento a posiciones más progresistas que ha supuesto en España, cuna de sectas católicas ultraconservadoras como el Opus Dei, el surgimiento de un grupo de desertores y críticos de la nueva línea del Sumo Pontífice, influyentes especialmente en redes sociales, prensa y televisión.

Su cercanía con líderes políticos asociados al progresismo iberoamericano (Rafael Correa, Pepe Mujica, Pablo Iglesias) ha generado claras discrepancias entre los sectores y líderes de opinión más conservadores del país[1]. Su posición contra alternativas neoliberales, discriminatorias y xenófobas coloca al Papa en un “territorio” que busca constituirse en un límite a gobiernos ultraconservadores y a políticas sociales que incrementan la pobreza y exclusión. Es un actor que ha propiciado “mediaciones” relevantes, como en el Proceso de Paz colombiano o la mesa de negociación en Venezuela. A su vez, ha mostrado su malestar con el impachement a Dilma, con la detención arbitraria de la dirigente social argentina Milagro Sala y frente a las políticas de Trump.

El Papa es un universo de detalles y gestos progresistas y conservadores. Apoyar estas causas y mantener las políticas de la iglesia en los diversos países supone también acuerdos y tensiones con gobiernos conservadores. Esto permite que candidatos de diversa procedencia ideológica, por mera oportunidad usen su nombre, aunque saben que puede ser incómodo ante temas de índole social.

Con las medidas de Trump, el Brexit y la crisis migratoria el Papa se coloca en el “ring” progresista. El actor-contrapeso. América Latina –un espacio menor en términos geopolíticos, pero importante en términos de población católica– es el “territorio” a recuperar para la Iglesia Católica, la introducción de iglesias evangélicas en diversos países de la región se ha vuelto un gran problema. El “Partido Evangélico” es la contracara de los intentos de la iglesia católica durante el siglo XX de instalar “Democracias Cristianas”. Esto obliga al Vaticano a “disputar” la sociedad de cada país y limitar la entrada de “partidos evangélicos”, como la relación de cada gobierno con Roma. Francisco es el equilibrista de un mundo convulso.

Por ahora, los ataques conservadores más fuertes provienen de sectores de la Iglesia. Francisco mantiene una gran legitimidad que le permite “blindarse” de diversos gobiernos. La era Trump puede abrir un nuevo marco de disputas que pueden ser un contexto propicio para posiciones conservadoras.

El Papamovil por América Latina

Colombia

El resultado del plebiscito del 2 de octubre en Colombia, entre otras cosas, puso de manifiesto la capacidad de movilización electoral de un creciente número de votantes vinculados a diversas iglesias evangélicas en el país. El discurso adoptado por sus pastores fue aliado del uribismo y se centró en el rechazo a la denominada “ideología de género” y en la necesidad de mantener los valores morales y de la familia tradicional.

Los sermones en las iglesias se propagaron entre los seguidores del mensaje, pero el gran éxito tuvo lugar en redes sociales, donde hubo en el período de campaña un bombardeo continuo de videos[1] realizados con el objetivo de desestabilizar el proceso. La campaña negativa impulsada en “megaiglesias”, ubicadas en las principales ciudades del país fungió de manera efectiva, siendo los protagonistas del éxito los pastores de la Iglesia Avivamiento, Casa sobre la Roca, El Consejo Evangélico de Colombia (Cedecol) –entre otras–, dada su capacidad de movilización de una cifra de votantes que se estima de diez millones.

Y es que uno de los cambios más acuciantes que refleja la situación del catolicismo en Colombia es precisamente ese trasvase de fieles entre las dos comunidades. En efecto, el estudio Religion in Latin America[1] reveló que, para el caso de Colombia, el porcentaje de personas que profesan la fe católica se redujo de un 95% en 1970 a un 79% en 2014. Buena parte de quienes dejaron el catolicismo en el país señalan como principales causas: la necesidad de una mayor conexión con Dios (85%), que les gusta el “nuevo estilo” de la iglesia protestante evangélica (75%) y que querían un mayor énfasis en la moralidad (50%).

La pérdida de poder de la iglesia católica convierte a las iglesias evangélicas en las defensoras de la moralidad, de la familia y de los valores tradicionales. Además, la adopción de un discurso progresista por parte del Papa Francisco ahonda en este distanciamiento de los ciudadanos más conservadores. Esta tensión no ha podido ser dirimida al interior del país, donde los liderazgos católicos no manifiestan un completo acuerdo con la tendencia más progresista del Papa jesuita.

Por ello el papel de la iglesia católica en el período previo al plebiscito del 2 de octubre –que debía ser decisivo– fue más bien inocuo, debido a que esta se convirtió en el convidado de piedra, manteniéndose durante el período de campaña al margen de la elección de una u otra opción en la consulta[1], a pesar de que el Sumo Pontífice fue, durante todo el proceso, uno de los liderazgos de la comunidad internacional más proclives al sí, que prometió ir al país, en caso de que el acuerdo de paz fuera blindado por el plebiscito[1].

Tras el varapalo de la consulta, Francisco intentó convertirse en el mediador entre las dos fuerzas políticas, citando a Santos y Uribe a una reunión en la que el Papa fue incapaz de acercar las posturas. Uribe se plantó diciendo “no nos pueden imponer todo, su santidad”[1]. Francisco siguió cercano a Santos.

En Colombia las dos derechas enfrentadas también marcan distancias en torno a la fe religiosa que profesan. La derecha Santista, cercana a lo largo de todo el proceso al Vaticano y solicitando al Papa Francisco su continuo apoyo al Proceso de Paz en Colombia. La extrema derecha uribista con su negativa frente al Papa a acercar posiciones refleja un claro distanciamiento de la institución católica y encuentra en la fe evangélica un apoyo casi unánime a sus posturas. La relación del líder del Centro Democrático con pastores de estas iglesias y la asistencia a los encuentros pastorales refleja el vínculo que se construyó entre su liderazgo y las formaciones protestantes, entre otras, la Iglesia Ríos de Vida, la Iglesia Familiar Internacional (del concejal Marco Fidel Ramírez), la Iglesia Casa del Reino, la Iglesia Manantial (vinculada a las Asambleas de Dios en Colombia), la Iglesia Avivamiento (con lema “vive otra realidad”), la Iglesia Evangélica Bethesda, así como Misión Carismática Internacional.

Fuente: Radiomacondo

Venezuela

El Papa Francisco se ha caracterizado por un acercamiento paulatino a los liderazgos políticos de la izquierda progresista. Sin embargo, su acercamiento a Venezuela ha sido más cauteloso. Después de haber aplazado la reunión en dos ocasiones, finalmente, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, participó en una conversación en El Vaticano con el fin de indagar una forma de acercamiento de posturas con la oposición, al objeto de evitar nuevas reacciones violentas en las calles[1]. De esta manera el 30 de octubre se configuró una primera mesa de negociación, moderada por José Luis Rodríguez Zapatero de España, Martín Torrijos de Panamá y Leonel Fernández de República Dominicana. Esta mesa contó con el representante de El Vaticano, Emil Paul Tscherrig.

La apertura de los diálogos fue, sin embargo, limitada porque la Mesa de Unidad Democrática (MUD) decidió no continuar el proceso[1]. El desencuentro generó en la derecha del país y los medios de comunicación asociados a la misma una crítica soterrada al Sumo Pontífice, señalando que su intervención produjo una dinámica de desactivación de la protesta social. Además, Henrique Capriles y Ramos Allup manifestaron no haberse enterado de los diálogos y con un llamado de atención al Papa Francisco, Capriles señaló que la lucha de su opción política “es contra el diablo”[1], motivo por el cual llamó a continuar por la vía de las protestas. Y es que, en efecto, el escenario de conversaciones que se dio entre octubre y diciembre de 2016 distendió el clima de tensión que la derecha venezolana promovió durante todo el pasado año, con el anuncio de la realización de un referendo revocatorio.

Por otra parte, frente al apoyo del Papa Francisco a los frustrados diálogos, la respuesta de la figura internacional de la oposición Lilian Tintori no se hizo esperar, desplazándose en noviembre al Vaticano para solicitarle al Papa “que no bendiga la dictadura en Venezuela”. Su encuentro fue con el cardenal Pietro Parolin, quien respondió a la esposa de Leopoldo López, tratando de mantener las distancias frente a lo ocurrido en el proceso de diálogo[1], con una actitud evasiva.

Iniciando 2017 el presidente Maduro ha insistido en la realización de una segunda etapa de diálogos, para la que nuevamente solicitaría el apoyo de la iglesia católica.

México

La relación de cordialidad del Papa con las élites políticas mexicanas estalló por los aires cuando a principios de 2015 unas declaraciones del Papa en un mensaje privado se hicieron públicas a través de los medios de comunicación.

En una misiva dirigida a Pedro Vera –entonces legislador argentino–, el Papa manifestó su profunda preocupación por el notable incremento del tráfico de estupefacientes en algunas zonas de Argentina. “La mexicanización de Argentina” fue la metáfora usada por el Papa que rechinó en los oídos de los liderazgos políticos mexicanos. Frente a ello la respuesta de sus malinterpretadas palabras (él aclaró en una entrevista que había llevado a cabo un uso técnico de la comparación) dejó ver las heridas abiertas de un gobierno cuya popularidad iba en picada.

Así, el canciller mexicano, José Antonio Meade, se apresuró respondiendo al Sumo Pontífice “Me parece que más que buscar estigmatizar a México o a cualquier otra región [es necesario trabajar] en mejores enfoques, mejores espacios de diálogo, mayores espacios de reconocimiento”[1], además añadió que “México ha hecho enormes esfuerzos, ha manifestado un gran compromiso, ha señalado la necesidad que respecto a este tema se dé un diálogo amplio”[1].

Sin embargo, la deslegitimación que provocaba esta punzante crítica de la cabeza de la iglesia católica, se intentó zanjar por medio de la invitación del Sumo Pontífice al país, quien aterrizó en México –en medio de una enorme parafernalia– el 12 de febrero y prolongó su visita hasta el día 17 de ese mes.

La visita del Papa a México tuvo un doble efecto en la sociedad mexicana. Por una parte, hubo quienes rechazaron su llegada al país, argumentando el enorme gasto que la misma implicó y refiriendo la importancia de la laicidad de México. Por otra parte, hubo otros que señalaron las intervenciones públicas del Papa Francisco como tibias y que no refirieron con dureza el incremento de la violencia, la pederastia al interior de la iglesia católica y las desapariciones que ya superan las 30.000 denuncias. En particular aquí se destacó el rechazo del Sumo Pontífice a reunirse con los padres de los 43 estudiantes desaparecidos de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa[1].

A pesar de estas críticas, la derecha política y eclesiástica mexicana no dejó de recibir un duro llamado de atención por parte del Papa durante toda la visita. Sentados en la palestra “VIP” de cada uno de los privatizados y parapetados escenarios, políticos y empresarios atendieron a las palabras de un Francisco preocupado por las enormes carencias en materia de derechos humanos y desigualdad social en el país. El Papa también destacó los efectos del neoliberalismo en los problemas de exclusión social, pobreza y migración, señalando el papel de las élites políticas y eclesiásticas en la descomposición de la sociedad mexicana[1]. Sin embargo, las palabras del Papa, lejos de tener efecto alguno en los privilegiados asistentes, se perdieron en medio del show mediático en el que se convirtió su visita y que dejó por fuera a las personalidades de la movilización social a favor de los derechos humanos en México.

La élite política no se dio por aludida, esta ya había sanado las diferencias con el Pontífice a través de la parafernalia organizada en la visita. Sin embargo, fueron las élites eclesiásticas las que respondieron firmemente a las calificaciones del Papa: así Norberto Rivera, quien preside la Arquidiócesis de México, señaló que el Papa había “demeritado” a los sacerdotes mexicanos y enfatizó en la importancia de lucha de la iglesia católica en México, avalada por la cantidad de seguidores y el reducido impacto de las iglesias evangélicas[1]. La afirmación hecha por Rivera es corroborada por medio del estudio Religion in Latin America, en el que se evidencia que México es el segundo país (después de Paraguay) con más ciudadanos adscritos a la fe católica, exactamente el 81%, frente a un 9% que contestan estar afiliados al protestantismo.

Finalmente, la relación del Papa con México pasa obligatoriamente por la frontera con EE.UU. y el nuevo liderazgo en la Casa Blanca. Sentenciando “hacer muros no es cristiano”[1], Francisco entró en la polémica sobre la nueva política migratoria de Trump. Pidió justicia para los miles de migrantes que intentan llegar a Estados Unidos durante una misa celebrada a pocos metros de la frontera: “¡No más muerte ni explotación!” “Siempre hay tiempo de cambiar”. Por su parte, Trump, que prepara una visita al Vaticano, se rodea de asesores discrepantes con Francisco. Steve Bannon, su principal asesor, es cercano Raymond Burke, líder de la “rebelión antiPapal” en el Vaticano.

Bolivia

Bolivia no es un territorio en donde la derecha se haya posicionado en contra del Papa. Aunque sí es un espacio donde se ha usado su imagen para criticar al presidente del Gobierno, Evo Morales.

Después de la visita del Sumo Pontífice, las polémicas desatadas por la oposición se centraron fundamentalmente en la incongruencia de defender el Estado laico y al mismo tiempo de recibir en el país al Papa. Sumado a ello también hubo críticas de los principales líderes de la derecha política por el presunto “uso político” que el presidente Morales habría hecho del Papa, tratando de incluir agendas ideológicas en dinámicas propias de la religión.

Una situación que fue suscitada por el regalo que el primer mandatario ofreció al Papa: un crucifijo hecho con una hoz y un martillo, el cual es una réplica de la cruz que hizo el sacerdote jesuita español Luis Espinal Camps, asesinado en 1980 por paramilitares en castigo por su compromiso con las luchas sociales en Bolivia[1]. La ofrenda, que no fue comprendida por los líderes de la derecha, fue calificada como “vergonzosa”[1].

Si bien la derecha se centró en acusar al líder del ejecutivo por la “politización” que estaba haciendo de la imagen del Papa, fue precisamente Samuel Doria Medina quien, en el marco de la consulta sobre la reforma constitucional para permitir una segunda reelección consecutiva, usó en su cuenta de Twitter la imagen del Sumo Pontífice con un “No” inscrito en su mano[1]. Esta imagen desató el rechazo de la iglesia católica boliviana, que paradójicamente ha sido una de las instituciones críticas con el Gobierno del MAS.

Argentina

Desde el comienzo la relación entre el primer Papa argentino y el Gobierno de Cambiemos mostró una acuciada frialdad. No faltaron analistas del Vaticano que especularan acerca de la distancia que Francisco intentó marcar con la nueva gestión. La tensión entre el Papa Francisco y el oficialismo tiene su génesis en la campaña del PRO a favor de la despenalización del aborto que –aunque es una más de las promesas incumplidas- se convirtió en un discurso potente de la formación. El mismísimo Jaime Durán Barba, asesor clave del macrismo fue quien afirmó, “si una señora quiere abortar, que aborte”. Macri, menos liberal, se vio obligado a echarse atrás en su postura y prontamente de cara al balotaje manifestó: “Las declaraciones de Jaime Durán Barba son a título personal y no representan mi pensamiento ni el del espacio que lidero. Siento un profundo respeto y admiración por el Papa Francisco y, en lo personal, estoy a favor de la vida”.

Sin embargo, retractarse no fue suficiente y la decisión del PRO de frenar –amparo judicial mediante– los intentos de la Santa Sede por auspiciar a Francisco como mediador entre Macri y Cristina en el traspaso de mando, incrementaron la rispidez.

Desde lo simbólico, no faltó quien señalara los encuentros de hasta tres horas con Cristina Fernández de Kirchner en Santa Marta, la residencia privada de Francisco, mientras que para Macri el lugar elegido haya sido el Palacio Apostólico, donde ingresan todos los jefes de Estado que visitan al Papa.

Los primeros rumores de críticas del Papa a la actual gestión hacían referencia a una de las primeras medidas, el denominado “protocolo antipiquetes”, aparentemente percibido desde el Vaticano como un retorno a la represión de las protestas sociales. El punto álgido de la cuestión se cristalizó en el rosario bendecido que llegó desde Roma para Milagro Sala, dirigente jujeña líder de la agrupación kirchnerista Túpac Amaru, apresada sin pruebas contundentes ni una condena firme siguiendo la línea de los organismos internacionales.

El Papa también recibió en mayo del pasado año a Hebe de Bonafini, cabeza visible de la agrupación Abuelas de Plaza de Mayo, con una perspectiva que se sitúa en las antípodas de la visión de derechos humanos de los funcionarios de Cambiemos. De esta forma y, a pesar de los intentos del oficialismo por mantener buenas relaciones diplomáticas con el Vaticano, la actual gestión no destaca por contar con el beneplácito papal.

Los últimos trascendidos señalan que el primer Papa argentino tampoco visitará su país natal durante el 2017, no solo por la fría relación que mantiene con la actual gestión, sino también para evitar ser utilizado políticamente por propios y extraños en un año electoral clave.

Perú

Pedro Pablo Kuczynski, el actual presidente peruano, supo interpretar desde su asunción el pasado año las demandas por una mayor modernización en la sociedad peruana. Su liberalismo se evidencia tanto en su proyecto económico como en el ordenamiento social. Esto lo ha llevado a tener ciertas rispideces con el clero local en lo referente a medidas controversiales para la curia. Un ejemplo es el fallo del poder judicial que ordena la distribución gratuita de la “píldora del día siguiente”. Ante la disposición judicial, PPK se mostró imparcial sin oponerse a la resolución del Tribunal. En sus declaraciones ironizó acerca de una supuesta “consulta” al cardenal de Lima, Juan Luis Cipriani. Este sería el puntapié inicial de una disputa que continuaría por otros medios.

Desde su campaña PPK se manifestó a favor de impulsar el matrimonio civil entre personas del mismo sexo, lo que fue percibido como una “ofensiva homosexual” para los sectores tradicionalistas –mayoritarios en el Perú–. En 2014 Kuczynski citó al Sumo Pontífice para reivindicar su postura, recordando que fue el propio Francisco quien se cuestionó, “¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales?”. Aunque la frase fue tergiversada y sacada de contexto, la ambigüedad resultó efectiva.

Ya en el Gobierno y en lo concerniente al proyecto de ley que busca aprobar la unión civil –no matrimonial– impulsada por la bancada oficialista de Peruanos por el Kambio, el mandatario se pronunció contrario a la propuesta del Cardenal Cipriani para someter a referéndum dicha medida. El presidente de Perú consideró que no hay necesidad de una consulta popular, esgrimiendo que la Constitución peruana apoya la libertad.

Contrariamente la lideresa de la oposición, Keiko Fujimori, buscó nuclear la adhesión de los sectores evangélicos. Cabe destacar que en mayo del pasado año y en su rol de candidata presidencial presidió un evento en el Coliseo Amauta para lograr el apoyo del ala integrista evangélica. Allí se manifestó expresamente reticente a la unión civil así como también a la adopción por parte de parejas del mismo sexo y el aborto en todas sus causales. En este último punto contó con el apoyo del Papa, quien envió su bendición a la Marcha por la Vida realizada en lima en marzo del pasado año. El compromiso pactado incluía, además, la defensa de la familia, conformada exclusivamente por un varón y una mujer. La vinculación entre el fujimorismo y los sectores evangélicos tiene su origen en la década del ‘90, bajo la égida de los gobiernos de Alberto Fujimori, herencia política que se traduciría en un acercamiento de los mismos a la primera candidatura presidencial de Keiko Fujimori en 2011[1].

La moción de censura y posterior expulsión del ministro de Educación, Jaime Saavedra –propiciada por la oposición en general y el fujimorismo en particular–, que enfrentó al presidente y a la lideresa de la mayoría parlamentaria, culminaría precisamente con la mediación del Cardenal Cipriani. Simultáneamente, una creciente movilización ciudadana comenzó a manifestarse en contra de lo que de denominan “ideología de género”. La nueva ministra Marilú Martens, mantuvo una reunión con la Conferencia Episcopal Peruana en la cual ratificó el acuerdo suscrito con el Vaticano para mantener la formación religiosa en las escuelas públicas.

En 2016, año electoral que enfrentaría en segunda vuelta a Keiko y PPK el Papa evitó visitar al Perú, alegando no haber sido formalmente invitado por el Gobierno o la Conferencia Episcopal. Así, viajaría de Ecuador a Bolivia atravesando el cielo peruano pero sin aterrizar en el país. Es sabido que Francisco prefiere no visitar países en vísperas electorales.

Brasil

El agitado contexto político del 2016, que culminaría en el impeachment a la mandataria electa Dilma Rousseff, no estuvo exento de las preocupaciones papales. La propia Dilma confirmó los trascendidos sobre una carta no oficial enviada por el Sumo Pontífice. A pesar de las reservas de la ex mandataria, el gesto ha sido interpretado como un signo de solidaridad hacia ella.

La Conferencia episcopal brasileña había manifestado ya tiempo atrás su sorpresa frente a la efervescente crisis institucional. No faltaron obispos que hicieran públicas sus críticas al impeachment y exhortaran a la clase dirigente por la unidad del país, al mismo tiempo que condenaban los casos de corrupción que habían cobrado cobertura mediática.

En la exposición de las posturas de parlamentarios que votaron a favor del juicio político, “Dios” estuvo sobrerrepresentado[1]. En el Congreso, la mayor parte de los 75 diputados federales y tres senadores evangélicos que apoyaron la suspensión de Rousseff lo hicieron votando en nombre del Todopoderoso. El presidente sustituto Michel Temer, también evangélico, expresó en el discurso de investidura de los ministros su voluntad de hacer un “acto religioso con Brasil”[1] y volver a los “valores fundamentales”. Las posturas conservadoras, buscan fidelizar al 22% de los brasileños que se reconocen miembros de dicha confesión.

Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), en 1970 el 92% de la población se declaraba católica; en 2010 apenas lo hace un 64,6%[1]. Pese a que Brasil aún retiene una mayoría católica, al tiempo que es el país con mayor número de fieles del mundo, la clase política tiene cada vez más miembros del poderoso sector evangélico. Brasil parece haberse convertido en un escenario clave de la lucha del Vaticano para evitar perder influencia y fieles. En 2013, el país recibió la visita de dos Papas –Benedicto XVI y Francisco– simultáneamente, un estudio indicó que el país alcanzó su menor nivel de adeptos al catolicismo jamás registrado. Iglesias como la Asamblea de Dios o la Iglesia Universal, ambas dirigidas por multimillonarios pastores-magnates, captan almas e influencia a toda velocidad.

El voto evangélico es seducido en cada campaña por los candidatos de los diferentes partidos, y sus diputados consolidan alianzas y bloqueos políticos para evitar leyes de corte más liberal como la legalización del aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Sin embargo, durante conversaciones del Papa con los responsables del Celam (Consejo Episcopal Latinoamericano) el pasado mayo, se mencionó la preocupación del Vaticano frente a los problemas sociales de América Latina. El aumento de la pobreza y las tensiones existentes en varios países fueron utilizados para describir contextos tan disímiles como Venezuela, Bolivia, Brasil y Argentina. Sin embargo, Francisco habló de posibles “golpes de Estado blandos” que podrían ocurrir en algunos países.

Luego de la destitución de Rousseff el Papa Francisco llamó a orar a la Virgen de Aparecida –patrona del Brasil– para que protegiera “a todo el pueblo brasileño, en este momento triste”. Francisco también invitó a rezar para que la Virgen de Aparecida protegiera a los más pobres, a los descartados, a los ancianos abandonados, a los niños de calle y a los que caen en las manos de los explotadores de todo tipo y para que salve a su pueblo con la justicia social y con el amor de Jesucristo”[1].

Buscando lograr cierta simpatía papal, Temer afirmó tener las mismas preocupaciones que Bergoglio. Sin embargo, es evidente la falta de “feeling” entre ambos. Recientemente y tras los motines en las cárceles de Brasil, el Sumo Pontífice afirmó que las prisiones deben ser “dignas para las personas”[1]. Francisco se mostró afligido y criticó las penitenciarías como lugares superpoblados, que no logran rehabilitar a su población.

Chile

El caso chileno es uno de los que mejor ejemplifica las ambigüedades del Vaticano, que gracias a la llegada de Bergoglio ha manifestado un acuciante progresismo político, en contradicción con la tradicional visión conservadora de la curia. En junio del año pasado, el Papa Francisco recibió en su biblioteca privada del Palacio Apostólico a la presidenta Michelle Bachelet. La reunión estuvo signada por la discusión en torno a la reforma de la ley del aborto, la cual prevé despenalizar la interrupción del embarazo en tres causales: riesgo de vida de la madre, violación e inviabilidad del feto. La misma ha sido duramente cuestionada desde diversos sectores de la Iglesia local, aunque recientemente fue aprobada por el Parlamento en enero de este año.

Otro tema crucial de la relación Chile -Vaticano es el guiño que Francisco realizara en su visita a Bolivia. Durante la misa brindada en la Catedral de La Paz, enmarcado en su visita al país andino, el Sumo Pontífice se manifestó en lo concerniente al reclamo impulsado por el presidente Evo Morales ante La Haya sobre la histórica reivindicación de salida al mar para Bolivia. El Papa sutilmente reflexionó: “Estoy pensando en el mar: diálogo”[1]. Francisco consideró, además, que los anhelos marítimos bolivianos son justos.

Ecuador

Francisco visitó Ecuador en julio de 2015, a pesar de las acusaciones a Correa por la supuesta utilización política del Papa, lo cierto es que en su alocución citó muchas veces al Sumo Pontífice acerca de sus posturas a favor de la inclusión. Llegando a bromear: “Los argentinos presumen de que el Papa es argentino y en Brasil aseguran que Dios es brasileño, vale, el Papa es argentino y puede que Dios sea brasileño, pero Ecuador es el Paraíso, donde todos son bienvenidos”[1].

La oposición intentó usar a Francisco, sin ir más lejos el banquero Guillermo Lasso tendenciosamente interpretó el breve discurso Papal como un gesto de crítica al oficialismo, señalando mediante su cuenta de Twitter: “El Papa lo ha dicho: “el pueblo ecuatoriano se ha puesto de pie con dignidad”. ¡Viva el Papa!”. No obstante, algunos días antes de la visita Papal, Lasso intentó sin éxito ganarse la simpatía del Vaticano saludando a Francisco nada menos que por el día del padre. Algunos representantes del clero raídamente aclararon que el tweet no hacía referencia a una literal paternidad del Sumo Pontífice sino a una grosera errata del político.

Sin embargo, las últimas declaraciones de Francisco sobre la región se encuentran mucho más en consonancia con el tácito apoyo a los gobiernos progresistas de Latinoamérica. Por medio de una entrevista concedida a El País, Bergoglio sentenció: “El problema es que Latinoamérica está sufriendo los efectos de un sistema económico en cuyo centro está el dios dinero, y entonces se cae en las políticas de exclusión muy grande. Y se sufre mucho. Y, evidentemente, hoy día Latinoamérica está sufriendo un fuerte embate de liberalismo económico fuerte, de ese que yo condeno en Evangelii gaudium cuando digo que “esta economía mata”[1].

Cuba

En septiembre de 2015 el Papa Francisco visitó Cuba. Cabe recordar que Juan Pablo II fue el primero en visitar la isla cuando aún Fidel Castro era el presidente –durante el ‘período especial’, tras el fin de la URSS– y que Benedicto XVI fue también recibido por Raúl Castro.

Sin embargo, la inclusión de Cuba en la agenda de Bergoglio coincidió con el restablecimiento de relaciones entre La Habana y Washington, proceso de acercamiento donde el Vaticano tuvo un papel destacado. Además, la visita del Papa Francisco coincide con la celebración del 80° aniversario del inicio de las relaciones diplomáticas entre Cuba y la Santa Sede. Francisco jugó un papel clave en las negociaciones que llegaron a buen puerto en diciembre de 2014. Tras varios meses de encuentros en secreto, y luego de que Bergoglio enviara cartas tanto a Barack Obama como a Raúl Castro ofreciendo la Santa Sede como zona neutral para negociar el restablecimiento de relaciones, el histórico acuerdo tuvo lugar.

Tras oficiar la misa en la Plaza de la Revolución, el Papa saludó a Raúl Castro y a Cristina Fernández de Kirchner –a tan sólo dos meses de los comicios electorales en Argentina–, quienes escucharon la ceremonia desde la primera fila. Posteriormente, el Papa se dirigió a la residencia de Fidel Castro, donde ambos se encontraron en presencia de la esposa del líder, Dalia Soto del Valle, así como sus hijos y nietos, según informó el portavoz del Vaticano, padre Federico Lombardi.

Ante el fallecimiento del líder de la Revolución Cubana en noviembre del pasado año, Francisco calificó el suceso como “una triste noticia” y envió sus condolencias a su familia y al pueblo cubano mediante un telegrama dirigido a Raúl Castro, presidente de Cuba y hermano del fallecido líder.