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Los “expertos” no contemplaron la variable “pueblo” en sus modelos econométricos. Todo estaba bajo control hasta que la mayoría ciudadana griega respaldó una propuesta política diferente a la de la troika. La democracia tiene este tipo de caprichos: depende de la voluntad de su pueblo. La economía sin política corre siempre el riesgo de descuidar esta particularidad creyendo que todo gira en torno a dogmas incuestionables, sin cabida para referéndum. Y resulta que no. Resulta que a un país de la periferia europea, Grecia, se le ha ocurrido la trasnochada idea de consultar a su ciudadanía por qué camino seguir: 1) continuar con lo realizado por parte de los gobiernos anteriores (caída del caída del 25 % del PIB, 26% de desempleo, 52% de desempleo juvenil, 45% de pensionistas pobres y 40% de los niños bajo el umbral de la pobreza); ó 2) intentar otra forma de hacer las cosas aunque éstas no sean ni mucho menos fáciles dado que se arrastra una deuda elevadísima (social y financiera) y con múltiples ataduras en el seno de la propia UE.

Contado así, parece natural que los griegos hayan decidido abogar por la opción “más vale lo desconocido que lo malo conocido”. Ni los medios hegemónicos ni las encuestas lograron convencer a la mayoría. El No venció al Si por más de 20 puntos. Este hecho sorprende a propios y extraños porque en casi 70 años de historial oficial del FMI, ningún país del primer mundo había llegado a este escenario. Es la primera vez que un país-satélite en la zona central decide desacatar una orden dada. La periferia europea se revela así contra su centro de gravedad en la misma línea de lo que ha venido aconteciendo desde hace unos años en muchos otros países de la llamada periferia mundial. La diferencia estriba en que esta vez quien desobedece está inserto en uno de los epicentros mundiales, es decir, en la zona euro. A la periferia-absoluta (afuera de los países centrales) se le suma a periferia-relativa (adentro) en este intento de emanciparse. La rebelión de las periferias caracteriza indudablemente a este cambio de época del siglo XXI. Lo que Marx llamaba el viejo topo está emergiendo crecientemente en estos años en los que el capitalismo mundial deja demasiadas heridas sin suturar. Ese topo, hoy llamado Grecia, irrumpe desde las resistencias subterráneas negándose a seguir bajo el mandato de lo que determina Alemania. Lo que ayer era de sentido común, ahora ha dejado de serlo.

Lo excepcional de este caso es que Grecia lo hace desde las propias entrañas de la Unión Europea y no por afuera. Pero son muchos los países que en este siglo se han unido sucesivamente a ese otro espacio económico-político no controlado desde el norte. Ese nueva zona geoeconómica sigue sumando socios que progresivamente van tejiendo nuevas alianzas por afuera del hegemón y de sus anillos centrípetos. Esa suerte de gran periferia conforma en la actualidad nuevos polos constituyentes de otros pivotes geopolíticos no tradicionales. Los BRICS son el mejor ejemplo, pero también lo es Unasur o la CELAC en América latina; el G77 más China, las nuevas alianzas en Africa. Seguramente la Europa mediterránea no se quedará atrás. Grecia ha abierto las puertas, no para salir de Europa sino para que Europa sea realmente Europa y no un eufemismo que sirve como disfraz para que el gran capital transeuropeo se esconda detrás de él. Este cambio de época iniciado en Europa, de la mano de Grecia, abre una oportunidad histórica para que el Sur deje su rol periférico.

Europa está en disputa. Y los del Norte lo saben. Lo que está en juego no es exactamente la cuota-Grecia en el pastel europeo porque apenas representa el 2% del PIB, ni tampoco el valor de la deuda griega. Lo verdaderamente sustantivo es saber si la UE tiene todavía capacidad para revivir su modelo fallido y el FMI puede salir indemne de esta mancha en su currículum; o si por el contrario, ambos saldrán renqueante irreversiblemente de este envite perdiendo legitimidad en el tablero mundial. Grecia comienza a escribir su propia Historia, reinsertándose soberanamente en el mundo, siendo parte de un nuevo Sur no periférico. La victoria del No en Grecia es realmente lo más cercano al Sí se puede.