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Desde tiempos remotos las diferentes regiones del planeta han mostrado una notable dinámica en sus trayectorias, exhibiendo ciclos de ascenso, apogeo y caída con una gran variedad de matices. Dentro del transcurrir de la historia, en cada momento podemos encontrar una instantánea que muestre la coexistencia de unos espacios repletos de opulencia y otros de miseria, de algunos territorios vacíos y otros ocupados con densidades diversas de personas y actividades. Contrastes y polaridades donde se enfoque la lente.

Entendemos, que el territorio, como lugar donde las personas se desarrollan, es un espacio construido socialmente, dinámico y conflictivo, resultado de las tensiones en las que se expresan las acciones que responden a intereses de diferentes escalas territoriales. Asumimos el territorio como una conformación geográfica permeada por el ambiente físico, los grupos sociales que lo habitan, su estructura económica y la institucionalización del poder político. La combinación en diferentes grados de esas dimensiones, van perfilando diversas identidades territoriales y las interacciones recíprocas entre esos cuatro atributos van definiendo sus trayectorias.

Así, podemos identificar territorios que combinan estructuras productivas especializadas en la  industria, el turismo, la agricultura, el petróleo, las finanzas, etc.; con ambientes de democracia liberal, con régimen parlamentarios o presidenciales, reinados, califatos, y otras formas de legitimación de la autoridad política; y actitudes más propensas a generar o aceptar innovaciones económicas y políticas o a conservar el orden establecido.

Como es evidente, de las posibles combinaciones surge una diversidad de territorios que hace imposible, y estéril, su descripción taxonómica, aunque atravesando la diversidad emergen y se consolidan procesos hegemónicos que configuran recortes territoriales, viabilizando o vetando intervenciones políticas sobre ellos.

Este proceso hegemónico, que se manifiesta en diferentes escalas territoriales, se encuentra fuertemente determinado por el rol asignado a los territorios en la División Internacional del Trabajo (DIT).

El escenario latinoamericano ha evidenciado una articulación subordinada de sus territorios a la DIT, generando un uso de los espacios subnacionales que les define o condiciona su trayectoria.

Nuestras investigaciones nos aportan elementos para comprender el rol que estas hegemonías desempeñan en la institucionalización de una política de desarrollo regional.

En tal sentido, encontramos que una matriz hegemónica puede:

  • legitimar una trayectoria con escasas transformaciones y débiles integraciones regionales en las cadenas de valor desplegadas en los espacios regionales,
  • aceptar acríticamente tecnologías que, si bien impactan sobre la productividad, lesionan derechos o condiciones de vida, y;
  • viabilizar vectores de transferencia extra-regional de excedentes.

Las variantes regulatorias con las que los estados nacionales del subcontinente fueron diferenciando su inserción a la DIT, apenas lograron matizar sus identidades territoriales, cuyas diferencias tienen más relación con la dotación de recursos naturales que con otros atributos constitutivos de esa identidad.

De ello, naturalmente, se desprenden características comunes en la estructura y funcionamiento de sus economías, destacando la desarticulación funcional de sus aparatos productivos, la dependencia de los productos primarios como generadores de divisas y una fuerte pulsión a transferir excedentes al exterior. Esta dinámica ha abortado recurrentemente los intentos de crecimiento liderados por procesos democratizadores del consumo, a la vez que ha condenado a penurias y postergaciones a territorios y personas que no se vinculan con el sector primario exportador o con el financiero que ha aportado al endeudamiento con que se solventaron los procesos de reconversión involutiva del desarrollo.

Las experiencias neoliberales han dado testimonio recurrente de su fracaso en la mitigación de las disparidades territoriales y las desigualdades en las condiciones de vida de las personas, lo que fortalece la necesidad de institucionalizar proyectos políticos y económicos que, además de la decisión de disputar recursos y territorios a los poderes hegemónicos consolidados, comprometan vocación y calidad de gestión estatal y recursos económicos.

La falta de vocación, por negligencia o por definición política, deja liberados los territorios a la lógica individual y privada, conducida por intereses que, muy pocas veces, coinciden con las necesidades regionales, convirtiéndolas, con más frecuencia, en eficientes enclaves o en desiertos de interés. La deficitaria calidad de la gestión estatal institucional conduce a ineficientes intervenciones que, no sólo pueden malgastar recursos, sino fundamentalmente defraudar expectativas condicionando su continuidad. El requisito de la disponibilidad de recursos presupuestarios se funda en la natural necesidad de financiamiento de cualquier política, bien representada en la expresión popular “Sin dinero no hay buena política, aunque la disponibilidad del dinero no garantiza buena política”.

Estos son, por supuesto, los prerrequisitos para la construcción de una política regional que, además de integradora y equitativa, debiera ser emancipadora. Lo que completa su diseño, detalles técnicos de menor jerarquía política, aunque exceden el espacio de esta reflexión, ameritan su visibilización en el debate regional y, seguramente, serán el material de las próximas.