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Pocas dudas existen respecto a que la autorregulación del mercado financiero para un país tiene consecuencias similares a las del juego de la ruleta rusa para un individuo. Hasta el mismísimo zar de la Reserva Federal Norteamericana y arquitecto de la desregulación financiera, que condujo al colapso de 2008, Alan Greenspan, parece estar reconsiderando su confianza en el interés propio y los mercados autorregulados.

“He cometido un error presumiendo que el interés propio de las organizaciones, específicamente de bancos y similares, era tal, que estas organizaciones eran las más competentes para proteger a sus propios accionistas y sus activos en las firmas”[1]

Menos dudas caben acerca de lo nocivo que puede ser para el mundo el mercado financiero desregulado. Si el interés propio, sin regulación que lo contenga como medio de organización de las finanzas de un país, lo conducirá más temprano que tarde al colapso, es más que seguro que llevado a escala internacional el colapso es más probable, más rápido y más pernicioso. ¿Por qué es esto así? Al menos por dos razones. La primera es porque es más fácil regular una entidad bancaria nacional que una extranjera, porque la extranjera, además de contar con su propio poder de fuego financiero, cuenta con redes internacionales de soporte, de cabildeo y el apoyo de su propia embajada. Otra razón es que los empresarios nacionales pueden tener más elementos de arraigo con el país, ya sea por vínculos familiares y personales, apegos materiales como propiedades, o hasta nacionalismo o empatía con el resto de la sociedad, que son apegos de los que carecen las entidades extranjeras.

Es así que la banca extranjera juega un papel desestabilizador en las economías internas, contribuyendo a la fuga de capitales, la especulación cambiaria y la evasión impositiva. El ciudadano de a pie, víctima de la propaganda engañosa y la invasión cultural que abruma nuestras pantallas de televisión, tiende a pensar que la banca externa es un muro de seguridad frente a las crisis financieras en Latinoamérica. Sin embargo, nada está más alejado de la realidad como lo aprendieron los argentinos que depositaron sus dólares ahorrados en instituciones como el Boston o el City Bank y en 2002 solo les devolvieron fracciones de este dinero. EEUU, cuando era un país en desarrollo, también tenía muy claro este papel desestabilizador de la banca externa y no solo prohibían la existencia de entidades financieras extranjeras y prohibían la existencia de directores extranjeros en la banca nacional, sino que también les exigían a los directores estadounidenses que no representaran intereses externos.

El debate sobre si las crisis financieras son endógenas o exógenas, es decir, si son inevitables porque las desarrolla el propio sistema, o si por el contrario, nacen como consecuencia de choques externos, como por ejemplo fallos de política, ha sido zanjado con la evidencia aportada por la reciente crisis internacional que coincide con uno de los períodos de menor regulación de la historia monetaria global.

Como hemos explicado en dos notas anteriores (“Las consecuencias económicas de la dolarización” y “¿Quién gana con la dolarización?”), la falta de coordinación monetaria internacional no solo está sembrando el planeta de dólares que el gobierno norteamericano nunca podrá devolver al precio actual (valuado en bienes), sino que además es una fuente de la inestabilidad recurrente que afecta la economía global y debilita las economías domésticas de los países en desarrollo. La perversidad de la arquitectura financiera vigente queda de manifiesto con el hecho de que los países pobres son los que le aportan financiamiento a los países desarrollados, y no al revés como sería de esperar si se aspirara mínimamente a lograr una convergencia en los niveles de desarrollo entre países. El flujo “al revés” de los capitales es de tal magnitud que los países avanzados pueden mantener en conjunto un déficit de su cuenta corriente (del -0.9% del PIB entre 2002 y 2008, y del 0.4% entre 2009 y 2013 de acuerdo al FMI), mientras que los países pobres están obligados a mantener superávits (del 3.1% entre 2002 y 2008 y del 1.4% entre 2009 y 2013). Tan relevante es esta cuestión que tiene nombre y apellido, la Paradoja de Lucas.[2]

Dos caminos pueden liberarnos del problema actual. Uno consiste en rediseñar el sistema financiero global. Pero como lograrlo involucra el apoyo de quienes serían los principales perjudicados de este rediseño, es decir, los EEUU y la Unión Europea (que controlan las dos principales instituciones financieras internacionales, FMI y Banco Mundial, y son quienes más se lucran con la emisión de las dos monedas de transacción y de reserva internacional), es de esperar que no actúen en contra de su interés inmediato y nunca apoyen con sinceridad los esfuerzos de coordinación monetaria global. El segundo camino consiste en buscar alternativas individuales o que involucren una cooperación regional.

Sobre el primer camino, el rediseño del sistema financiero internacional, han existido propuestas de gran calado. Keynes, en primer lugar, propuso la creación de una “Unión de Clearing Internacional”, con la creación de una moneda internacional, el Bancor. Los países establecerían el tipo de cambio entre sus monedas y el Bancor. La propuesta involucraba penalidades para quienes tuvieran desbalances significativos en sus cuentas corrientes, ya sean déficits o superávits, y pre-establecía mecanismos automáticos y no automáticos de corrección. Por ejemplo, si el déficit excedía una cuarta parte de la suma de sus exportaciones e importaciones promedio anuales, el país tendría que devaluar un 5% su moneda y pagar un 1% del monto de desbalance que iría a constituir un fondo común (de propiedad de la Unión de Clearing). Los países superavitarios también tendrían que realizar ajustes sobre la economía real, ya sea elevando salarios, apreciando su moneda, reduciendo sus tarifas, prestándoles a los países pobres o aumentando la demanda interna, Igualmente sufrirían la misma penalidad del 1% por el desbalance. Este diseño institucional desacopla la oferta mundial de dinero de reserva y transacción internacional de la moneda nacional de cualquier país. Ninguna moneda nacional sería una moneda de reserva, es decir, que se desdolarizarían (o deseurizarían)[3] las finanzas internacionales y, además, la Unión generaría ingresos por señoreaje y multas que podrían ser utilizados para solventar bienes públicos globales.

Se han presentado otras propuestas que avanzaron sobre esta inicial de Keynes, entre las que destacan las de Paul Davidson y las de Greenwald y Stiglitz. Todas comparten el objetivo de desacoplar la oferta de dinero para transacciones y reservas internacionales de la moneda de un país en particular, el de penalizar a los países que sostengan superávits continuos y el de proveer a la economía mundial de un activo con un valor más estable que la moneda de un país como el dólar de EEUU.

De todos modos, a pesar de que estas propuestas de rediseño institucional del sistema financiero son totalmente factibles, podemos calificarlas de “utópicas” porque ninguna será implementada debido a que los perdedores que generarían, básicamente quienes hoy emiten moneda transaccional y de reserva internacional, esto es EEUU y la UE, son quienes nunca apoyarán esta iniciativa.

Así, mientras el mundo tenga esta dirigencia global irresponsable, no se implementarán estas propuestas superadoras de la situación actual, lo que significa que los países de Latinoamérica deben avanzar por el segundo camino, el de explorar alternativas individuales o de coordinación regional, que exploraremos en un siguiente artículo.

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[1] “I made a mistake in presuming that the self-interests of organizations, specifically banks and others, were such as that they were best capable of protecting their own shareholders and their equity in the firms.” House Oversight and Government Reform Committee, Oct. 23, 2008

[2] En referencia al Nobel Robert Lucas, quien planteó la paradoja en el artículo “¿Por qué el capital no fluye desde los países ricos a los países pobres?” en un artículo de 1990.

[3] Debemos notar que el euro tiene la aspiración de competir con el dólar como moneda transaccional y de reserva internacional, no representa un cambio de sistema sino un cambio de rentista.