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Afirmar que la inflación es una cuestión económica de gran preocupación es demasiado baladí. A cualquier persona de bien le preocupa que haya incremento generalizado de los precios de bienes y servicios que son consumidos mayoritariamente por la población. No es un tema para mirar a otro lado, ni para que pase desapercibido. Es indudable que la inflación no le gusta a nadie, ni al pueblo, ni al gobierno bolivariano que siempre ha sido cuidadoso en pro de mejorar y garantizar el nivel de vida digno para este pueblo, en lo económico y social, sin importar si vota por el chavismo o no. Todos han de acordarse cómo Chávez tomó de la mano a una Venezuela endeudada socialmente, con una inflación promedio anual del 34% en las décadas perdidas neoliberales, incluso con picos por encima del 100% en algún que otro año. Fue el mismo Chávez quien puso en práctica un nuevo paradigma económico humanista y pos neoliberal, gracias a un nuevo pacto, no un pacto por arriba, sino con un pacto por abajo, de fuerte compromiso popular. La nueva economía centró su atención en la cotidianidad económica necesaria para que todos, sin excepciones, lograran vivir bien, para que a medida que fueran pasando los años, se viviera mejor. Así se dijo, y así se hizo. Chávez consiguió aumentar las condiciones de vida de la mayoría social para que los años siguientes se constituyeran en una década ganada que puede ser comprobado en infinitos datos económicos y sociales de cualquier organismo internacional. En la inflación, también se logró el objetivo; hasta mitad del año 2013, la inflación promedio anual de esta década ganada fue la mitad que la inflación en esas décadas pérdidas de la larguísima noche neoliberal. ¿Cómo se logró? Se consiguió no atendiendo al mandamiento de Washington que sacraliza una relación estúpida entre más gasto público conlleva más inflación. La economía afortunadamente no es una ciencia exacta ni ingenieril. Uno más uno, no siempre es igual a dos. Venezuela no gastó públicamente; lo que hizo fue invertir socialmente a favor de mayorías que habían padecido inhumanamente precisamente las políticas de desajuste y desestabilización del orden económico hegemónico con recetas de peor remedio que la propia enfermedad. La inversión social en Venezuela creció sin paragón en su historia mientras que la inflación se redujo hasta llegar por ejemplo en el primer trimestre del 2012 al 3,5%, dando un valor anual a fines del año 2012 de 20,1%. En efecto, el gobierno bolivariano consiguió crecer repartiendo sin generar más inflación, sino todo lo contrario, desacelerándola a pesar del incremento sostenido en los salarios. Por tanto, otro dogma neoliberal que no se satisface: puede haber incremento de salarios sin que haya inflación. No sirven los credos sino las explicaciones complejas en esta materia. La inflación no es una cuestión sencilla de abordar aunque los medios dependientes de la hegemonía neoliberal cacaraqueen frases hechas para explicar lo inexplicable. Amparándose en condiciones de experto, se sienten por encima del bien y del mal, usando cualquier caja negra –a veces muy ensuciada- para aseverar cualquier conclusión precocinada. El objetivo es crear un nuevo tempo de la pos política, en la que la técnica puede acabar confirmando cualquier relación. Por ello, interesa pretendidamente que la inflación sea siempre explicada a partir de la demanda, esto es, siempre buscando que la responsabilidad caiga en los salarios, en la inversión social, en el vivir bien del pueblo. Pero no, la inflación es una ecuación de economía política, en la que las culpas están en la estructura económica concentrada que permite a muy pocos detentar poder de mercado para marcar precios. Inflación es sinónimo del resultado de una puja distributiva en la que pugnan un capital privado concentrado que desea el máximo beneficio posible frente a un pueblo con capacidad adquisitiva. El consumo en Venezuela también se ha democratizado gracias a la transformación económica bolivariana. El ritmo de éste proceso de reenclasamiento positivo siempre es infinitamente superior al desafío de hacer crecer la oferta nacional en términos productivos. La prioridad fue sustituir importaciones de bienes básicos, y así se hizo. Pero luego, gracias al vivir mejor de la mayoría del pueblo venezolano, las demandas no eran exclusivamente de esos bienes básicos, sino de otros bienes nuevos, y en consecuencia, la demanda de éstos eran satisfecha en su mayoría gracias a un emergente, y cada vez más poderoso, sector empresarial privado importador de esos mismos bienes. El rentismo privado importador del S.XXI se filtraba así en la fiesta económica bolivariana a favor de la mayoría del pueblo. Está en esta cuestión una de las grandes causas de la creciente inflación en estos últimos dos años: el poder importador del sector privado, con su consiguiente demanda de dólares, se siente poderoso y determinante en la economía para seguir aumentando beneficios a costa de incrementar precios, y además, todo tiene lugar en un nuevo intento de golpear a la democracia después de la partida física de Chávez. La inflación es un arma de destrucción masiva capaz de ser tan efectiva como cualquier golpe de estado. El sector empresarial privado lo sabe, y lo utiliza. Y es capaz de poner en jaque a la economía con una inflación anual por encima del 50% con una guerra económica que dura muchos meses. A ellos poco o nada les importa si esto se produce a costa del pueblo. Pedirles bondad es pedir peras al olmo. Frente a ello, será el gobierno bolivariano quien nuevamente tenga que hacer un salto adelante como hiciera Chávez después del año golpista 2002. Esto es, el enemigo es responsable, pero la solución solo puede venir de filas adentro de la revolución bolivariana. Por tanto, será necesario conocer todo el entramado explicativo de la inflación, no por la vía de la demanda, sino por la vía de la producción y la importación, para acometer las acciones oportunas en este sentido. Sea con nuevas empresas públicas, o mixtas en su defecto, para importar, para mejorar también los canales de distribución y comercialización, como en su momento fuera Mercal en el año 2003. Ahora quizás sea momento de pensar como Chávez, más que nunca, para ingeniar bolivarianamente aquella otra Misión Importadora-Productora para este otro momento histórico después de tanta guerra económica. Habrá que buscar cómo acelerar y priorizar el intercambio comercial usando la posición privilegiada de Venezuela en la vigente transición geoeconómica. Será requisito pensar más en la política económica real, la tributaria, la financiera, para que se sintonicen virtuosamente con esta nueva política productiva. Al igual que en su momento se creó un Estado de las Misiones, será necesario quizás pensar ahora en un nuevo Estado de la Producción para combatir la inflación.

Publicado en Correo del Orinoco