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No hay peor arena movediza para un espacio político que la desconfianza social. Menos cuando está vinculada al dinero público. Money is money. Pero no solo son billetes. El dinero público encierra el vínculo social que produce su gasto. En parte nos relacionamos a un espacio político por la manera en que invierte su dinero. Nos gusta verlo. Y ese voyeurismo porno-capitalista se agudiza cuando se trata de la administración del Estado. The public money is a political link.

El ex funcionario López es encontrado con un baúl lleno de dinero cuando se disponía a esconderlo en un convento. Allí está en vivo -a través de las cámaras de televisión- el vínculo entre las personas y un espacio político que gestionó el Estado. La sorpresa social se difumina con una velocidad inaudita. Ven!!! Eran unos chorros, escriben varias personas en las redes. Unos se autoconfirman en la sospecha y otros manifiestan desilusión. Un chico en youtube se autofilma y “baja” el cuadro de Néstor Kirchner de un pequeño altar político que había construido en su casa. Se confiesa: –mi mujer nunca quiso esto. Lo dice como si las convicciones hubiesen estado por encima del reclamo privado y doméstico. Pero ese proyecto colectivo que ordenaba el mundo íntimo se mostró como oportunidad para el negocio de algunos individuos. El neoconservadurismo eleva a la máxima potencia su rápida antropología pesismista para entender la política: todos los políticos son una mierda.

La sospecha sobre lo político se reactualiza todo el tiempo ante hechos vinculados a la malversación de fondos públicos. No solo eso. La sospecha aterriza sobre un kirchnerismo al que ya le costaba despegar de una situación de fragmentación y debilidad. Ese ex funcionario se cargó sobre sí mismo las sospechas que existían, el clima posmoderno que observa la política como el territorio de oscuros intereses y deseos, y alentó a la oposición a sortear sus ineficiencias económicas con las imágenes de un baúl poblado de dinero.

El kirchnerismo se encuentra en el peor laberinto. Lo introdujo una piña que provino de un lugar no imaginado. Algunos dirigentes aprovecharon para salirse de su órbita. Se despegan y hacen fe de castidad.

A 6 meses de gestión, el gobierno ha desestructurado algunos avances sociales y mantiene el apoyo de cierta expectativa social al mismo tiempo que busca relegitimarse con lo más sórdido de la herencia kirchnerista. Todo neoconservador hecho y derecho se merece tener un López en la mesita de luz.

La astucia maquiavélica siempre es mejor que cualquier picaresca que advierta que al paraíso se arriba –a veces- por un sendero plagado de infortunios y malas acciones. El robo por parte del príncipe es aquello que siempre recordará el afectado. Sortear al Estado y a su poder fiscal es una práctica permanente y militante en la sociedad argentina. Un liberalismo silvestre y cotidiano se intenta “proteger” de la demanda estatal y si a esto añadimos  un baúl lleno de dinero transportado por un ex funcionario encargado de la obra pública, la cosa se complica. Asume otras valencias simbólicas y políticas.

El tembladeral recién ha comenzado. El kirchnerismo puede dejar de existir más por cuestiones vinculadas a la corrupción de algunos de sus funcionarios que por las memorias sociales y demandas que logró representar en la sociedad. Puede suceder cualquier cosa. Desde la profundización de la desafiliación política -acompañando la fragilidad de la época- a una especie de kirchnerismo “espiritual” que sospecha del kirchnerismo práctico.

Para todo lo demás existe un vademécum sociológico de hierro: la posmodernidad y la desestructuración de la creencia no perdonan.