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@salasrluis76

Este año se han producido dos eventos electorales bastante singulares. En uno de ellos, en Grecia: un gobierno convoca a referéndum a los ciudadanos de su país para que aprueben o desaprueben el plan de ajuste que se le imponía por parte de organismos multinacionales. Contra todo pronóstico y desafiando las presiones habidas y por haber, la población da un rotundo no, es decir, desaprueba las medidas. Sin embargo, al día siguiente, ese propio gobierno da un giro extraordinario en su postura. Y desafiando la voluntad popular que lo había respaldado sobradamente en lo que se supone era su propuesta, termina por claudicar y aceptarlas e imponerlas.

Ahora tenemos el caso argentino. Acá se trata de un proyecto político que en doce años de gestión, logró no solo sacar al país de las terribles condiciones en que lo encontró tras el desastre neoliberal de la década de los 90, sino que lo colocó en envidiable posición económica, social y política. Dicho proyecto asiste a unas presidenciales con una mandataria saliente que se va con uno de los índices de popularidad más altos de toda la historia. Y sin embargo, frente a un candidato que promete un “cambio” consistente, nada más y nada menos, que regresar a las mismas políticas que causaron el descalabro económico y social del país en 2001, pierde.

Y no vale decir que el candidato vencedor mintió o disfrazó sus planes. Por momentos lo hizo, pero en líneas generales tanto él como sus asesores fueron enfáticos en sus objetivos. Por lo demás, se trata de un candidato con una gestión de gobierno como alcalde bastante gris, con personajes cercanos involucrados en escándalos diversos, desde espionaje hasta corrupción. Uno de ellos incluso, que suena como muy probable ministro de Economía, es apoderado de cuentas con las cuales comprobadamente familias pudientes argentinas evaden impuestos y fugan capitales. Mientras que otros trabajan de manera pública y notoria para los fondos buitre. Se trata también de un personaje apoyado y rodeado por violadores de DDHH, que no han ocultado tampoco su intención de hacer retroceder todo lo que la justicia avanzó en esta materia durante la última década. Y sin embargo, ganó.

Tocará ahora enumerar y analizar las causas de esta derrota para el progresismo y victoria para la derecha. Particularmente pienso que el Frente para la Victoria cometió muchos errores de campaña, manejada de manera muy ambigua cuando no contradictoria. Algo debe haber influido también la gestión del propio Scioli en la provincia de Buenos Aires, histórico bastión del peronismo donde ganó por muy poco, siendo que en la diferencia entre el dos por ciento de diferencia que obtuvo y el ocho por ciento que se aspiraba, caben perfectamente los 700 mil votos con que se perdió. Del lado de los haberes de la derecha se repite la tendencia de otros países de la región donde ésta logra imponerse en los principales distritos urbanos. El caso de Córdoba es emblemático: se trata del feudo de los oligopolios sojeros que ahora aspiran a la eliminación de las retenciones impositivas y la tan anunciada devaluación que multiplicará sus fortunas en pesos a costa del resto de la población. Allí Macri obtuvo un 70% de votos.

El tema urbano es importante destacarlo porque más allá del discurso condenatorio que hace referencia a las oscilaciones suicidas del voto clasemediero (de Macri alcanzar a hacer todo lo que prometió, los sectores medios que lo votaron saldrán espacialmente perjudicados), existe una realidad que los procesos de cambio progresista en América Latina deben todavía saber descifrar: cómo entender y dar respuesta a las nuevas demandas sociales, que ya no son las del comienzo de estos procesos. Y es que para decirlo como los sociólogos del riesgo o los burócratas de la OTAN, en este aspecto el progresismo latinoamericano sufre las consecuencias no deseadas de sus propios éxitos: habiendo sacado a millones de la pobreza y evitado que otros tantos millones caigan en ella, el imaginario de buena parte de esos millones de personas es usufructuado por una propuesta de “cambio” que, peligrosamente, amenaza con regresarlos a la precarización de las décadas perdidas de los ochenta y noventa que, o ya olvidaron, o simplemente no vivieron porque se trata de nuevas generaciones nacidas en la década ganada.

De todos modos, hay que decir también que el camino que enfrenta Macri tampoco le será fácil. En primer lugar, ese 48% de la población que lo votó en contra es mucho más politizado y consistente que el 52% que votó a su favor. Por lo demás, será minoría en el Congreso y también entre los gobernadores de provincia, la mayoría de ellos del FPV. Es de esperar que Macri contará con todos los apoyos habidos y por haber del lado de los organismos multilaterales y del mismisimo gobierno norteamericano, enemigo declarado del kirchnerismo y que claramente percibe en esta victoria de la derecha argentina el comienzo real del proyecto de restauración neoliberal continental. Sin embargo, al mismo tiempo es prisionero y víctima de esos apoyos, pues los tiempos mundiales no están para gradualismo y es claro que las exigencias de la banca mundial, los fondos buitre y de los propios sectores internos que se sumaron a la propuesta del empresario porteño, terminarán por presionar medidas claramente impopulares no solo en sí mismas, sino también y sobre todo en cara a las propias coordenadas ideológicas y sociales naturalizadas por la mayoría de la población durante la década ganada.

Resta saber el impacto regional. Por lo pronto y por lo obvio las derechas regionales que vienen de perder elecciones tras elecciones durante toda una década, ven ahora en Macri su nueva oportunidad. El foco de atención se fija sobre Venezuela, que enfrenta un proceso electoral complicadísimo dentro de dos semanas y donde ya la derecha criolla conforme su regla se prepara para ganar o arrebatar. Lo más complicado es que el gobierno venezolano no solo pierde un aliado clave, sino que tiene que lidiar con un enemigo declarado que pone en juego la estabilidad regional y se entusiasma en la idea de sumarse al acoso contra la Revolución Bolivariana.

Del lado del progresismo y la izquierda continental lo que resta, aunque suene a lugar común, es reinventarse y no caer en el tiratoallismo que por lo demás es claramente promovido por la derecha y los grandes medios en su estrategia de divide y vencerás, de “demostrar” que no hay alternativa viable al capitalismo por más desastroso que este sea. La experiencia de esta década ganada demuestra claramente que se puede seguir una senda distinta y ser exitosos social y económicamente. El reto es como capitalizar eso cultural y políticamente en un contexto de acoso permanente y donde los fundamentos económicos se ven afectados por la recesión mundial y la guerra no declarada por la hegemonía mundial. No se trata de empezar de nuevo sino de tener conciencia de los nuevos tiempos históricos, sus demandas y cómo atenderlas.