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Por Alfredo Serrano Mancilla


La democracia, en el sentido más ambicioso del término, es el logro más poderoso de la década y media del chavismo en Venezuela. Este cambio de época ha traído consigo la democratización de los derechos políticos, sociales y económicos en una Venezuela de Todos, sin excepciones ni exclusiones. Ha permitido indudablemente desplazar el campo político hacia un nuevo eje posneoliberal que además pregona sin complejos la transición al socialismo. Muchos se reían de Chávez cuando, después del derrumbe del Muro de Berlín, éste se empeñaba en reapropiarse contemporáneamente de esta propuesta alternativa al orden capitalista. Esta proclama no gustó a nadie entre “aquellos que mandan en el mundo” en plena cima de la utopía neoliberal, pero aún menos les gusta que al día de hoy haya más de un 60 por ciento de la población joven que prefiere un sistema socialista a cualquier otro.

Tampoco quiere ni oír cuando algún organismo internacional acredita la mejora significativa en las condiciones sociales y económicas de la mayoría venezolana o la cantidad de elecciones ganadas por el chavismo en estos años. Todo ello molesta y mucho a aquellos que no aceptan la democracia cuando se pierde con esas reglas de juego político.

Desde que Chávez entra en la fase final de su enfermedad, después de haber ganado las elecciones de octubre del 2012, la guerra económica se instituyó en la herramienta elegida para desestabilizar afectando aquello que más duele a la población: precios y desabastecimiento. Desde ese instante, a sabiendas de que el chavismo debía enfrentar la dificultad de seguir gobernando con la ausencia física de su gran líder, el sector privado empresarial, constituido en un oligopolio de intereses homogéneos, se dedicó sin respiro a preparar una tormenta perfecta para derrumbar otro muro, no el de Berlín sino el que Chávez había edificado junto a su pueblo. La nueva economía venezolana, gracias a la recuperación de los sectores estratégicos, al Estado de las Misiones, a la redistribución de la riqueza y a la inserción soberana en el mundo multipolar, ha alcanzado una vigorosa democratización del consumo que está siendo aprovechada por el poder económico privado. Esta suerte de rentismo importador, cada vez más común en países progresistas en América latina, que basa su ganancia en comprar afuera y vender adentro, aprovecha su posición dominante para poner en jaque al Ejecutivo. Esta guerra económica es llevada a cabo por: a) formadores de precios abusivos con prácticas usureras; b) creadores de un mercado ilegal de dólares, y c) responsables privados del desabastecimiento. Así, en formato de golpe a la democracia en cámara lenta, es como prepararon el plebiscito contra Maduro en las elecciones municipales de diciembre pasado. Todo se fue al traste en el momento en que el pueblo venezolano ratificó su apoyo masivo al modelo chavista, que, con sus defectos y desafíos pendientes, es sin duda el pacto social más favorable e inclusivo posible.

A partir de ahí, los tanques bélicos de pensamiento comenzaron a considerar que el golpe de mercado no era suficiente para convencer a una sociedad que, a pesar de ser muy consumista, está fuertemente politizada a favor del proyecto chavista. Sin estar muy claro si la división es real o aparente, la oposición venezolana comenzó a dar señales de su trastorno bipolar. Mientras unos guardan silencio, otros (encabezados por Leopoldo López y María Corina Machado) decidieron que era el momento de apostar por la salida golpista. La nueva fórmula –o quizá la más originaria de las fórmulas– es “guerra económica más guerra violenta callejera con las muertes necesarias” para procurar escenificar un país inestable y en desgobierno. Está táctica, apoyada como siempre en el capital internacional disfrazado de medio independiente, pretende servir como base para crear el runrún preferido que conquiste definitivamente deslegitimar a un presidente Maduro que en poco tiempo ha logrado salir reforzado de todos los embistes opositores.

Sin embargo, Venezuela posee condiciones internas, subjetivas y objetivas, que permiten ser un muro de contención frente al tsunami golpista. Un pueblo que cree en el proyecto de Chávez, y una economía que, con sus déficit y falencias, tiene mucha fuerza en sus estructuras para seguir transitando al socialismo. Pero además Venezuela no está en soledad, como quieren hacer ver muchos medios hegemónicos internacionales. Chávez sembró latinoamericanismo, y en estos momentos se recogen los frutos. Argentina, Bolivia, Ecuador, la ALBA, la Unasur, entre otros, han rechazado cualquier intento de golpe a la democracia. Seguro que el sector golpista, sea una parte de la oposición o toda en su conjunto, seguirá intentando que no haya democracia en Venezuela, pero justamente son su pueblo democratizado(r) y el apoyo de la región los que seguirán en paz impidiendo que esta doctrina golpista tenga éxito.


Publicado en Pagina/12

Fecha: 17/02/2014