7 min. lectura

@Sergio_MartinC

El pasado 17 de abril asumía la presidencia pro tempore de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) el Estado Plurinacional de Bolivia. La presidencia pro tempore es un cargo anual que es asumido de forma sucesiva por orden alfabético entre los estados miembros del bloque. Así, Bolivia sucedía a la presidencia argentina. Aprovechando este cambio en la titularidad de la presidencia pro tempore, los países suramericanos pertenecientes al Grupo de Lima anunciaron que abandonaban temporalmente el bloque. Las razones esgrimidas para tomar esta decisión hablaban de la parálisis provocada por la acefalía en la que actualmente se encuentra la institución, tras la salida del último Secretario General, Ernesto Samper, en Enero de 2017. Sin embargo, se trata de dar otra vuelta de tuerca más a la contraofensiva neoliberal que vive la región en los últimos años.

Esta contraofensiva tiene diferentes campos de batalla, pero, sin duda, uno de los más importantes es en el campo de la inserción internacional de la región y es ahí donde la disputa entre los diferentes procesos de integración resulta fundamental. La región latinoamericana y caribeña se ha caracterizado desde mediados del siglo XX por la multiplicidad de procesos de integración regional o de concertación política bajo diferentes intereses; sobre la base de éstos, se pueden establecer tres grandes etapas atendiendo a la hegemonía que ejerce una visión sobre las restantes.

La primera etapa abarca desde la década de los 50 hasta mediados de la década de los 70. Estos procesos estaban fuertemente influenciados y determinados por el pensamiento cepalino – característico de esa época- que tenía a la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) como una de las vías fundamentales para contrarrestar el deterioro progresivo de los términos de intercambio de los países primario exportadores. En términos de integración regional, se concretaba en la creación de agrupaciones regionales que trataban de compensar los pequeños mercados nacionales y la dependencia económica bajo la estrategia de la ISI y con la planificación y guía del sector público. A este tipo de integración se la conoce como regionalismo cerrado, debido a que fomentaba la apertura económica hacia el interior del bloque, pero mantenía la protección con el resto de la economía mundial.

La segunda etapa surge en la década de los 70 al calor de la revolución neoliberal que tiene como puntas de lanza a nivel mundial a Thatcher y a Reagan, y que en América Latina encuentra un laboratorio de experimentación con el desembarco de los Chicago Boys en Chile. Los procesos que surgen a partir de esta década se catalogan como regionalismo abierto y se caracterizan por la apertura económica y comercial (tanto hacia adentro del bloque como hacia afuera), el tratamiento nacional de la IDE (Inversión Directa Extranjera) y la confianza en que sean los capitales privados los que dirijan el proceso de integración. Es decir, surgen como puntas de lanzas regionales para el proceso de globalización neoliberal hegemónico durante las siguientes décadas.

La tercera etapa surge en los primeros años del siglo XXI por el impulso de los Gobiernos progresistas que poco a poco comienzan a llegar al poder en varios países de la región. Esta etapa se conoce con el nombre de regionalismo postneoliberal y se caracteriza por la recuperación de la dimensión política de la integración frente a la meramente comercial, fomentando la participación social, incrementando la soberanía regional y promoviendo la inserción soberana en el mundo. Los procesos de integración económica y de concertación política de índole postneoliberal, emergen en la región plantando cara a la hegemonía neoliberal de fin del siglo XX. Procesos como la ALBA-TCP, la UNASUR, la CELAC o incluso la transformación que comienza a experimentar el Mercosur a partir del año 2004, son claros ejemplos de regionalismo postneoliberal en la región.

Es necesario resaltar que la primera y la segunda etapa, es decir, el regionalismo abierto y el regionalismo postneoliberal, no constituyen procesos secuenciales, sino que resaltan el rol protagónico que tiene una determinada visión sobre la otra, pero ambas visiones disputan los espacios de inserción internacional de la región en un mismo espacio temporal. El rol protagónico del regionalismo postneoliberal se da desde comienzos del siglo XX, y principalmente desde noviembre de 2005 cuando los presidentes Néstor Kirchner (Argentina), Lula da Silva (Brasil), Hugo Chávez (Venezuela), Nicanor Duarte Frutos (Paraguay) y Tabaré Vázquez (Uruguay) dijeron no al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en la IV Cumbre de las Américas.

Fue esta reunión la que supuso un cambio de ciclo en la integración regional y que posteriormente se concretaría en la creación de los nuevos espacios de integración y concertación política. Sin embargo, el regionalismo abierto seguiría presente, surgiendo además nuevos bloques de integración comercial. Así, en 2011, Perú, Chile, Colombia y México conforman la Alianza del Pacífico, que convive y disputa espacios de influencia económica con el Mercosur, y espacios de influencia política en el seno de la CELAC y la UNASUR.

El paso dado la semana pasada por los Gobiernos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú y Paraguay, es un intento de conformar una nueva hegemonía en la región, destruyendo aquellos procesos que surgieron al calor de las mayorías sociales, que en los países de la región suramericana apostaron a Gobiernos progresistas. La salida temporal de la UNASUR por parte de estos países no obedece a la paralización que provoca la acefalía del organismo; la acefalía es una consecuencia del boicot que estos países llevan practicando al bloque desde que los Gobiernos de Brasil y Argentina cambiaron de signo político. El comunicado de estos países se realiza nada más asumir la presidencia pro tempore Bolivia, sin embargo, durante el año anterior en el que la presidencia pro tempore fue ejercida por la Argentina de Mauricio Macri, ésta no convocó a ninguna reunión de Cancilleres o Jefes de Estado, algo que ya ha hecho la presidencia boliviana, anunciando una reunión extraordinaria de Cancilleres que se celebrará en mayo y abordará los problemas que padece la institución.

La estrategia de la derecha regional no sólo afecta a la UNASUR, sino que también afecta a otros procesos que surgieron al calor del regionalismo postneoliberal. El inusitado protagonismo de la última cumbre de la Organización de Estados Americanos (OEA) y la estrechez de su agenda, son una muestra del intento de retomar una agenda dominada por la derecha regional y que desplace los problemas estructurales abordados por la CELAC. La suspensión de Venezuela del Mercosur y el retorno a la negociación del Tratado de Libre Comercio entre este bloque y la Unión Europea, son también muestras de la misma estrategia, que busca resituar a la región en el lugar periférico y subordinado que -desde el punto de vista de los grandes capitales- nunca debió abandonar.

Seguramente se pueda achacar a los nuevos procesos de integración regional que no avanzaron tanto como se propusieron en un primer momento, y quizás la debilidad institucionalidad y la falta de irreversibilidad relativa de los mismos ahora juega malas pasadas. Pero la disputa en la región sigue viva. Ayer el pueblo paraguayo puso en discusión la hegemonía del partido colorado, el cambio no llegó, pero los cimientos están puestos para el futuro. Un cambio en Brasil, a pesar de la persecución a los líderes del PT y la ofensiva neoliberal autoritaria, pondría en jaque a los intereses de los grandes capitales en la región, cuestionando el cambio de ciclo regional. Sí, la UNASUR está en jaque, pero no en jaque mate. Aún hay partida. La carta de los presidentes suramericanos representantes del Grupo de Lima no será equiparable a los discursos de los presidentes suramericanos que en 2005 enterraron el ALCA en el Mar del Plata. La región sigue en disputa.

Máster en desarrollo económico y sostenibilidad y Licenciado en Administración y Dirección de Empresas.

Co Authors :