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Juan Manuel Santos

El presidente Juan Manuel Santos llega al plebiscito con un nivel de popularidad mínimo en Colombia (solo uno de cada cuatro colombianos aprueba su gestión) lo que contrasta con la imagen de estadista que ha proyectado en el exterior, gracias al apoyo de los gobiernos de Estados Unidos y España, entre otros, y sumado a su habilidad para trasladar una imagen amable en el extranjero. El principal proyecto político de su legislatura ha sido el proceso de paz, supeditando todo al éxito del mismo. Sin embargo, fruto de su fallida gestión política, el propio Santos se ha convertido en los últimos meses en un lastre para que los colombianos se sumen al proceso en ciernes.

El juego de equilibrios que implica manejar a la Unidad Nacional –la coalición de partidos que le da estabilidad parlamentaria– ha dificultado la posibilidad de generar una agenda política definida y ha provocado no pocas contradicciones en el Ejecutivo. No obstante, el principal problema de Santos radica en la economía, cuyas perspectivas no son positivas, menos aún con una reforma fiscal pendiente que incluye, entre otras medidas, una subida del IVA que volverá a castigar a las clases medias y a los trabajadores. La estrategia de Santos para afrontar la situación ha sido desplegar una masiva campaña de comunicación sobre los beneficios que conllevará la paz, a la que parece confiarle también un milagro económico que aún está por verse, del cual la mayoría de la sociedad colombiana tampoco se fía.

Álvaro Uribe

Álvaro Uribe lidera la campaña por el -No a los acuerdos de paz. Su posición es coherente con las tesis guerristas que siempre ha defendido, antes, durante y después de su llegada a la presidencia. Uribe, antaño aupado al poder por los mismos sectores de la elite empresarial que hoy lo proscriben, es el principal y casi único -aunque no menor- escollo para la victoria del Sí en el plebiscito, agrupando tras de sí a otros líderes de la derecha y la extrema derecha colombiana.

Su principal argumento contra los acuerdos de paz se basa en cuestionar la impunidad de la que, según él, se beneficiarán las FARC. Uribe, creador de la política de seguridad nacional, siempre próximo al paramilitarismo –bajo su mandato amnistió a decenas de líderes paramilitares– empleó durante su gobierno todos sus esfuerzos políticos y mediáticos en responsabilizar a la guerrilla de todos los problemas del país. Bajo su mandato se destapó el vergonzoso escándalo de los “falsos positivos”, en el que estuvieron implicados sectores del aparato del estado y de las fuerzas armadas. Este hecho, ha sido curiosamente “olvidado” por los medios de comunicación y también por el actual presidente (cuya familia fuera propietaria del principal diario del país), toda vez que Santos ocupaba la cartera de ministro de Defensa cuando ocurrieron los hechos.

Uribe construye su campaña por el No sobre un discurso populista de derechas que no solo busca conectar con los sectores más reaccionarios de la sociedad colombiana, con cuyo apoyo ya cuenta, sino también con sectores populares y de las capas medias que, descontentos con la gestión política de Santos, podrían concederle crédito. Para ello, recurre a un discurso emocional acompañado de malabarismos argumentativos que difícilmente resisten ni la hemeroteca ni la coherencia pero que, empero , al día de hoy no han sido desenmascarados con contundencia ni por Santos ni por los miembros de la campaña del Sí.

César Gaviria

César Gaviria fue presidente de Colombia por el Partido Liberal –integrado hoy en la Unidad Nacional– entre 1990 y 1994 y ha sido designado por el presidente Santos, coordinador de la campaña por el Sí en el plebiscito. Detrás de su nombramiento está también la burguesía industrial y financiera de Bogotá que, agrupada tras la figura del ex presidente de Avianca, Fabio Villegas, invierte medios y recursos en apoyar el proceso de paz, a sabiendas de que el éxito del mismo podría resultar en un incremento en la inversión extranjera y la aceleración de proyectos empresariales en sectores como el de las infraestructuras, el energético o el inmobiliario, por citar solo tres de los principales.

Gaviria, sin embargo, no deja de ser un miembro destacado del Partido Liberal, que los colombianos asocian a la tradicional casta política colombiana, cuya imagen como colectivo de privilegiados, casi todos enriquecidos –mucho más de lo que ya lo eran– tras su paso por la acción política, no soportaría el más mínimo análisis. En las últimas semanas, a raíz de las encuestas que daban posibilidades de victoria al No, diversos líderes de opinión partidarios del Sí han cuestionado su nombramiento y han pedido a Santos y a los políticos dar un paso atrás para que sean colectivos sociales, empresariales y de la sociedad civil quienes lideren la campaña afirmativa. Además, Gaviria –brazo ejecutor del Consenso de Washington en la Colombia de los años noventa- tampoco ha sido aceptado por la izquierda, la cual anunció su propia campaña a favor del plebiscito. El Polo no puede seguir perdiendo su liderazgo –aún más de lo que ya lo ha hecho tras la entrada de Clara López al Ejecutivo– aceptando a un ex presidente liberal como vocero.