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El protagonismo del ex presidente Lula Da Silva durante el acto del Día del Trabajador -fecha significativa como pocas para el PT-, convocado en San Pablo por la CUT y el MST (Central Unida de Trabajadores y el Movimiento Sin Tierra), representó un quiebre en su rol dentro de la escena política brasilera. A partir de allí, diversos medios y analistas locales interpretaron que su renovada presencia en las calles, así como los fragmentos de su discurso destinados a reafirmar su voluntad de lucha por la continuidad del ciclo iniciado en 2003, denotaban la apertura de una posible candidatura de Lula a las presidenciales de 2018. Hasta el momento, no hay más que conjeturas al respecto. Lo que sí queda claro es que el ex presidente ha optado por meterse de lleno en la difícil situación política e institucional que atraviesan el PT y su gobierno de la República.

El hecho de que el ex presidente haya protagonizado el acto más resonante en conmemoración del día de los trabajadores, mientras la Presidenta asumía un protagonismo secundario difundiendo tres videos alusivos a través de las redes sociales, no deja de disparar interrogantes. Algunos de ellos conducen a pensar que fue un primer impulso a su candidatura presidencial en 2018, como sostienen algunas líneas editoriales brasileras. Sin embargo, y sin dejar de considerar que éste sea un objetivo a mediano plazo, lo cierto es que algunos acontecimientos posteriores llevan a pensar que más bien es la necesidad de apoyar la gestión de Dilma lo que mueve las acciones de Lula. Después de todo, si la crisis se agudizase, no sólo afectaría gravemente al gobierno actual, sino al partido que les da (les dio, y podría darles) impulso a ambos. Y con ello, la posibilidad de que un partido de tradición de izquierdas vuelva a quedar relegado políticamente a la posición de espectador ruidoso dentro de un diseño institucional-electoral favorable a los partidos tradicionales, que oscilan desde el centro a la derecha.

No es creíble que las dos figuras más sobresalientes del PT hicieran sus apariciones públicas de manera tan desigual -en cuanto a impacto público- sin haberlo acordado previamente. Dilma sabe que el caudal de popularidad del ex presidente, así como su experiencia como mandatario durante dos períodos, y su conocimiento sobre las bases de apoyo de los gobiernos petistas, son capitales que no puede despreciar, aunque pueda no estar del todo de acuerdo con las intervenciones de Lula. Entre otras cuestiones, Da Silva también enfrentó, en 2005 -un año antes de las elecciones presidenciales de las que resultó reelecto- un escándalo de corrupción resonante que implicó política y judicialmente a figuras centrales del gobierno, como su Jefe de Gabinete y articulador político -Jose Dirceu- y su ministro de Economía -Antonio Palocci-, entre otros funcionarios y legisladores tanto del PT como de otros partidos aliados. Este caso se conoció como el Mensalao, en alusión a la supuesta práctica de pagos de una “mensualidad” a legisladores, para garantizar el voto favorable a iniciativas legislativas de interés del Ejecutivo. Por entonces, la imagen de Lula retrocedió varios puntos, aún cuando su persona no fue judicialmente salpicada por el escándalo. Aun así, al año del Mensalao, ganó en segunda vuelta contra Geraldo Alckmin (PSDB) por el 60,8% de los votos (alrededor de 58 millones de personas).

Otro acto de suma importancia política asumido por Lula, fue el rol de mediador el pasado 14­/5 entre Dilma y el presidente del Senado, Renan Calheiros (PMDB). Las relaciones entre el Ejecutivo y los representantes del partido aliado PMDB en el congreso son poco fluidas, como lo demuestran las conductas cuasi extorsivas en las recientes votaciones sobre medidas de ajuste. Esto, a pesar de que el vicepresidente del ejecutivo, Michel Temer, pertenece a las filas de ese partido y a que su función en la tradición política brasileña es la de contribuir al armado de los acuerdos políticos en el Congreso. Tanto Dilma como Lula saben que no pueden gobernar sin que los programas de gobierno materializados en proyectos de ley se refrenden en el poder Legislativo, por más desavenencias que existan. De allí la insistencia del ex presidente en facilitar los canales de diálogo entre el menos “díscolo” de los aliados -Calheiros- y el Ejecutivo, porque la actitud del presidente de la cámara de diputados -Eduardo Cunha, también del PMDB- no se corresponde con la de un aliado político. Todo parece refrendar la conjetura de que Lula, ha regresado desde las alturas del rol de prócer ex-presidente, al barro del trabajo político como articulador del PT procurando recuperar la fortaleza del gobierno. De esta fortaleza depende la del PT, y de la de éste la continuidad del proyecto político inaugurado en 2003.