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Por Ayelén Oliva

Una vez más, Evo arrasó. El apoyo de más de la mitad de bolivianos a su gestión no sorprendió a nadie, ni siquiera al candidato de la segunda fuerza liderada por el empresario cementero Samuel Doria Medina, de Unidad Demócrata (UD), quien reconoció su derrota mucho antes de conocer los resultados oficiales y se conformó con ser el “fiscalizador” de la próxima gestión de Evo Morales. El domingo pasado, el Movimiento al Socialismo (MAS) demostró su capacidad de tejer una cadena de triunfos electorales ininterrumpidos desde el 2005, aunque no pudo escapar a la tendencia de los oficialismos regionales de dejar escapar 5 puntos en comparación con las elecciones pasadas.

Ahora, cómo se explica que luego de 9 años de gestión el oficialismo haya podido mantener un holgado índice de adhesión a sus políticas. Para ensayar una respuesta, debemos tener en cuenta tres grandes aciertos del gobierno de Evo Morales. El primero, político, es que el MAS es el único partido desde el retorno a la democracia en Bolivia, en 1982, que ganó todas las elecciones presidenciales con mayoría absoluta en primera vuelta. Todos los presidentes que estuvieron antes de Evo llegaron al poder con tan sólo un tercio del apoyo electoral, es decir, un 70 por ciento de los bolivianos no había elegido a ese candidato como presidente. Hasta la sanción de la nueva Constitución, en 2009, en Bolivia no existía la segunda vuelta sino que los presidentes se definían en el Senado. Sin ir más lejos, los últimos dos presidentes anteriores a Evo -el dictador Banzer Suarez de Acción Democrática Nacionalista (ADN) y el liberal Sánchez de Lozada del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR)- asumieron con tan sólo el 22 por ciento del apoyo electoral, gracias una red de alianzas políticas tejidas durante más de 20 años entre estas dos grandes fuerzas políticas que se movían pendularmente en el Congreso para avalar las candidaturas de su “oponente”. El triunfo del MAS llegó para terminar con la “democracia pactada”, hija de los regímenes autoritarios de la última mitad del siglo pasado, sostenida en estos acuerdos tácitos (y a veces no tanto) entre el ADN de Banzer y el MNR de Sánchez de Lozada.

El segundo acierto es económico. Bolivia tiene la fórmula del éxito, atípica para las economías regionales: crecimiento económico sin inflación. Según cifras del Ministerio de Economía, Bolivia liderará los índices regionales de crecimiento económico con una expansión del 5,5 por ciento del PBI (datos que también respalda la CEPAL e incluso el FMI) con una inflación de menos de 4 puntos, muy por debajo de los 5,5 puntos proyectados por el propio gobierno para este año.

El tercer acierto es social. La reducción de los índices de pobreza es innegable. La inyección de programas sociales como el Renta Dignidad, el bono Juancito Pinto o el programa Juana Azurduy sumado a un incremento de las fuentes de empleo, redujo la pobreza en el período 2002-2013 en un 25 por ciento y la indigencia cayó 22 puntos. Sin embargo, los 18 puntos actuales de pobreza extrema se traducen en casi 2 millones de ciudadanos que continúan sin acceso a servicios básicos y se convierten en el desafío más urgente que deberá afrontar la próxima administración de Morales.

De estos aciertos (y otros tantos), las elecciones del domingo pasado demostraron la capacidad del MAS de reacomodar sus fichas y ampliar sus zonas de influencia con el fin de conformar una verdadera fuerza de alcance nacional. “No hay más media luna, hay luna llena”, dijo Evo Morales hace una semana, mientras festejaba un nuevo triunfo desde los balcones del Palacio Quemado, refiriéndose al viejo bloque opositor que se levantó contra su gobierno durante el primer mandato. Revirtió los números negativos en Pando, Tarija e incluso la presuntuosa Santa Cruz donde obtuvo el 48,5 por ciento frente a los 40 puntos de UD, mientras Beni quedó como el único departamento renegado y así logró equilibrar una balanza de poder desnivelada entre el occidente y el oriente boliviano. En definitiva, lo novedoso que se vio el domingo pasado, es la capacidad del MAS de recomponer el resquicio entre el gobierno y las autonomías departamentales en esa lucha por el sentido que es en parte la política, terminar con los fantasmas de la vieja medialuna boliviana y encontrar la unidad estatal en medio de la plurinacionalidad.