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A diferencia de otros compositores brasileños, Caetano Veloso tuvo quizás una trayectoria menos rígida y más sinuosa en relación con un compromiso político partidario orgánico. Su frescura intelectual lo hizo siempre asumir una multiplicidad de identidades, no sólo musicales, donde la superposición y mezcla componía una forma concreta. Le endilgaron varias filiaciones: comunista, “petista”, “tucano”, “lulista”; elitista, popular, intelectual crítico, amigo de los medios, y así una lista extensa de rótulos. Es cierto que más allá de los disgustos ocasionales nunca pareció importarle demasiado, como lo ha relatado en algún que otro libro; su propia música tiene esos recorridos y raíces tan variados que también allí se hace difícil una clasificación. Caetano siempre fue polémico; como cuando en el momento de mayor popularidad de Lula – tapa en la Revista Time mediante – expuso una curiosa teoría de la alfabetización del Presidente que cayó, como no podía ser de otra manera, muy mal. Ya la misma Tropicalia de los años ‘60 era un enigma político, incluso para algunos de sus propios integrantes – “ai vou misturar, Miami com Copacabana…”.

Lo cierto es que recientemente Caetano ha vuelto a ser noticia política, como en los orígenes de su carrera musical. En este caso, recibió una orden judicial para suspender el recital que iba a dar cerca de un campamento del Movimiento de Trabajadores Sin Techo (MTST) en San Bernardo do Campo, San Pablo, un recital de acompañamiento y respaldo a la concesión de tierras otorgada al movimiento. No se esgrimieron motivos jurídico/securitarios de fondo para tal decisión: el interés estaba claro, no permitir que en el evento mediado por el artista se amplificaran las voces y reivindicaciones de uno de los movimientos sociales más importantes de estos últimos tiempos. Articulaciones políticas, abrazos musicales, expresiones artísticas, todo debe ser cortado a su debido tiempo para evitar que se multiplique y crezca como posibilidad de resistencia.

Es la idiosincrasia del gobierno Temer, donde quien más fácil la tiene para andar más suelto y sin permisos es… ¡el ejército de los EEUU! Así es: por primera vez su presencia estará  dirigiendo un operativo logístico del 6 al 13 de noviembre en Tabatinga, en el Estado de Amazonas, en una actividad conjunta de ejércitos y agencias militares de EEUU, Colombia, Perú y Brasil, vaya uno a saber con qué beneficios para el país anfitrión. En todo caso, estas maniobras sobre un terreno geopolíticamente estratégico y en el que hace bastante tiempo EEUU ha mostrado reiterado interés por tener una presencia más estable, enciende una luz de alarma para la región. Una base militar en esa zona, supone un quiebre incluso con la historia latinoamericana contemporánea; quizás no suceda en el Gobierno de M. Temer, aunque desde que se dio el golpe parlamentario a Dilma Rousseff varios pasos han sido dados en esa dirección.

La sociedad de mercado y la fascistización de lo social

Si se comparan las votaciones de este año en la Cámara de Diputados vinculadas con admisibilidad de las denuncias presentadas contra Michel Temer por parte del Ministerio Público, es evidente que hay una disminución en el número del respaldo parlamentario al Gobierno. Teniendo en cuenta la última votación (251 a 233, a favor de rechazo a la admisión), junto con cierta demora en el tratamiento de algunas leyes propuestas por el Ejecutivo, sumado a lo que pareciera ser un desgaste operativo de sus articuladores parlamentarios, no es tan apresurado afirmar que la capacidad de subsistencia de Michel Temer pareciera haber entrado en etapa incierta: a esta altura de su interregno, es notorio su desgaste interno al interior del sistema político como su descrédito fuera de él (según algunas encuestadoras, casi un 80% de la población hubiera visto con bueno ojos que ya se lo investigara judicialmente y se lo separa del cargo, más allá de su imagen negativa).

Así, quien está cumpliendo la misión de llevar adelante las “tareas del gobierno Temer” es H. Meirelles, su ministro de economía, quien no deja oportunidad política ni espacio público sin dar muestras de su evangelio: sin reforma de jubilaciones no se puede cumplir con la Enmienda Constitucional 95 aprobada el año pasado (que condiciona el aumento del gasto público por 20 años); sin nuevas concesiones y privatizaciones (el ciclo privatizador comenzaría en breve con Electrobras) no hay posibilidad de dinamismo económico; sin desregulación de los reparos extractivistas no habrá tasa de inversión (y allí el decreto, por el momento anulado – aunque en cualquier momento relanzado como Ley- de habilitar la explotación minera en un cuadrante fundamental de la Amazonia); sin un articulado jurídico flexibilizado no hay equilibrio del mercado laboral (hasta suponen necesario cambiar el significado de lo supone el trabajo esclavo!); entre tantas otras correlaciones interesadas.

En ese sentido, H. Meirelles, es el más apropiado para cubrir esa labor; de afinidad originaria con el PSDB es el que le aporta la garantía al capitalismo brasileño (e internacional) para que el sentido de los cambios que se vienen introduciendo desde el golpe a Dilma vayan en una dirección, y no en otra. Él representa el proyecto de los intereses concretos en el medio de la confusión de los acontecimientos del proceso histórico; poco importa si Brasil ha vuelto durante este año y medio al mapa de los países con hambre según la FAO, o si la recesión se ha desplazado en un aumento de la violencia social en sus diferentes manifestaciones, por todo el país. H. Meirelles es la posibilidad de que el ámbito económico se vaya sellando en términos generales según los deseos de los grupos y corporaciones; ese fue, también, el objetivo del impeachment. Es que bajo los ruidos de las escenas mediático/judiciales se está modelando un nuevo mapa de la acumulación económica en Brasil; con  nuevas reglas (ya están en marcha nuevos Tratados), nuevas maneras de transferencia de capital desde el Estado, nuevos ganadores, etc.

Ahora bien, para que ello pueda darse es necesario un proceso de fascistización de lo social que deslegitime aquellos actores sociales previos, sus formas de subjetivación, sus formas de construir los principios legítimos de las decisiones públicas y las interpretaciones democráticas de la acción social: es necesaria otra sociedad de mercado para organizar el nuevo tipo de mercado que se prefigura. No es tan sólo que se multiplique la posverdad: lo que la fascistización de lo social apunta es a un deterioro democrático que desarme cualquier resistencia constituida desde los elementos del ciclo/gobierno anterior. Necesitan de una sociedad donde el orden no sea una composición tensa de derechos (civiles, políticos y sociales) y coyunturas fiscales sino una mapa quieto de jerarquías sólo más o menos inclusivas según los márgenes que permita la acumulación (a eso apunta la propia Enmienda Constitucional 95). Y para desarmar la sociedad anterior, y las resistencias posibles, hay que modificar los principios y valores dispersos en la sociedad, y reemplazarlos por otros. Circunstancia epocal que, por ejemplo, también se da en la Argentina, donde el fuerte giro ideológico es empujado principalmente por los mismos representantes de la coalición gobernante, en un ejercicio coral de exabruptos (el último de los cuales – los dichos de la diputada E. Carrió sobre el cuerpo de Santiago Maldonado- pone los contenidos de los nuevos imaginarios siempre un poco más allá de lo éticamente tolerable); en Brasil, este rol deconstructivo lo vienen ejerciendo varios actores a la vez, y no siempre desde quienes están en el gobierno.

Fascistización de lo social no como un elemento complementario (contextual y paisajístico), sino como una pieza históricamente necesaria. Sobre todo, para que pueda desarmarse cualquier forma de respuesta a esos reacomodamientos económicos en curso. Es un proceso concreto, palpable, físico sobre los diferentes espacios sociales, no algo simplemente de carácter instantáneo: la disputa tiene que ver, en primer lugar, en cómo la experiencia social es percibida; trasladándose, luego, respecto de cuáles son los principios de acción que organizan la experiencia de vida de los grandes conjuntos poblacionales. En un sentido no superficial, es también una disputa intelectual.

La circunstancia viene ocurriendo en las diferentes regiones de Brasil, con velocidades cambiantes y con connotaciones específicas según las ciudades; es una confrontación, sin rodeos. Ahora bien, esta fascistización de lo social se amplifica y supera varias trincheras cuando encuentra que la plataforma medios de comunicación/redes sociales/organizaciones de la sociedad civil/algunos políticos (del gobierno o no) se ponen de acuerdo “trabajando” de las misma forma sobre un mismo tema. Grupos (fascistas), cuya práctica, más allá de una retórica muchas veces antisistémica, funcionalmente cumplen la tarea de reproducir el orden  como un todo, aún bajo nuevas coordenadas de intereses y tras la desestructuración de los imaginario previos. Es en esta línea que hay que comprender los dichos de ciertos diputados, como J. Bolsonaro, reivindicativos de la última dictadura militar y de la tortura como método policial; las acciones directas de ciertos grupos, como el Movimiento Brasil Livre (MBL), impidiendo, por ejemplo este año, el desarrollo de propuestas artísticas (como las cancelaciones ocurridas en el Museo de Arte Moderno de San Pablo y en el Santander Cultural de Porto Alegre, hechos que se suman a las prohibiciones establecidas a una muestra Queer en Río de Janeiro, y a otra en el Palacio das Artes en Belo Horizonte); los estridentes y persistentes discursos estigmatizadores, sexistas, conservadores, antipopulares y racistas promovidos por personalidades públicas o desde organizaciones de diversa morfología y calibre como Vem para Rua, Aliança Brasil, Irice, Ranking dos Politicos, Fora Corruptos, Carioca Direitos, Chega de Impostos, Dossie PT, entre tantos otros.

En este contexto, las caravanas de Lula (que ya pasaron por el Nordeste y Minas Gerais, y ahora será el turno del sur del país) adquieren otra significación que la simple medición de si su candidatura es o no competitiva tras todas las afrentas recibidas: se trata pasar e instalar, de ocupar espacios sociales existentes o crear nuevos, de realizar en cada distrito otras lecturas sobre el presente, dejar otros valores, con otras palabras. Interpretaciones y sentidos que no permitan el avance de esa sociedad de mercado que se quiere imponer, con los procesos de subjetivación que trae en su seno. Frente a eso, ni un paso atrás. Los eventos y movilizaciones (como la que ocurrirá seguramente el próximo 10 de noviembre en varias ciudades brasileñas, convocada por las principales centrales sindicales y movimientos sociales y políticos en respuesta  a la implementación de la reforma laboral) se convierten en momentos claves desde el punto de vista de la resistencia. Resistir es crear. Caetano lo sabe, como tantas otras figuras que salen a abrazar las causas nobles y las formas asociativas del pueblo, para protegerlas; hoy en día esto vuelve a ser fundamental: “menino do rio, calor que provoca arrepio, toma esta cançao como um beijo…”