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Los votantes dejan mensajes en cada elección. Es necesario saber interpretarlos para tomar decisiones ajustadas a la realidad. La principal conclusión de las elecciones legislativas de Venezuela es que no ganó la derecha; perdió el chavismo. El resultado final es el mismo, pero difiere el camino por el que se llega a él.

El chavismo se dejó dos millones de votos con respecto a las elecciones presidenciales de 2013. Sin embargo, la derecha logró tan sólo aumentar en 345.000 votos, apenas un 4% de los obtenidos hace dos años. Estos apoyos proceden en parte del chavismo pero también de los 600.000 jóvenes que se incorporaron por primera vez a unos comicios. Futuras encuestas determinarán la proporción de cada bloque en el incremento opositor.

Aplicando aún más el microscopio sobre los resultados, hay un dato sorprendente. El voto nulo se multiplicó por diez frente al registrado en 2013. De 67.000 han pasado a 686.000, una cifra inusualmente elevada que hay que interpretar como una protesta de personas que venían de votar al chavismo.

No hubo trasvase de votos. Centenares de miles de sufragios chavistas se fueron a la abstención o al nulo. La primera lectura, totalmente cierta, es que estas personas no confiaron en la propuesta bolivariana. Pero hay una segunda lectura, igualmente cierta, y es que tampoco fueron seducidos por la oferta de la derecha. Por eso se quedaron en sus casas o invalidaron su voto.

La derecha es consciente de esta última interpretación, aunque obviamente la oculta en el discurso público que difunde a través de sus poderosísimas terminales mediáticas que proclaman triunfalmente el final del chavismo. Su dirigencia más clarividente tiene pánico de que estos exvotantes, a los que es evidente que no puede captar, puedan volver a respaldar al chavismo. Y esto se puede producir por dos vías. La primera es que el chavismo logre recuperar la confianza de este sector con una propuesta atractiva. La otra es que la gestión de la derecha, ahora que tiene poder real y será juzgada en base a cómo lo ejerza, cause rechazo o incluso miedo a este votante que, como demostró el 6 de diciembre, es refractario a su mensaje. Podría ser que volviera a apoyar al chavismo para conjurar el riesgo de una involución.

De hecho, en los tres únicos estados con gobernador de la derecha los resultados fueron sensiblemente inferiores a la media nacional. En Amazonas, bajo el gobierno de Liborio Guarulla, la diferencia fue de tres puntos frente a los 15,4 del conjunto del país. No sólo no hubo intercambio de votos, sino que la derecha amazónica perdió sufragios con respecto a 2013. Lo mismo cabe decir en Lara, donde la oposición también perdió votos en lo que supone un auténtico mazazo para las aspiraciones presidenciales de su gobernador, Henri Falcón, un exchavista que juega a la moderación y a la tecnocracia y que asumió personalmente la campaña como aval de su solvencia electoral para futuros retos. Y en la populosa Miranda de los dos millones de electores gobernada por el dos veces derrotado en la contienda presidencial Henrique Capriles, el balance fue de 6 diputados para la derecha y 5 para el chavismo, prácticamente los mismos guarismos que en las parlamentarias de 2010, donde fueron 6 a 6 (en aquella ocasión se elegían 12 curules, que han sido reducidos a 11 por pérdida de población). Y 16.000 votos en sentido contrario, apenas el 0,7 por ciento del censo mirandino, habrían supuesto 7 escaños para el chavismo y 4 para la derecha.

Da la impresión, de acuerdo a estos datos, que la derecha defrauda donde alcanza el poder. Por eso su dirigencia más calculadora quiere acelerar el proceso de derribo del chavismo para impedir que el electorado pueda valorar su gestión.

El chavismo no debe sentarse a esperar a que el electorado compare. No tiene tiempo. Además, no está en su cultura política. Siempre fue un movimiento de avanzada que iba dos pasos por delante del resto, enrumbado hacia el futuro. Y precisamente lo que ha provocado el apartamiento de dos millones de personas es la percepción de una parálisis gubernamental ante el desabastecimiento y la inflación. Esta franja ya no quería explicaciones –por más que pudiera compartir la existencia de una más que evidente guerra económica- sino soluciones. Porque una de las grandes señas distintivas del chavismo fue superar los grandes retos, desde el analfabetismo a la malnutrición, hasta llevar a las mayorías populares venezolanas a las cotas más altas de bienestar de su historia. Es este chavismo resolutivo el que quiere su exvotante. Se llega así a la paradoja de que lo que exige el abstencionista es “más” de ese sistema que tanto le dio, no menos ni, por supuesto, otro sistema.

El contrato social primigenio entre el chavismo y los venezolanos dio grandes frutos. Pero la Venezuela de hoy es muy diferente de aquella que Chávez tuvo que rescatar, literalmente, del abismo. Es una sociedad radicalmente distinta con expectativas también distintas. La defensa de los logros alcanzados y la contención de la derecha –el “No volverán”- son objetivos loables, pero que remiten a lo ya hecho; al pasado, no al futuro. La oposición se ha apresurado a enarbolar la bandera del cambio y las expectativas. En política no hay espacios vacíos. Lo que no ocupa una opción lo hace otra. La principal tarea ahora de la Revolución es ofrecer un nuevo contrato social al país, especialmente a los millones de jóvenes para los cuales los hitos fundacionales del chavismo son una bruma histórica. Y este nuevo contrato social debe contener más chavismo, no menos.

 

Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica

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