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Por Esteban de Gori

I

El Rey Juan Carlos I abdicó. El PP y el PSOE ven en ello el impulso de una voluntad reformadora. De esta manera, reactualizan toda una cultura política regia que observó con beneplácito todo cambio de monarca. Es el momento “regeneracionista” que de vez en cuando aparece en la política. Ambos partidos –pese a sus infortunios, muchos iniciados el 15M– apuestan por la estabilidad y entienden que el Rey –luego, de 1978– se ha transformado en su patriarca. Izquierda Unida y Podemos –la fuerza actual más interesante de la política española– ante esta situación han apoyado y promovido el llamado a un referéndum popular para decidir si continuar con la monarquía o iniciar la III república. Han aprovechado cierto “limbo” jurídico, cierto espacio que se produce en la dinámica sucesoria –ya que el nuevo Rey no lo es directamente cuando abdica su antecesor, sino en tanto jura ante las Cortes y ante la Constitución– para profundizar el “viento” reformador que proviene de la sociedad.

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Juan Carlos I, se construyó un lugar central durante el franquismo (ambos adoraban el centralismo y odiaban la República) y, luego, con su capital político acumulado y con su reconocimiento como Rey en 1969 se forjó –años después– un rol privilegiado en la “transición democrática”. Los partidos políticos, entre los cuales se encontraba el Partido Comunista –otros fueron excluidos, como republicanos y la extrema izquierda–, no solo aceptaron un monarca ungido durante el franquismo sino que lo aceptaron como el vértice de la estabilidad política. Existió –para decirlo de algún modo– un “comunismo monárquico”, dando cuenta del peso cultural de la monarquía. Así, los partidos legalizados avalaron unas cortes “no constituyentes” que formularon una constitución que consolido la figura del Rey y colocaron un “manto de piedad” sobre los crímenes franquistas.

II

En 1947 con la Ley de Sucesión del Estado, Franco coqueteo con la monarquía e imaginó un futuro regido por una mano monárquica y de hierro. El centralismo franquista fue un interregno maldito entre la república y la monarquía, pero también intento ser la modelación de los próximos monarcas. Su estabilización conservadora –construida sobre la represión y “guerra a muerte” a los republicanos– buscó en el Rey Juan Carlos de Borbón un actor para su conservación y extensión. Es decir, Franco optó por los dos cuerpos de la monarquía (retomando la teorización de Ernst Kantorowicz): el cuerpo natural y el “eterno”. Por Juan Carlos I de Borbón y por la continuidad “in eterno” e “in extensis” de la casa de los Borbones y, con ello, del propio franquismo.

III

La muerte de Franco en 1975 se convirtió en una gran oportunidad política para el Rey –ahora asumido con la muerte del Generalísimo y legitimado por las Cortes–, el cual rápidamente seleccionó el menú dominante en el mundo occidental para esos años: la democracia. De esta manera, si bien la república se había transformado en la enemiga íntima de la monarquía, la democracia –como conjunto de reglas electorales para la competencia por el poder estatal– se transformaba en una fórmula para integrar y dejarse modelar por la monarquía. Entonces de Rey inscripto en el proyecto franquista, a “Monarca demócrata” (no debemos olvidar que Juan Carlos I ante la muerte de Franco había expresado: “Es una figura decisiva históricamente y políticamente para España. Él es uno de los que nos sacó y resolvió nuestra crisis de 1936. Después de esto él jugó el papel político para sacarnos de la Segunda Guerra Mundial. Y por esto, durante los últimos 30 años él ha sentado las bases para el desarrollo de hoy día”). Opción revalidada en su oposición al Tejerazo (intento de golpe de nostálgicos franquistas en febrero de 1981). Es decir, Juan Carlos I leyó la potencialidad de la oposición al franquismo, dio un golpe de timón y se alió con ese “clima cultural” para resituar su “imagen”. Hoy al observar las modificaciones en la política española y el peso de un largo derrotero de erosiones a su imagen –como señala una investigación sobre las imágenes del Rey por el Centro de Estudios de la Imagen Sans Soleil–, como a su autoridad política el Rey da otro viraje y abdica. Abdica para persistir, no ya su figura personal, sino una monarquía atravesada por importantes cuestionamientos, los cuales oscilan entre los hechos de corrupción familiar, su férrea negativa a la independencia de Cataluña y el País Vasco hasta problemillas de alcoba.

IV

¿Qué deja con su abdicación? En principio, a un heredero joven; pero también a una España que ayudo a configurar con una pandilla de empresarios, hoy atravesada por modelos excluyentes y valores conservadores. A su vez, deja como legado otro “arte de la cacería” y este está fundado en el lobby que el monarca realizó en la década del 90 para ampliar las inversiones ibéricas en el Tercer Mundo. El “Monarca Emprendedor” (neoliberal, del régimen parlamentario, etc.)”, a tono con el dictum de la hegemonía de los países centrales, reactualizó con América Latina viejos lazos asimétricos y salió a su conquista tanto en el plano económico, como cultural. No solo eso, se transformó en un Rey “vendedor” de la democracia española como el mejor de los mundos políticos. Como un “gallito” se enfrentó a Hugo Chavez, solo para demostrar que la democracia española y su institucionalismo constituirían la contracara de los gobiernos populares de América del Sur. Así se reafirmó en patriarca de ese cerrojo político, denominado Pacto de la Moncloa, acuerdo que se transformó en una imagen cuasi-erótica, llave mágica resolutiva de conflictos políticos para ciertas clases políticas latinoamericanas. Un fetiche argentino. Juan Carlos I y su democracia monárquica hicieron escuela, hicieron ciencias políticas en estas tierras y se presentaron como un modelo para la acción para ciertos actores.

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V

Marina Gutierrez de Angelis (quien en estas semanas terminará con Ander Gondra Aguierre, Gorka Lopez de Munain y Luis Vives Ferrandiz-Sanchez un libro sobre el estudio de las imagen de Juan Carlos I en la cultura visual contemporánea) nos indicó algo interesante, su “blindaje mediático” se cayó cuando el “Rey Demócrata” se dejó ver como un Rey Cazador al acecho de indefensos elefantes. La imagen de su carabina recorrió el mundo y fue objeto de críticas, burlas e impugnaciones. Pero a su vez, la gran elección de Podemos expresando el “malestar español” y la posible desestabilización del bipartidismo (teniendo en cuenta, la compleja situación del PSOE) impulsó a Juan Carlos I a realizar una movida política y ofrecer a su hijo en el nombre de la renovación, como así su respaldo al PP y a los leales que le quedan en el partido de Felipe González.

VI

Mientras Juan Carlos I se retira con las glorias de su safari africano, con sus lobbys bonachones y con plazas españolas exigiendo referéndum, algunos mandatarios latinoamericanos ya extrañan al “bondadoso” Juan Carlos I, el cual se ofreció a mediar y negociar –en momentos convulsionados– entre los Estados latinoamericanos y las empresas españolas. De eso se trató, de colocarse por arriba de los actores para mediar, de descender al conflicto para acordar y, sobre todo, para garantizar la continuidad del modelo empresarial y “democrático” español. Siempre fue eso, persistir. Abdicar, pero persistir; como toda monarquía que se precie de serlo.

Publicado en Panamá Revista