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Por Esteban De Gori


La rebelión azul, iniciada por las diversas policías provinciales, se ha convertido junto a los saqueos en uno de los temas más relevantes de este iniciado diciembre. Las provincias han aparecido con fuerza en la escena nacional a través de los reclamos de sus policías. Algo impensable para tiempos postelectorales donde todos teníamos la mirada puesta en las acciones que emprenderían oficialistas y opositores. La contingencia policial y la victoria político-salarial obtenida por los uniformados de Córdoba se han presentado como plataforma, modelo y oportunidad para iniciar una multiplicación de reclamos. Las cámaras y los micrófonos se desplazaron de la Jefatura de Gobierno a los territorios particulares donde la “muchachada azul” blandía posturas confrontativas, bombos, cantitos de manifestación y demás. Con esas armas en la mano entregadas por el Estado, el reclamo salarial se confundía con la extorsión más tenaz, la de “dejar caer” el orden. El obrero o empleado te “deja caer” la producción o la circulación de servicios y las fuerzas de seguridad, nada más y nada menos, el ordenamiento social que la política configuró.

Las policías en su presentación y resolución –en aquellas provincias donde existió acuerdo– se parecían más a un sindicato que a una organización cerrada y vertical destinadas a subordinarse al poder civil. Esto es interesante, porque podríamos decir que una “lectura” de la democratización, del crecimiento económico y de la ampliación de derechos de estos años fue introducida por las filas policiales en el mismo acto del acuartelamiento.

Las policías de provincias sojeras, mineras y petroleras donde estallaron los conflictos o reclamos exigen ser parte de la ancha alameda del consumo y la movilidad social que se prometieron y se lograron durante estos años, quieren una “parte del pastel” de todo ese bienestar que transita entre las clases altas y medias y saborearlo. Quieren ganar dentro de la década ganada.

El reclamo policial no fue homogéneo, sino que se rompieron las “cadenas de mando” y parte de los policías fueron contra sus jefes a los cuales, por ejemplo los de Córdoba, acusaban de obtener privilegios con sus horas extras y adicionales. Entonces, la rebelión azul no solo se pensó contra el poder político, sino contra las jerarquías que se apropian de negocios y prebendas.

Los 30 años de la restauración democrática se conmemoran con la intervención en la escena pública de las corporaciones policiales de diversas provincias, instituciones muy poco pensadas por las clases políticas provinciales y nacionales. Ellas, habían quedado al margen de la historia democrática, las dejaron lamer sus heridas, reconstruyeron una mística corporativa aliada a la represión cotidiana a pobres y jóvenes y el día que pudieron blandieron –con cierta justeza y con las palabras de la época– el reclamo de aumento salariales y mejores condiciones laborales.

II. De la Sota: “el jefe de un leviatán herido”

Juan Manuel De la Sota, el gobernador de Córdoba, fue el gran perdedor. Accedió a todas las condiciones de los uniformados y sello su debilidad frente a dicha institución. A la impericia negociadora con la policía de su provincia, se sumaron los saqueos y se observaron imágenes que son bastante parecidas a la ingobernabilidad. La policía lo dejo a De la Sota sin capacidad para mantener el orden y por unas horas éste se transformó en el gobernante más débil y perecedero de la Argentina. El reclamo policial se articuló –como otros tantos- a partir de los bajos salarios a los que son sometidos, situación que los empuja a trabajar infinitas horas o a la búsqueda de otras fuentes de financiamiento legales o ilícitas. Es decir, con la precarización laboral de las policías el propio Estado provincial atentó contra el mantenimiento del orden. Entonces, cuando este ordenamiento se disipó, la clase gobernante cordobesa develó su incapacidad para restablecer el orden con otros actores; ni sus militantes salieron a la calle a defender el “orden delasotista”, sino que miraban impávidos como muchos de sus votantes rompían las vidrieras. De esta manera, nos encontramos ante algo paradójico, una clase política afecta a los vocabularios de las derechas modernas se ha despreocupado por algo vital para el mantenimiento de las desigualdades que ha creado: el orden. El delasotismo –“un modelo de desigualdad social que no controla a aquellos que deben mantener a cada uno de los individuos en su lugar social”– creyó que podía conservar ese estado de cosas mientras unos miraban desde las entrañas del Estado como otros actores accedían a “territorios del mercado” de los cuales eran expulsados cotidianamente. Para decirlo claro y teniendo en cuenta el contexto político actual: no se pudo conservar el orden si aquellos  que deben cuidarlo y legitimarlo con su acción entendieron en este momento histórico que se encontraban “por fuera” del bienestar del que se apropiaban otros actores, inclusive, por aquellos que son parte de su misma clase o de la clase en la que se perciben habitar. De esta manera, la precariedad de la policía no habla de otra cosa que de la endeblez imaginaria y moral que instituye el poder gubernamental y estatal, e inclusive habla de la precariedad de las promesas de futuro que esgrimen las clases políticas provinciales para “recompensar” a cada uno. A su vez, habla de algo trágico, de un Estado provincial –desfinanciado- que se quedó sin poder frente a la policía.

Juan Manuel De la Sota, el gobernador que siempre se cree presidenciable, fue condenado por una tropilla de sargentos, cabos y agentes a salirse de la carrera presidencial. Y ello se debió, en parte, al modelo desigual que construyó, a la imposibilidad de ampliar su base impositiva sobre los sectores sojeros, a la inexistente distribución de ingresos entre los más postergados y, pese a sus dichos, a la ausencia de un discurso justiciero para legitimar una pelea decente con el Gobierno Nacional. De la Sota recibió el golpe desde el lugar menos pensado; creía que su “modelo cordobesista” sería la credencial para presentarse ante el gran electorado. Su precaria administración de las asimetrías sociales impactó sobre los actores con capacidad de “suspender” el orden y culminó con policías vencedores, saqueos por doquier y un gobernador suplicando la ayuda federal. La clase gobernante cordobesa no pudo con su territorio y los agentes nacionales se lo hicieron notar. Es decir, el “autonomista” De la Sota volvía a implorar el “dulce” centralismo para recomponer sus torpezas políticas. En el mismo momento, dando cuenta de su imposibilidad de patrón estatal, daba órdenes a los victoriosos policías de cazar saqueadores. De esa manera, su “sangre en el ojo” y su bronca la devolvía a las calles y le entregaba a la policía no solo la victoria salarial, sino la ciudad por unas cuantas horas. En la voz maltrecha del poder de De la Sota parecía escucharse: “Ustedes los victoriosos, vayan y saqueen a los saqueadores, hoy serán perdonados”

III. Mujeres azules

Los reclamos salariales de las policías, en varias provincias, fue acompañado por sus esposas, novias o compañeras de la vida. Ellas ganaron el espacio público y con una mayor radicalidad expusieron la disolución de todas las expectativas que ellas y sus compañeros habían imaginado que lograrían a partir de ese trabajo.  Ser policía se había vuelto en sus proclamas, palabras y cartelones en la contracara de la “movilidad social”. Ellas expresaban las “heridas” simbólicas y materiales que dejan un salario exiguo sobre sus capacidades de consumo, se presentaban con el lenguaje de lo apremiante y, sobre todo, expresaban la sensación de que sus compañeros y sus vidas se habían caído del “tren” del progreso del que tanto se hablaba.

Estas mujeres acompañaron la rebelión azul para decir que no quieren seguir viendo como sus maridos se “rompen el lomo” y se quedan  por fuera del crecimiento y, además, para indicar que esos policías son policías-ciudadanos que tienen el mismo derecho que otros actores para realizar sus vidas. Su presencia trajo las imágenes de la vida cotidiana, transformando a la muchachada azul en muchachones que todos los meses deben llevar el pan a la mesa.

IV. Los saqueos no son atentados contra la propiedad: son la lucha descarnada por la propiedad privada.

Ante la suspensión del orden en Córdoba –como en otros territorios– comenzaron los saqueos. Ciudadanos y ciudadanas se lanzaron a las calles a aprovecharse del relajamiento coercitivo y de toda referencia comunitaria. Los saqueadores pertenecen –al igual que los policías– a sectores sociales que padecen las profundas desigualdades, la precarización y el desenganchamiento de instituciones que aspiran a la integración social. Éstos no son actores en disponibilidad permanente –ni tienen profesión ni vocación de saqueo-, sino que son hombres y mujeres que ven la posibilidad de llevarse algo que les costaría demasiado o que no llegarían a obtener por el conjunto de reglas que les ofrece el mercado. Quieren asaltar el cielo capitalista con las manos y, para ello, deben poner en duda con el propio saqueo los lugares de clase a los que son colocados. Es decir, “me llevo un televisor que solo puede tener un cheto”.

El grueso de los saqueadores –una acción coyunturalísima- transitan por trabajos informales o formales de exiguos salarios, algunos están desempleados y otros subempleados. Con la inflación y la carrera de precios que los empresarios suman a sus productos pensando en una clase media de ancho bolsillo, éstos ven licuar sus posibilidades y su lejanía de todo aquello que se encuentra detrás de las vitrinas.

Los saqueadores votan, pero no son la base orgánica de ningún partido. No son el “instrumento” de punteros despiadados que organizan ataques sobre la ciudad. Posiblemente los saqueadores sean parte del grueso de aquellos que votaron a los oficialismos. Es decir, muchos saqueadores votaron por De la sota u otro, pero el partido de éste poco hizo para calmar sus expectativas o esperanzas. En este sentido, los saqueos interpelan a la capacidad integradora de la política, al imperio interno que esta tiene de colocar a cada uno en su lugar social o de indicarle de qué forma se puede “escalar en la vida”. El saqueo no tiene partido, es un momento de disolución de los caminos y destinos fijados por la dinámica de las clases sociales, así como la expresión más palpable que hay algo de lo comunitario que se estaba y que se ha fracturado.

Existen votantes saqueadores, tal vez, en menor medida militantes que se hacen saqueadores por horas o minutos, intervienen en el espacio público, lo tensionan y obstaculizan por un rato la circulación cotidiana de la economía. La precariedad ciudadana se toma revancha cuando la oportunidad la habilita, se calma con algo o se puede llevar puesto todo. De esta manera, la comunidad imaginada de que todos consumen “alegre y libremente” se rompe rápidamente con acuartelamientos y saqueos.

V. El barro romano

Los saqueos no son fenómenos del siglo XX o XXI, sino que en siglos anteriores respondieron a las lógicas de la guerra y de la conducción política. Tal vez, la gran imagen y referencia de los saqueos proviene de las repetidas veces que los sufrió Roma. Pero a diferencia de la Córdoba del siglo XXI, esos saqueos eran organizados por los ejércitos vencedores o eran orquestados por jefes para disciplinar actores poblaciones. De allí que existe toda una reflexión sobre saqueos que apunta a las bambalinas donde habitan conspiradores e intrigantes.

En estos últimos días, Córdoba, Concordia, Glew y otros territorios fueron atravesados por saqueos que fueron llevados adelante por una tonalidad de situaciones sociales provenientes del mundo popular: los “desenganchados”, los “semienganchados” y los “enganchados precarios”. En este sentido, no debemos olvidar que algunos de los que sufrieron o sufren los saqueos colindan o coquetean con estas situaciones sociales y que reclaman al Estado provincial o municipal un límite  a los desbordes. Cuando una chica de Glew insultando a los saqueadores de un supermercado chino decía “yo vote a Giustozzi, ahora que venga a arreglar esto” le pedía a la política que restituya el tejido social, que vuelva a administrar las fronteras sociales, que las contenga y, si puede, que las repare.

VI. Luego de todos estos años la única bolsa navideña que vale la pena es aquella que te trae un trabajo formal o un aumento de sueldo.

Después de diez años de conquista y de ampliación de derechos la única bolsa navideña que vale la pena es aquella que te trae un trabajo formal o un aumento de sueldo. Es decir, los hombres y mujeres en conflicto en estos días fueron por sus “bolsas navideñas”: unos, por un aumento de sueldo; otros, por lo que consiguiesen en un saqueo. Los que efectivamente perdieron dicha “bolsa” fueron aquellos que padecieron saqueos a sus pequeños negocios o a sus endebles casas, o aquellos que fueron “cazados” por las policías. De esta manera, esta tragedia social nos advierte de que pueden existir navidades injustas y que la Navidad es un “termómetro político” donde pueden observarse las pasiones que se suscitan ante lo que cada uno puede llevar a su mesa y lo que cada uno pudo conseguir en un año. Tal vez, tendrían que formarse entre las militancias expertos en “navidades” e inventar “navidólogos” que orienten las estrategias políticas ante los fines de año.

Hace algunas décadas, la militancia de izquierda exigía una “Navidad sin presos políticos” –muchos van a recordarlo–; en estos días convulsionados las militancias añoran una “Navidad sin costos políticos”.


Publicado en Revista Panamá

Fecha: 09/12/2013