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En Argentina comenzó una nueva etapa política. Las características que progresivamente asume la gestión PRO actualiza cada día la profundización de la “grieta”. El nuevo gobierno, por recomendación de su “gurú” Durán Barba, construyó como eje de campaña la opción del “cambio”, ocultando hábilmente tras las bambalinas del marketing el proyecto verdadero que tenía como candidato a Mauricio Macri. A poco más de un mes de su inicio, este proyecto muestra las garras… y desgarra, hiere y golpea.

En campaña, prometieron a gritos que no se iba a volver a los oscuros años del neoliberalismo. Sin embargo, rápidamente la escalada de medidas políticas y económicas lleva a una acelerada reconfiguración de la realidad argentina con altos niveles de conflictividad social y con una fuerte polarización en la disputa política. Cierto lenguaje que creíamos haber “desterrado” del campo de la política volvió a enunciarse para definir el nuevo proyecto: eficiencia del Estado, fortalecimiento de la idea de tecnocracia, gestión “sin compromiso ideológico”.

En lo que va de este mes y días, las decisiones políticas estuvieron centradas en desarmar los nudos claves donde se asentaron transformaciones que alcanzaron a democratizar y sostener un proyecto que modificó para siempre la vida política de Argentina. Los primeros misiles estuvieron orientados a intervenir el AFSCA, organismo autárquico y descentralizado, creado a partir de la promulgación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (“Ley de Medios”) que interpeló a gran parte de la sociedad por su carácter antimonopólico en contra de los poderes concentrados en el campo de medios de comunicación. Luego, el paso que siguió y que continúa profundizándose es el de “achicar el Estado” (como si se encontrara una receta vieja llena de humedad por el paso del tiempo en un cajón que no se abre desde los años 90). Esto implica encontrarnos frente a una ola de despidos[1] que tensionan no solo la vida material de los trabajadores sino que agudizan el conflicto de clases avanzando sobre los derechos de los trabajadores. Se devela entonces la primera arista de esta tensión: el disciplinamiento, no sólo de la clase trabajadora cuando tenga que discutir paritarias bajo la presión y el miedo a perder el puesto de trabajo, sino de la sociedad en su conjunto. La faceta más brutal de esta política de disciplinamiento se observó la fuerte represión ordenada por la Ministra de Seguridad, Patricia Bulrich, sobre los trabajadores despedidos en el municipio de La Plata que se manifestaban de manera pacífica.

Los despidos no vienen solos, hay una escena armada simbólicamente que se escribe con la estigmatización del trabajador del sector público y su relación con la militancia política. Lo que se está queriendo achicar no es el gasto público solamente, sino, recortar y obturar los espacios de disputa política dentro del aparato del Estado. Prat Gay (actual Ministro de Hacienda y Finanzas Públicas) fue explícito en identificar que es necesario “ordenar” el Estado: “No vamos a dejar la grasa militante, vamos a contratar gente idónea y eliminar ñoquis”.[2] La identidad de trabajadores militantes de un proyecto político es estigmatizado negativamente, fortaleciendo como respuesta una idea que fue furor en “la década perdida” de los noventa y que permitió encontrar adhesiones en defensa de las privatizaciones de empresas que eran del Estado: la política es de los técnicos.

En el proyecto disciplinador de esta derecha, la grasa que hay que eliminar no es solamente la “grasa” militante del Estado. La detención totalmente arbitraria de la dirigente social jujeña Milagro Sala (líder de la organización barrial Tupac Amaru[3] y actual Parlamentaria del Mercosur) es un paso más en la misma dirección autoritaria. Esta detención ilegítima e injusta ha sido repudiada por muchos y variados organismos de Derechos Humanos y organizaciones sociales, ya que es un arresto que cuenta con una única causa: la criminalización de la protesta, aunque legalmente la acusación sea por  “instigación a cometer ilícitos” “el delito de tumulto”, denuncia impulsada directamente por el Ejecutivo jujeño, aliado de Cambiemos a nivel local.

La derecha se está acomodando en un tiempo record desde otro lugar en la estructura de poder, con una gran capacidad para arrasar con factores claves del gobierno anterior. La política es la posibilidad de transformar generando otros horizontes posibles, pero la derecha a modo de ensayo para la región, viene a corrernos de los espacios de poder que se han generado/habilitado/disputado/tensionado desde la participación de una gran parte de la ciudadanía que se ha sentido convocada a “militar” y no sólo por la opción kirchnerista. Arrasa desde un sentimiento de revancha que la empuja, todos los días un poco, a dar un zarpazo para ir delimitando el nuevo esquema de relaciones sociales donde cada actor tiene que comenzar a jugar un nuevo juego. Argentina, sur de nuestro continente, tiene un pueblo con historia de luchas y organización, el desafío ahora es encontrar la estrategia justa para no ceder ni un paso atrás en las conquistas de la última década. Quizás pensar y traccionar desde la unidad (en sí misma como un valor aglutinador) dentro del campo popular permita tejer una resistencia de un entramado más fuerte. Ellos ya tiraron los dados a rodar.

[1] Existe un proyecto de profesionales de la comunicación denominado “El Despidómetro” (https://infogr.am/despidos_pro-6274) que contabiliza diariamente la cantidad de despidos de la “era Macri”, clasificándolos por las diferentes oficinas públicas. Aunque no son datos oficiales, al día de hoy llevan un conteo de 23.779 despidos, y la lista continúa ampliándose.

[2] Disponible en: http://www.lanacion.com.ar/1862086-omar-plaini-contra-alfonso-prat-gay-tratar-a-los-trabajadores-de-grasa-es-una-provocacion

[3] Disponible en: http://www.tupacamaru.org.ar/la-tupac