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Por Esteban De Gori


M:- Dale, no me jodas con eso.

J:- Pero lo necesita la gente del barrio, ya te lo dije varias veces.

M:- ¡Para! Para la pelota, ¡a ver si entendés! ¿Dónde hiciste política toda tu vida? Lo primero es el poder, lo otro lo arreglamos después…

J:- Hay que cubrir esa demanda, agilízalo en el ministerio.

M:- Decile que algo les vamos a tirar, tal vez, logramos que sigan jodiendo y nos dan una mano con la rosca que estamos haciendo…

J:- ¿Les miento?

M:– Y sí, después vemos si lo que piden es legítimo, ahí hay mucha cosa que metieron por la ventana. No se puede confiar en todos.

(Diálogo entre dos dirigentes argentinos)

I.

Asistimos hace algún tiempo a la reivindicación del realismo político y a la seducción de ese “poder puro” que formatea subjetividades y que juega con todas las almas para mantenerse en el pedestal del dominio. Somos una sociedad política que gusta del poder, que se deja seducir y erotizar por éste. Todos tenemos un Leviatán que adoramos clandestinamente en nuestra mesita de luz y le rogamos que nos proteja. Experimentamos una sociedad que ha descubierto –en estos últimos tiempos de debates sobre los grupos mediáticos– que todo el universo de lo político está atravesado por intereses y por actores que pugnan por éstos. Así hemos transformado nuestras miradas y nuestros sentidos. Hemos reducido la política a pura geometría de intereses, a seres con una (pobre) subjetividad atada al mero calculo. Solo vemos seres egoístas y así explicamos todo. No vemos actores, vemos egoísmos organizados o en movimiento. Es decir, es una mirada que paradójicamente se configura bajo el cristal de la moral cristiana: egoístas, ambiciosos, avaros, perversos, etc. Ellos son los actores de la historia, al modo, en que el propio Adam Smith lo pensó para el desarrollo de la economía. Es un realismo político que apela rápidamente al Maquiavelo principesco, que comulga con una vertiginosa versión antropológica de Adam Smith y que se ciñe al léxico moral católico para entender las motivaciones. De allí, el coqueteo con el Papa Francisco, porque comparten esa visión que indica que un “pedazo” del mundo está movido y tensionado por los hombres y mujeres egoístas.

II.

A los muchachos y muchachas de algunas militancias les agrada el poder puro. Sono i tifossi del potere. Les agrada su maniobra en el lodo, mirar la conducción de las pasiones desde una oficina y toda esa liturgia de la obediencia a la cual apela cualquier “príncipe” de entrecasa o de gran salón (léase: conductor, dirigente, etc.) para mandar. El realismo político posee un gran beneficio, es venerado más por su rasgo conservaticio que por los cambios que pueda introducir. Posee un rasgo estético que seduce a unos cuantos, su belleza no reside en su capacidad de transformar, sino en su ejercicio astuto por mantener el poder y con éste conservar lo logrado o lo conseguido. Su belleza provoca amor por el orden, por la gobernabilidad y por todas las advocaciones que brinda la ciencia política. Suscita una adoración por quien puede sustraerse y colocarse por encima de todos para ensayar con sus voluntades. Se ama estéticamente el ejercicio del mando. En tanto esto, observamos dirigentes de todo linaje que militan o degustan la belleza estética del poder, sus “artefactos exteriores”, sus gestos, sus “pases de mano”, es decir, su hermosa y rugosa superficie. Se sienten como peces en ese “agua” bendita por la política. Con eso se conforman, se complacen, como si eso los colocara en el centro neurálgico de la pugna política. Es la pantanosa condición de una época, militar la belleza del poder y verse sorprendidos por los zarpazos del poder verdadero, real (Amar la gestualidad del que manda y sorprenderse ante sus actos efectivos) Es decir, adoran la belleza de un poder que no controlan y cuando este emerge, la belleza se transforma en ruindad. Un día las “bestias” (los empresarios, las corporaciones, etc.) emergen y exigen –al modo de los lobos marinos- que les sigan dando de comer.

III.

El realismo político define un territorio de acción, una zona de influencia que excluye –entre otras cosas- el padecimiento de las subjetividades. No es que las desconozca, sino que las coloca en un lugar secundario, tan secundario que a veces se las “regala” a las redes clientelares para que se ocupen de ellas. El padecimiento se encuentra en la última góndola de los precios cuidados.  Por tanto, una mirada que reduce todo al interés y al cálculo, expulsa de ese paraíso el padecimiento individual, atomizado y, a veces, pétreo que habita en los hombres y mujeres que circulan por nuestras ciudades. En este momento pienso en la Terminal de Ómnibus de Retiro, una especie de neurosiquiátrico destartalado a cielo abierto, o una suerte de refugio para aquellos que se escapan por algunas horas de la villa 31. Periferia de la periferia. ¿Dónde está, no el Estado, no el batallón de trabajadores sociales ni de etnógrafos comprometidos, sino la política en sentido estricto? ¿Dónde están los políticos con ese “termómetro” de humanismo ampliado que pueden incorporar el drama de lo humano en la acción política?

IV.

El realismo político es un cálculo que estipula qué actores entran en esa geometría de posibles conducciones. Se define un teatro acotado. Es un cálculo que desdramatiza las subjetividades, las vuelve crematística pura, las recorta y ordena a cada actor según los recursos simbólicos y materiales que poseen para el logro de sus egoísmos. En este sentido, no le concierne ni la infelicidad ni la felicidad de los sujetos (el realismo no es jeffersoniano), sino los recursos que poseen para intervenir en el juego político. No le importa la realización de la libertad (como sugería Kant), como trabajar sobre la potencia y la ambición del egoísmo para que éstos ayuden a sostener el edificio del poder. El poder se sostiene –desde esta perspectiva– (y al igual que una casa, perdonen la metáfora edilicia!) por los ladrillos de un egoísmo reconducido – aunque no negados- por un príncipe astuto.

V.

Desde esta perspectiva realista, el Estado debe convertirse en una maquinaria productora de poder y de legitimaciones para el mismo.  Su propósito íntimo y central no es “hacer vivir” (como indicaba Michel Foucault sobre los estados modernos) a sus ciudadanos y ciudadanas, sino de producir poder en cantidades industriales (si hay producción, hay gobernabilidad). Por ello, el realismo coyuntural se encuentra alejado de los dramas y zonas grises que suscitan las desigualdades, las violencias y las asimetrías al interior de las subjetividades. Es decir, el realismo político construye una zona periferia y coloca entre sus habitantes al padecimiento.

Ahora bien, cuando ese padecimiento se organiza, se representa e impacta –o podría hacerlo– en el sistema político comienza a ser considerado y se transforma en “agenda de trabajo” u “hoja de ruta”. De esta manera, un actor nuevo entra en el juego. Antes estaba alejado, “en gateras” para ser utilizado como amenaza, pero en cuanto se organiza este asume un lugar y se convierte en un actor. Asi, ante esta conversión, el realismo los recibe con los brazos abiertos y exclama: ¡ahora –por lo menos– son una cosa!

VI.

El realismo político –que tanto queremos por estos tiempos– es un discurso que mientras nos habla del padecimiento del “pueblo” y demás desconfía de su sustancia, de su universo. Desconfía de los padecientes, porque ellos esconden algo que no puede ser conocido en su plenitud. En éstos no observa un interés concreto, directo, fiable, sino un compendio de dramas que no pueden encaminarse con un acto de gestión. El realismo político es el promotor de una maquinaria de  gestión de directa, ella solo sabe lo que desean los demás, ella interpreta, no se deja confundir por las presiones del alma, al modo que un sacerdote escudriña el espíritu pecaminoso de sus fieles y no se deja tentar por éstos.

VII.

El realismo político posee su propia teoría del derrame. Es decir, tal vez por derivación de la articulación y del “muñequeo” de los intereses los beneficios de esto pueden arribar a las costas de los padecientes. Estos están ahí, esperando como termina la rosca, tal vez, si todo sale bien les toca algo. Pero lo verdaderamente importante, es que un padecimiento social o individual no perturba la lógica realista del poder, solo un poder –para los mandarines del realismo- se ve amenazado por otro poder. Por tanto, esta lógica puede vivir rodeada de padecientes por años, por siglos. El realismo ha diagramado democracias y otros órdenes políticos que integran gobiernos estables y profundos  padecimientos. Sus columnas siguen indemnes. En los cañones del realismo político se esconde una frase, como última ratio: “la política nunca fue para los débiles”.

VIII.

Padecemos de realismo político y eso no es ni bueno, ni malo, parece que es así. Todo militante –o aquellos que hemos pasamos por ese arte– posee la versión rápida del mismo. Lo interesante, es que en estos tiempos ese realismo que se topa con egoísmos, intereses y voluntades que pugnan por mantener o acrecentar sus posiciones no lo ha desencantado, no lo ha tornado un ser pesimista, no lo ha condenado a la jaula de hierro sino que lo ha conducido a vincularse seductoramente a la liturgia del poder y de la obediencia. El realismo –como discurso, estética y vocabulario–  genera obediencia, múltiples obediencias y ese es su gran arte.


Publicado en Panamá Revista

fecha: 13/03/2014