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El 2017 es el año en que el macrismo jugará parte de su futuro político. Se medirá en varias provincias y en la Ciudad de Buenos Aires. El distrito mayor –la provincia de Buenos Aires- puede contar con una novedad: la candidatura de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) y la reconfiguración del campo de debates políticos. La figura de la ex presidenta limita y posibilita las proyecciones del macrismo y otros actores, como el Frente Renovador de Sergio Massa. La manera en que cada actor trabaje la “figura de CFK” podrá ampliar o reducir su caudal electoral. Ella es la tercera en discordia, la última mohicana de un proyecto político que parece lejano, pero que congrega un importante número de votos. No arrasa, ya que no puede consolidar una fuerza nacional como fue el kirchnerismo en el poder, pero obstaculiza y se mantiene como posibilidad. Este hecho ha puesto en alerta a las derechas políticas y empresariales, y a los espacios que buscan correr del escenario a la ex presidenta.

La preocupación estalló a niveles significativos cuando la encuestadora Management & Fit, en enero de 2017, afirmó que Cambiemos –espacio del presidente Macri- se encuentra de tercero en intención de voto en la Provincia de Buenos Aires. Además, indicó que la fórmula Sergio Massa – Margarita Stolbizer (candidatos a senador y diputada por el Frente Renovador respectivamente) obtendría el 35% de los votos y que en segundo lugar, se ubicaría la posible fórmula de Cristina Kirchner y Daniel Scioli (Frente Para la Victoria) con el 29,7%. Cambiemos, con la candidatura de Jorge Macri y Elisa Carrió, sumarían 18%, quedando sorprendentemente atrás según la previsión del sondeo. Sobre todo, teniendo en cuenta que la gobernadora de la Provincia de Buenos, Maria Eugenia Vidal, es la dirigente con mejor imagen del oficialismo (el 56,9% aprueba su gestión y tiene un 70,5% de imagen positiva) y una posible presidenciable.

Los problemas para Cambiemos no culminan aquí. Solo un 39,1% aprueba la gestión de Macri y el 52% desaprueba la misma, pero mantiene algo más de un 50% de imagen positiva, quedando por encima de Cristina Fernández de Kirchner y Daniel Scioli.

El macrismo y el massismo han construido, desde la llegada al poder de Cambiemos, dos grandes núcleos discursivos contra el kirchnerismo que han tenido cierto éxito. El primero, sobre la corrupción. El discurso del “honestismo” –como rasgo distintivo en las campañas electorales de los últimos años- y de la sospecha de corrupción ha sido uno de los ejes de las derechas conservadoras en toda la región para erosionar a los gobiernos progresistas. En el caso de CFK, la instrumentalización de funcionarios corruptos vinculados a su gestión ha mellando su figura. El segundo marco discursivo, con cada vez más problemas para su instalación, está vinculado a la gestión económica del kirchnerismo. El discurso de la “pesada herencia” posee cierto peso simbólico, aunque cada vez menor frente a los problemas económicos que tiene el gobierno de Macri.

Un discurso a largo plazo –la corrupción- y otro, con efectividad reducida –la gestión económica anterior- se articulan para desgastar cualquier candidatura de Cristina en la provincia de Buenos Aires y la posibilidad de volver al escenario político desde el parlamento.

Cristina Fernández de Kirchner tendrá que enfrentar ambos argumentos discursivos y la capacidad de los medios de instalación y amplificación de los mismos. A su vez, se encuentra con un peronismo fragmentado y debilitado. Un peronismo que se ha cobijado en el Frente Renovador, otro en la órbita de los gobernadores (que han tenido fuerte juego con los senadores y que comparten algunas políticas del macrismo) e intendentes que todavía evalúan si apoyar a CFK u otro candidato propio.

Tanto CFK, como Massa no pueden liderar a un movimiento que mira todavía con recelo ambas opciones. Tal vez, el momento de un peronismo unido ya no sea una imaginación posible, tanto por sus mutaciones coyunturales, como por el intento del kirchnerismo –durante más de una década- de imponer sus políticas, como de controlarlo por arriba (desde el Estado) y por abajo (impulsando sus dirigentes de confianza en intendencias y gobernaciones). Hoy el kirchnerismo se juega en la elección algo más: la posibilidad de trascender el ámbito territorial (un armado en la Provincia de Buenos Aires y en menor escala en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires).

Las derechas políticas y económicas ya están en campaña. La derrota de CFK no es menor para un gobierno que necesita inversiones y al cual los empresarios internacionales le exigen reducir al máximo las posibilidades políticas futuras de la expresidenta. La victoria o una muy buena elección de CFK puede poner en duda, ya no la “confianza” entre Macri y los inversores, sino la viabilidad de esa relación. Por ello están lanzados y octubre (mes de la elección) ya es ahora.

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Los de afuera

Desde su asunción en diciembre de 2015, la estrategia discursiva de Mauricio Macri ha sido atribuir a “la pesada herencia” el origen de todos los males. El presidente no apuesta a la confrontación directa ni al choque, eso queda en manos de las innumerables denuncias de la Justicia.

Cambiemos ha visto diezmarse su aprobación en las encuestas y, desde mediados del pasado año, ha evaluado distintos candidatos a sabiendas de que las legislativas marcarán el termómetro social de aceptación, en pocas palabras, si podrá renovar o no su mandato.

Elisa Carrió se caracteriza por un estruendoso estilo discursivo, mordaz y voluptuoso a la hora de disparar frases mediáticas. En cuanto a su candidatura aún no ha decidido dónde se postulará, es decir su lugar en la lista de alianza Cambiemos estará sujeto a la coyuntura, siendo la provincia o la Ciudad de Buenos Aires, indistintamente, el escenario que finalmente elija para su última actuación: las legislativas 2017. La incertidumbre en torno al distrito que Lilita elegirá para competir será estudiado en la mesa chica. Ella presurosa disputará “donde Cambiemos la necesite”. La legisladora nacida en la provincia de Chaco y líder de la Coalición Cívica sucumbirá a los vaivenes de la real politik y los focus group.

Recientemente la figura fuerte de Unión Pro, la actual gobernadora María Eugenia Vidal, ha convocado a distintos líderes de una facción de ultra derecha del peronismo encabezada por el ex presidente Eduardo Duhalde y con referentes como el ex carapintada e intendente de San Miguel, Aldo Rico. Los mismos ya no poseen una fuerza significativa dentro del Partido Jusicialista.

Margarita Stolbizer se convirtió en la heredera de Carrió como la gran confrontadora, aunque con otro estilo y menor impacto. Gracias a su candidatura presidencial en la que buscó posicionarse como líder de un sector independiente y progresista, supo conquistar ciertas simpatías. Sus envestidas contra CFK le hicieron ganar protagonismo, al tiempo que Carrió intentó seguir al pie de la letra el manual de etiqueta de Unión Pro. Así, Margarita impulsó su imagen para ser tentada tanto por el macrismo como por el massismo.

Los de dentro

Sergio Massa es peronista. Se refiere a la ex mandataria como “parte del pasado”, un pasado del que él formó parte. Su gestión como intendente de Tigre, hicieron de su municipio una herramienta que supo combinar construcción política y dejar su sello personal.

Se define como una renovación, no un cambio, en definitiva el recambio de estilo dentro del peronismo. Recientemente se pronunció sobre la interna del PJ: “Voy a trabajar para suturar la herida que la corrupción le generó al peronismo, y a los argentinos”. La frase hace alusión a las nuevas escuchas de conversaciones entre Cristina Fernández y el ex jefe de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), Oscar Parrilli. Ambivalente y camaleónico agrega “a la gente la plata no le alcanza”. Él se ubica astutamente en medio, oscilando entre un Gobierno que no duda a la hora de representar a los grandes actores económicos y una CFK nada sutil a la hora de mostrarse como militante combativa.

La ex presidenta se ha mantenido muy activa. Desde redes sociales y con su presencia en distintos actos y charlas supo ocupar un rol que durante un año estuvo vacante, el de una verdadera oposición. Recientemente se pronunció ante el hostigamiento judicial que protagonizara su madre a raíz de una denuncia penal presentada por Elisa Carrió contra ex directivos del Correo Argentino y miembros de la cooperativa platense “El Aldabón”. Lejos de las cadenas nacionales CFK afianzó su postura mediante una carta dirigida al presidente  Mauricio Macri. El título del descargo fue “No es mi mamá, es tu papá y vos también”[1].

La controversial condonación de deuda de Macri a su propio padre no ha dejado de ser señalada por la ex mandataria, quien mediante tweets desbarató un imaginario muy instalado en campaña: “es millonario, no necesita robar”.

Por último, la suspensión de la cumbre del PJ bonaerense –que se iba a celebrar el sábado 18 de febrero en la localidad de Santa Teresita- dificulta la unidad del peronismo. En el Congreso ambos peronismos constituyen bloques separados. . Sin ir más lejos, la sesión en la que se votó la reforma de la ley de accidentes y riesgo de trabajo (ART), proyecto oficialista y a medida de los empresarios que encontró a los bloques en veredas opuestas. Mientras que el kirchnerismo se retiró del recinto, otros peronistas, como Diego Bossio o el sindicalista Héctor Daer no siguieron sus pasos. Con 160 legisladores presentes -de los 257 que integran la Cámara de Diputados- el oficialismo aprobó la modificatoria. Tan sólo unos minutos previos a hacer efectiva la votación, el bloque del Frente Renovador y Bloque Justicialista anticiparon que se abstendrían por la resolución de Anses de modificar el cálculo de aumentos de la Ley de Movilidad Jubilatoria[1].

Florencio Randazzo es la gran incógnita para estas elecciones. Aunque no se ha pronunciado, ha dejado entrever que podría disputar con CFK una interna por la candidatura a senador de provincia de Buenos Aires. Florencio ha negado rotundamente haber entablado cualquier tipo de negociación con Cambiemos. Algunas versiones señalan que el hecho de someter o no a las PASO[1], la decisión de quién encabezará la lista de senadores es el verdadero meollo de la cuestión. Mientras unos quieren que Cristina lidere directamente, como senadora, otros buscan definir todo en la elección primaria y que de este modo se resuelva la unidad del peronismo.

La postergación del encuentro del PJ en la costa atlántica coincide con la discusión del peronismo provincial sobre la conformación de un “frente electoral” para enfrentar a Cambiemos en octubre. De dicho encuentro iba a surgir un duro documento contra el Gobierno por las políticas de ajuste implementadas. El Grupo Esmeralda había adelantado que no asistiría al encuentro, lo que despertó especulaciones respecto de los motivos que llevaron al jefe del Partido Justicialista bonaerense, Fernando Espinoza, a suspender el cónclave.

El ex presidente de la Cámara de Diputados y precandidato a gobernador bonaerense, Julián Domínguez, confirmó que presentará una lista con Florencio Randazzo, independientemente de que la ex mandataria decida postularse o no.

Escenarios del peronismo

En los últimos años dirigentes peronistas se vincularon al PRO (hoy Cambiemos), al Frente Renovador y al Frente para la Victoria (kirchnerismo). El peronismo se volvió ideológicamente dúctil de una manera extensiva y se fragmentó. La referencia simbólica de dónde “estaba” el peronismo se situó en mayor medida en el kirchnerismo y de alguna manera ha sido disputada por el Frente Renovador. Durante las gestiones de Néstor Kirchner y CFK, el “peronismo gubernamental” se alineó con el Frente para la Victoria, como así también con las diversas organizaciones sociales. La Confederación General del Trabajo (CGT) –un núcleo importante del peronismo sindical- que supo estar vinculada al kirchnerismo, en los últimos años rompió con éste. El peronismo, pese a la salida de la CGT, se tensionó, en menor medida con el desembarco de dirigentes al PRO, pero fundamentalmente al espacio político configurado por Sergio Massa, el Frente Renovador.

La derrota del candidato kirchnerista, Daniel Scioli, desató el último y más potente alejamiento: el peronismo gubernamental que controla provincias, gobernaciones, territorios. La última diáspora peronista tuvo un efecto práctico inmediato: “achicó” el Frente para la Victoria y lo redujo en sus posibilidades de competencia a un espacio de adhesiones vinculados a la Provincia de Buenos Aires y, en menor medida, a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Pero en este éxodo no se acercaron al Frente Renovador de Sergio Massa sino que se mantuvieron concentrados en su poder provincial, senatorial y siempre en “situación de disponibilidad” para evaluar lo que conviene en las coyunturas. Han pactado en el Senado con el macrismo y con el Frente Renovador, pero ningún gobernador peronista se ha pasado a uno u otro espacio. Son una diáspora disponible, para lo que dicte la tesitura de 2017.

Este escenario ha empujado al Frente Renovador a ampliar sus coaliciones hacia otros actores de procedencia no peronista y anti kirchneristas. La alianza que plantea Sergio Massa con Margarita Stolbizer (GEN-Partido Progresista) en la provincia de Buenos Aires va en ese sentido: mientras esperan como gobernadores e intendentes, deciden su juego.

Parece que la fragmentación y la identidad peronista en crisis o sin “un lugar fijo” es la condición de un peronismo que se acerca más a una frontera identitaria movible que a una identidad aglutinadora de perspectivas diversas y contradictorias.

El Frente para la Victoria, que está más anclado a la opción kirchnerista, no solo espera el aval de los intendentes bonaerenses, sino que busca ampliar su zona de adhesión a sectores que votaron por Cambiemos o por el Frente Renovador. Es decir, todos los peronismos tendrán que “salir” de su núcleo si quieren tener una buena performance electoral. Por tanto, lo que define la disputa no es tanto la identidad, sino cómo interpelar a posiciones del electorado que no orientan su voto según grandes imaginarios.

En esta ocasión, la idea de un peronismo partido es un hecho, no tanto por las conspiraciones y los deseos geométricos, sino por la forma en que el kirchenismo “trató” al peronismo durante años. Al parecer existe una subjetividad que encuentra “alivio” o “refugio” en posiciones más moderadas o menos confrontativas.

Anticorrupción: el nuevo ethos político

El escenario político del justicialismo está atravesado necesariamente por un discurso orientado a la magnificación de la corrupción política y a la “lucha” contra la misma. En efecto, el massismo ha tomado esta bandera y marca importantes distancias con aquellos liderazgos del peronismo que considera llevan un pesado bagaje judicial[1].

Es así como los movimientos tácticos de Massa buscaron liderazgos fuertes enmarcados en el territorio, cuyo marco discursivo se centra en la política justiciera, de la moral y las manos limpias[1]: “Ellos, unos y otros, han participado de negocios privados mezclados con los recursos públicos. La ética es parte de la política”, dice Stolbizer en su cuenta de Twitter[1]. La alianza de la líder del GEN en este “Nunca más de la corrupción” ha servido para consolidar la construcción del nuevo ethos.

Sin embargo, Massa se vincula a un movimiento amplio y diverso, en el que se aglutinan distintos intereses: es un político catchall. En unas ocasiones apoya el incremento de los controles migratorios y la criminalización de los trabajadores provenientes de otras latitudes[1]. En otros momentos defiende a los jubilados. Hoy, la decisión del Gobierno de Macri de cambiar la fórmula de aumento pensional que implicó una reducción del mismo es el nuevo caballo de batalla para Massa y Stolbizer, quienes ya amenazaron con “recurrir a la Justicia si el Gobierno no frena la decisión”[1].

Así, el referente del Frente Renovador configura un liderazgo catapultado por la diversidad interna del peronismo, un conglomerado que aprovecha para articular mensajes, discursos y alianzas que se alejan de preceptos ideológicos claros y se anclan en los lugares comunes de la supervivencia política, atendiendo al viento que mejor sople como alternativa discursiva.

La anticorrupción, su bandera, es un ethos que juega muy bien con la realidad regional en la que los grandes escándalos de corrupción se erigen como el nuevo infierno de los liderazgos políticos que se encargaron de domesticar la primera década del siglo XXI. Odebrecht recorrió Latinoamérica para poner en evidencia aquello que no solucionó la nueva generación de líderes: la corrupción enquistada de la clase política latinoamericana, hoy convertida en el mejor discurso para acceder al poder en todas las esquinas de América Latina, un hecho que nos retrotrae a aquellos conflictivos años noventa.

Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica

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