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I

El consumo y sus expectativas impactan en las coyunturas políticas y electorales de una manera más potente que en décadas anteriores. Cuando a vastos sectores de la población (latinoamericana y europea) se les restringe –cada vez más- la posibilidad de obtener una casa, un departamento u otros bienes de dicha índole, sus expectativas se ajustan al “consumo de las pequeñas cosas”. Ese mundo volátil e hiper-perecedero se vuelve importante y otorga sentidos. Nos queda observar como la ropa y el mundo textil se han tornado tan relevantes para los individuos. La gran estetización posmoderna –concentrada en el cuerpo mismo- se articula con la volatilidad, lo pequeño y con el territorio de la vida cotidiana. La batalla por la distinción se mueve con la velocidad futurista que incorpora el consumo y lo eleva a un rango central en la autopercepción del ciudadano.

Este “mundo de las pequeñas cosas”, no solo resuena en el humor subjetivo, sino también en la política. Éste -que atraviesa el ‘tic tac’ de la vida cotidiana- reconfigura imaginarios de posibilidades, límites y oportunidades.  Permite mapear el futuro inmediato. Un tiempo que queda disputado por el mercado y por la clase política. Otorga seguridades sociológicas y cuando se ven resquebrajadas no solo se  percibe una pérdida de mercancías sino “de futuro y de expectativas”. En última instancia, no es un mundo de cosas, sino de la resignificación social y simbólica de esas cosas. Allí es donde “entra” la lucha por el poder y las estrategias  para sumar adhesiones. El ritmo del consumo es un termómetro para las dirigencias, las cuales siempre buscan prometer futuro. El futuro del consumo.

II

La política ha dejado hace mucho tiempo los grandes relatos para narrar y pensar en el mundo privado de los ciudadanos. La posmodernidad introduce dicho mundo, como los deseos más íntimos en un territorio privilegiado de  observación y escucha de la política. Le otorga una entidad superlativa.

En el transcurso de las contiendas y procesos sociales globales, la política reivindica y reinventa el vínculo con la vida cotidiana. Ésta se vuelve “política de las pequeñas cosas” o de las “pequeñas grandes cosas”. Discursos que indican: “la gente quiere estar tranquila, tener dinero para comerse una chuleta, un asado y tomar un rico vino”. “Quiere poder ir a un restaurante con la familia y luego a un estadio”. Ese consumo no es nada sin la globalización y la posmodernidad. Ambas lo han re-simbolizado de tal manera que casi no quedan quedan espacios por “fuera” del consumo. Los gobiernos –tanto neoconservadores, como progresistas- toman nota. Saben que empiezan a estar en problemas cuando este “mundo de las pequeñas cosas” se ve erosionado o amenazado. No es todo el futuro, pero una parte de éste es el que está en juego. El consumo y vida cotidiana aparecen con fuerza en las agendas electorales. Las “expectativas” se han vuelto el material de toda contienda. Todo parece reducido a ellas.

III

El consumo se vuelve un “momento jurídico” de la vida ciudadana. Un derecho a futuro. Se vuelve una conquista irrenunciable que los gobiernos no pueden garantizar en continuado. Sobre todo, gobiernos que ven atadas sus finanzas públicas a los vaivenes de los precios internacionales de sus recursos naturales y a políticas distribucionistas. Cuando aparecen restricciones, se experimenta una especie de afectación de derechos, una pérdida y como tal presiona sobre el proyecto gubernamental.

Los gobiernos progresistas han amplificado de tal manera derechos y consumo que ante diversas tensiones económicas deben recalibrar sus trayectorias. La dinámica y velocidad que imprime el consumo de lo hiper-perecedero otorga una visión de cambio (renovación) y de continuidad. Todo ello, se inscribe en una subjetividad asediada por la incertidumbre que introducen las transformaciones globales. Nada dice mecánicamente que problemas en el consumo constituyan una causa directa de resultados electorales adversos, pero abren espacios de acumulación política.

 

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (Argentina).

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