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Somos lo que consumimos. Es la propia basura la que detalla nuestro target, ese lugar de la sociedad que te inscribe en alguna trayectoria social. Pertenecer no solo a una clase, sino a sus experiencias. El consumo (y sus distinciones) subjetiviza, es decir, delimita culturalmente a las personas y, por ello, éste se vuelve fundamental en la dinámica política. La movilidad social, en pocas palabras, consiste en un ascenso en las capacidades de consumo.

Si la movilidad está asociada a esta economía de los objetos, la pérdida de la capacidad de consumo y la velocidad con la que los objetos se vuelven obsoletos impactan de manera decidida sobre la arena política. Los gobiernos lidian con dos cuestiones centrales: garantizar cierto nivel de consumo para no suscitar malestar social y, por otro lado, reactualizarse frente a una celeridad que transforma a los objetos, al cuerpo y la vida social en artificios fugaces.

Lo “perecedero” del mundo, de las identidades, de los deseos y de los discursos se ha vuelto un modelo societal, que atraviesa a los distintos estratos, puedan o no consumir. Sumarse a la vertiginosidad de la globalización. Las ciudades latinoamericanas han diagramado una imagen de la urbe. Para ello, han incorporado desde las estéticas híper-modernas hasta los grafitis. La ciudad se vuelve más amigable. Una ciudad “sin tensiones”. La estilización de los cuerpos y de las ciudades da cuenta de este proceso. Hacer de las polis urbanas un shopping a cielo abierto.

El estilo posmoderno se ha impuesto sobre los grandes relatos y sobre las formas del consumo. Netflix se ha convertido en una manera de transitar por el mundo de la imagen sin pausa y con un menú a la carta.

El cuerpo intenta resistir. Luchar contra la vejez. La política no tiene esa creatividad para poder lidiar con la globalización. Las derechas han logrado actualizarse con un nuevo estilo más comercial. Las ideas de cambio se han introducido sin grandes discusiones en sus agendas. Les ha redituado políticamente ir contra los progresismos, que intentaron establecer regulaciones por una mayor redistribución de la riqueza. Los conflictos que estas políticas han suscitado fueron interpretados como restricciones a la reinvención constante que propone la globalización y su gran supermercado, material y simbólico.

Las derechas latinoamericanas se han construido en novedad, estableciendo una distancia con la hiperpolitización y politicidad de los progresismos. Vivir poco apegado a los partidos y a las instituciones, y centrarse mucho en el ‘yo’. Además, esa novedad se articula en la consolidación de una antropología posconflictiva, dispuesta a la escucha y al diálogo.

Felices o libres. La política de las derechas, principalmente, se ha transformado en una maquinaria estetizante y productora de una apariencia de felicidades. El modelo ‘up’, austero, vertiginoso y frágil se ha vuelto vendible. Vivir en medio del cambio y de aquello que rápidamente se desvanece parece fascinante.

La democracia está sometida a esta subjetividad consumidora. Retiradas de los tradicionales espacios de sociabilización se han vuelto virtuales. Hay momentos en que la resolución de la ecuación entre lo habitual y las expectativas se disocia de la posibilidad efectiva del consumo. La libertad de desear no puede realizarse en el mercado y el ascenso social encuentra sus límites. Las derechas deben hacer un esfuerzo discursivo por traducir esa frustración en consideraciones moralizantes; “no pueden consumir más allá de lo que tienen o lo que su condición permite” (rechazando una supuesta pedagogía del populismo). La meritocracia es parte de este imaginario que busca centrar las desventuras sociales en las responsabilidades individuales.

Las nuevas derechas operan con la hipótesis de un sujeto aislado y comunicado a la vez. Que puede gozar y aceptar la tempestad del mercado. Todo ello, hasta que los actores colectivos (sindicatos, movimientos sociales, etc.) comiencen a jugar. Aquí la política –en mayúscula- aprieta play.