Por Alejandro Fierro

@VenezuelAle

La irrupción del multimillonario Donald Trump (Nueva York, Estados Unidos, 1946) en la carrera presidencial estadounidense se ha basado en la difusión de una serie de propuestas radicales que de inmediato desataron el escándalo y centraron todos los focos en su persona: deportación de los inmigrantes indocumentados; prohibir a musulmanes entrar en el país, construcción de un muro en la frontera con México… Sus incendiarias soflamas se acompañan de ataques a las minorías étnicas, insultos a mujeres periodistas basados en su condición femenina o de un enfrentamiento abierto con la todopoderosa cadena de televisión conservadora Fox, del que sorprendentemente parece que ha salido vencedor.

Los demócratas se frotaban las manos ante un rival tan aparentemente fácil de atacar. En el Partido Republicano se encendían todas las alarmas por un candidato que reforzaba los estereotipos más extremistas de la derecha estadounidense y que, además, se escapaba de su control. Los analistas señalaban que era flor de un día y que en realidad estaba utilizando la vieja táctica de que lo importante es que hablen de uno aunque sea mal. A medida que el fenómeno Trump ha empezado a crecer –es el candidato con más posibilidades de alzarse con la nominación republicana- las explicaciones giraron hacia el racismo inherente a una franja sustantiva del electorado. “Trump ganó el supermartes (día en el que se celebran elecciones primarias en diversos estados) porque Estados Unidos es racista”, llegó a titular un reputado articulista.

Son explicaciones simplistas para un escenario complejo que hunde sus raíces en lo económico. El votante de Donald Trump no es un supremacista blanco. Su apoyo se encuentra en la clase trabajadora castigada por las políticas neoliberales, la crisis y la deslocalización de empresas. Es sorprendente la cantidad de tiempo que el multimillonario dedica en sus intervenciones a atacar los tratados de libre comercio que tanto presidentes demócratas como republicanos han firmado en las últimas décadas. De hecho, en sus mítines se emite un vídeo real en el que un directivo comunica a los trabajadores que la empresa se trasladará a México y, por tanto, perderán sus empleos.

Estos votantes ya no se sienten representados ni por el Partido Demócrata –los defensores tradicionales de la clase obrera- ni por el ala clásica republicana. Los medios de comunicación tampoco hablan de ellos. Las apelaciones a una economía creativa basada en el valor agregado del desarrollo tecnológico no les atañen. Son blue-collar workers, trabajadores de cuello azul, en referencia al color de sus uniformes, empleados de baja capacitación, mano de obra de cadenas de montaje, uno de los peldaños más bajos de la escala laboral. Lo más duro de la crisis ya ha pasado, dicen los voceros oficiales, pero esta gente no lo siente así. Los trabajos se han precarizado hasta tal punto que la sensación es que la crisis no ha desaparecido, sino que se ha institucionalizado. Los jóvenes sienten que no pueden realizar su proyecto de vida.

Es cierto que hay una percepción de que los emigrantes quitan los puestos de trabajo y abaratan los salarios, pero el racismo de esta franja no es mayor que el de otros sectores del país, según afirma Tom Lewandwski, presidente del Consejo del Trabajo del Noroeste de Indiana, quien recuerda cómo Trump explicó a los trabajadores del estado que la pérdida de sus empleos se debía a los tratados de libre comerció con México y China que firmó Bill Clinton.

Una encuesta de la organización Working America (América Trabajadora) a 1.600 trabajadores blancos de suburbios de Cleveland y Pittsburgh reveló que su principal preocupación, muy por encima del resto, son “la economía y buenos empleos”. Según el estudio, el apoyo de estas personas a Donald Trump es muy alto, incluso entre quienes se reconocen como demócratas y no republicanas. Y su respaldo no está relacionado con el racismo ni con la supremacía blanca, sino con lo económico.

Trump ha sabido conectar con esta frustración. Su estilo irreverente es visto por sus seguidores como una prueba de firmeza ante el establishment. Se ríe de la corrección política. Ataca sin reparos a los burócratas de Washington. Amenaza a los empresarios que han trasladado sus compañías con aumentar los aranceles. Convierte su fortuna en un elemento que garantiza su independencia y le permite no tener que someterse al chantaje de lobbys y grandes poderes económicos. Denuncia los contratos abusivos que desde la Casa Blanca se han firmado –especialmente en el apartado militar- y anuncia que bajo su presidencia sólo se atenderá a las ofertas más baratas…

Es un error identificar a Donald Trump con la ultraderecha o el fascismo, al menos en su concepción europea. Poco tiene que ver con los nazis del Amancer Dorado griego o con el Frente Nacional francés. El referente más asimilable sería Silvio Berlusconi. Al igual que el magnate italiano, el neoyorquino no carga contra el sistema, sino contra quienes lo han pervertido y se aprovechan de él. El surgimiento de ambos simboliza el fracaso de los partidos tradicionales y también de fuerzas de izquierda, sindicatos y movimientos sociales. De ahí la absoluta paradoja de que la protesta contra los tratados de libre comercio y sus devastadores efectos sobre las clases populares la encabece un multimillonario.