Por Bárbara Ester
@barbaraestereo

Jair Bolsonaro (1955) es un polémico diputado y militar de reserva que desde 1991 se manifiesta sin tapujos de extrema derecha. Asistió a la Escuela Preparatoria de Cadetes del Ejército y luego la Academia Militar de Agulhas Negras, graduándose en 1977. En su primera elección a concejal, en 1988, era conocido en los periódicos por haber organizado un año antes, la operación Beco Sem Saída (callejón sin salida). Un plan que consistía en protestar si el sueldo de los militares fuera inferior al 60% poniendo bombas de fabricación casera en los cuarteles. El propio Bolsonaro, confesó el complot a una periodista, pero acabó absuelto. A pesar de sus polémicos comentarios sexistas y homofóbicos como el trascendido: “No te violo porque no te lo mereces”, dicho a la diputada Maria do Rosário, del Partido de los Trabajadores (PT) quiere ser presidente en 2018 mientras crece su popularidad.

El diputado cumple actualmente su sexto mandato, siendo elegido por el Partido Progresista (PP) con más de 450 mil votos siendo -6% del electorado- el diputado más votado del estado de Río de Janeiro elecciones generales de 2014. Actualmente, el parlamentario está afiliado al Partido Social Cristiano (PSC) del pastor evangélico Feliciano, famoso por sus constantes insultos homofóbicos, y el pastor Everaldo, hijo y nieto de pastores evangélicos.

El sector evangélico sabe que representa un segmento creciente del electorado. Aunque los católicos aún son mayoría en Brasil, desde 1970 la proporción de los habitantes que profesan esa religión se ha reducido de más del 90% al 65%, mientras que los que se identifican como protestantes han crecido del 5% al 22%, según el Centro de Investigación Pew.
En el primer mandato de Rousseff, la bancada evangélica bloqueó su esfuerzo para promover la enseñanza de tolerancia a los homosexuales en las escuelas y logró que su legislador más abiertamente antigay, el diputado Marco Feliciano, fuera nombrado jefe de la Comisión de Derechos Humanos, una medida que provocó la condena de Amnistía Internacional y otros grupos activistas. En las elecciones del 5 de octubre, Feliciano fue reelegido por su distrito de São Paulo con casi el doble de los votos que hace cuatro años. El congreso alberga otras particularidades de la política brasileña, como la llamada BBB, que alude a las palabras “biblia, buey y bala” para referirse a grupos de parlamentarios evangélicos, a los defensores del poderoso agronegocio y del militarismo.

Lamentablemente Brasil es un país contradictorio: por una lado abriga la mayor fiesta del orgullo gay del mundo, tiene la mayor asociación LGBT de América Latina y aprobó la unión homoafectiva. Sin embargo, tiene una contracara sangrienta representada por los asesinatos de gays y travestis. “La mitad de los asesinatos homófobos del mundo son cometidos en Brasil”, sostiene Luiz Mott, un sociólogo que hace 35 años fundó la organización de activismo homosexual Grupo Gay de Bahía. En Brasil, la homofobia no es un crimen. Sin embargo, desde que Brasil regresó a la democracia en 1985, tanto los presidentes como el sistema judicial han hecho avanzar proyectos progresistas, ya sea por decreto o resoluciones, un fallo de la Corte Suprema que permite uniones civiles entre personas del mismo sexo, y la creación de Bolsa Familia, un programa que entrega pagos mensuales en efectivo a las familias más pobres. Algunos predicen que las crecientes fuerzas conservadoras podrían revertir esos cambios.

La clave del éxito de Bolsonaro es lograr presentarse como un emergente de la época actual, el aumento de su popularidad se entreteje en medio de la tensión política de Brasil en un contexto de polarización, con miles de personas en las calles contra el Gobierno de Dilma Rousseff y el expresidente Lula da Silva. Aunque no es el discurso oficial de quienes convocaron las manifestaciones, en un país donde hubo una dictadura en la segunda mitad del siglo XX, tal como en otros países del Cono Sur, muchos quieren una intervención militar. “SOS. Fuerzas Armadas”, “Intervención militar ahora” son algunos de los carteles desplegados en manifestaciones paulistas. El sociólogo Mauro Paulino, director de Datafolha explica: “Es un pensamiento conservador que está manifestándose de manera más explícita. Si antes había algún tipo de cuidado por parte de los conservadores, eso ya no existe”. La propuesta militar no tiene sustento real ni más respaldo que la de ese grupo marginal en una manifestación callejera, pero ahí mismo radica su controversia: que fue planteada en la calle, a la vista de todos. Hay un sentimiento antipartidario expresado en las marchas que suscita un miedo visceral a que Brasil se transforme en una especie de Venezuela. O eso, al menos, dicen los carteles en la calle.

El diputado que defiende que los homosexuales son fruto del uso de drogas y es partidario de prohibir votar a analfabetos y personas sin ingresos ha contratado a un experto en marketing, con experiencia en Estados Unidos y partidario de la intervención de las Fuerzas Armadas en Brasil, quien articula hoy su precampaña. Recientemente, se ha convertido en un peso pesado en las redes sociales, con más de dos millones de seguidores, donde moviliza 58 grupos y tiene 99 páginas asociadas a su nombre, según un análisis del Laboratorio de Estudios Sobre Imagen y Cibercultura.

El diputado todavía necesita alcanzar el 10% de las preferencias del electorado para que el partido lo elija oficialmente como candidato. La estrategia: mantener el discurso de odio contra el desarme, el aborto, los derechos de las minorías, a favor de la reducción de la responsabilidad penal y el libre mercado.